Natalia Oreiro: la ley del deseo

Tiene 27 años y es una de las divas indiscutidas de la TV. Actriz de alto rigor profesional, esta mujer que cada noche despliega su sensualidad en El deseo (Telefé) afirma que ama el riesgo y que sería capaz de arrojarse de un trapecio... sin red.

Domingo 13 de junio de 2004

La casa, qué les voy a decir yo de la casa de Natalia Oreiro (ella tiene el pelo rubio a mechones, es liviana, no para de moverse de aquí para allá, nótese el tatuaje con forma de alambre de púa del tobillo izquierdo, y en una hora estará en el trapecio, después les cuento): es un palacio italiano con una pileta rodeada de árboles y con hojas en el agua, torres, columnas, un aire a lo Bomarzo tal vez, y murallas altísimas que dejan a esta criatura exquisita fuera de la vista de los otros, a quienes ha resuelto dar alegría y buenos ratos. Alegría, buenos ratos, cosas en la cabeza, es lo que tengo para dar, dice. Y tiene muchísimo.

(Sos muy buena actriz, digo, y pienso que es muy guapa y apetitosa, además. Gracias, de veras, dice.) Una parte de la casa resulta imprevistamente japonesa. Con su jardín (idioma silencioso, piedras, arena), sitio de meditación, nada que ver con el resto. -Ya vivía aquí. Y Ricardo vino. Ahora es de los dos. Todo es de los dos-, como si expresara que ella, Natalia, deseo Natalia, Natalia Oreiro, muy lindos los dientes de Natalia (tiene una perra labradora algo gorda, una gata siamesa de dos meses que mama en vano de la labradora, pobre, aunque es bonito, inquietante y bonito verlas, y una maltesa un poco resentida porque los otros le quitaron lugar y protagonismo), es una y varias.

Soy uruguaya y argentina. En muchas cosas inocente, en otras menos. Al tanto de mi lugar y mi presencia, de lo que produzco y hago, pero sin creérmelo. Tengo una filiación, sí, padre, madre. Una hermana que vive en México y estudia diseño de moda.Y unos señores que dijeron que ellos eran mis verdaderos padres y se acercaron, él se acercó, para que fuera demostrado que los dos, él y ella, tuvieron que abandonar a su hija recién nacida durante la dictadura del Uruguay, y que la niña era yo. Pero no soy yo, y no sé si hubo una beba o un lío de la mente o la idea de armar una historia con otros propósitos. O sea. Esta casa es, tenés razón, muy italiana, pero algo japonesa, porque quise, me gusta. Allá ves las guitarras de Ricardo.

Ricardo pasó y saludó, camiseta sin mangas, buena y sincera cara de pómulos oscuros y huesos predominantes y se fue a su música. Ricardo Mollo, el potente líder de Divididos, la aplanadora del rocanrol, cantan los fans en los conciertos cuando le mete al sonido fuerte y surge la voz bien metálica para la violencia eléctrica o para su versión tremenda de "el arriero va, el arriero va..."

La foto que estás mirando tiene un marco digamos barroco que le puse yo. El hombre es el papá de Ricardo. El niñito en sus brazos es él. El papá ya ha muerto. Era zapatero. También Ricardo fue zapatero, no lo sabías, seguro. Ahora tengo veintisiete. Dicen que es una edad especial, pero me lo dijeron en todos los años cumplidos. Soy Tauro con ascendente en Tauro, recabezadura. Nací en la ciudad, en Montevideo, en el Prado. No tira bien la chimenea, ¿no? Mucho humo. ¿Tenés frío? Podemos poner las guitarras de Ricardo en la chimenea. Es un chiste de mal gusto: la música se perjudicaría. ¿Qué idea, no? Pensé de pronto en eso, en un hecho terrible. Pero bueno, a la vez, si lo mío es tuyo y lo tuyo es mío, ¿no? Nos llevamos bien. Es la persona con la que mejor me llevo, me gustaría que pusieras. No creo que sea difícil congeniar conmigo, aunque soy una mujer de carácter. Intensa. Pero alegre. Y optimista.

Entonces le digo a Natalia cuándo se hizo ese tatuaje y me dice que hace ya algunos años. Púas. Pulsera de tobillo, y de púas. Es muy sexy, le digo. ¿Te parece?, me dice, aunque lo sabe. En una hora irá a su clase de trapecio, como cada día, para El deseo, la seductora y retorcida historia de la tele en la que es, cómo no, una artista del trapecio sensible, extraña y llena de líos, porque los padres, alemanes, no son los padres, porque alemanes sí, alemanes siguen siendo. Y la pareja de swingers, personas de cama abierta -y redonda-, tienen que ver con ella de una manera poco esperada y en absoluto convencional, como va a ponerse por otra parte el relato entero, enigmático, laberíntico, morboso y divertido, por momentos al filo del abismo y al filo del incesto. Lo del trapecio va en serio, y se le ha metido en la sangre y en las neuronas, tal que allá va, con saltos y llegadas, salidas -idioma de los trapecistas- de una audacia que ya verán un capítulo de éstos.

Todo en El deseo, que además de tira de televisión es el pueblo donde la tira pasa, con un pantano de tinieblas en cuyo fondo quizás haya algo que no podría verse sin espanto, no se sabe. Ocurre, está clarísimo, que El deseo es una novela, un pueblo, y Natalia Oreiro, en esos embrollos y cruces de amores, odios y temperaturas altas, allí llamada Carmen, como la de Ronda, la eterna - escuchen la música entre los parietales-, la mujer fatal. Cuidado con ella. Porque corre y vuela, que para eso está el trapecio.

Para mí Montevideo es un antes y un después. Antes de que viniera a vivir a la Argentina, hace ya diez años, y el después, con mis amigos, mi trabajo, mi pareja y la familia de mi pareja. Tiene un valor agregado, porque uno siempre anhela lo que no tiene. No tengo Montevideo. Era, en ese tiempo, pura alegría y mucha música, sobre todo por mi tía Leonor, que me abrió la cabeza con respecto a la política, que me interesa y con la que me comprometo, y a la música, al candombe, a la murga, a Jaime Roos. Me gusta mucho cuando cantás "celeste, al que quiera celeste que le cueste", canción de hinchada y de tribuna para la selección uruguaya, con Roos. ¿Te gusta? Es linda, muy linda. Adoro cantarla, tan uruguaya, tan seriota y alegre al mismo tiempo, ¿no? Uruguay fue escapadas sin permiso, la búsqueda de la libertad con mi amiga, todavía lo es, mucho, Rosa, la menor de siete hermanas. Cuando ella nació, los padres ya no tenían mucho ánimo ni fuerza suficiente para decir qué había que hacer y qué no podía hacerse. Distinto era mi caso, la menor de dos hermanas. Eran escapadas y escapadas. Hasta me escapé a Chile a ver a los Ramones. Queda todo dicho. Tenía pasaporte, permiso. Me fui. A Chile, imaginate. A eso, llamémoslo Montevideo.

Fuimos con varios amigos del colegio, mayores. El tema de mis presuntos padres, es , entre otros positivos y geniales, un lado oscuro de esta vida, y ya en la Argentina. Tenía dieciocho años y había llegado poco tiempo atrás. Estaba haciendo la novela "Noventa, sesenta, noventa", y allí Tina Serrano, que era mi madre, no era en realidad mi madre. En la novela. No creo que haya sido casualidad. Crucé como todos días para almorzar en el bar frente al viejo Canal 9. Se me acercó un hombre y me dijo si podía sentarse. Empezó a hablar, ta, ta, ta, ta, y en un momento me dijo: Yo soy tu verdadero padre. Bueno, mire, no, le dije, pero no hubo caso, siguió.

Y déle, a contar toda una historia, que en el ’77-soy del ’78- habían tenido una nena, que les habían dicho que nació muerta, que se habían exiliado y que en televisión me habían visto en un concurso de paquitas de Xuxa y se habían dado cuenta de que yo era esa hija.

¿Y vos? Sentí una pena muy brusca, cómo decirte. Soy de aquí, sé todo lo que pasó, lo entiendo. Miré en el momento mi agenda, donde hay una foto de mi madre: somos iguales. Un calco. Empezó a sacar documentos con mi nombre. ¿Cómo puedo ayudarlo?, le pregunté. No les avisé a mis padres, y me hice análisis de ADN. Sin avisarles, increíble. Dijeron que el análisis había sido fraguado, insistieron. Un día armaron un programa de televisión, la verdadera historia de Natalia Oreiro, o semejante, con la mala suerte de que mi padre también estaba mirándolo. Los llamé, a mis padres; les dije miren en la que estoy. Se armó un despelote mediático. Nos hicimos análisis todos: exacto, noventa y nueve punto nueve, éramos nosotros, yo descendiente de ellos, mis padres. Examen de saliva. Con ese otro hombre había accedido a hacerme uno de sangre, y nada que ver. No volví a verlo, aunque insistió en merodear, pobre, perturbado, angustiado y, pienso, manipulado . Por uno de esos abogados. Uno de ésos.

Empecé a estudiar teatro muy chica. En la escuela, en el Liceo 26, durante mi catequesis. Siempre fui a escuelas públicas, es mi orgullo, y mi idea al respecto. Además, es muy buena la educación pública en el Uruguay. Desde el principio empecé a hacer comerciales y a prepararme. Hice un programa de televisión. Justo por una publicidad mía me llamaron a la Argentina. Feliz: era Hollywood. Tenía mi plata ahorrada; mis padres dijeron bueno, hice algunos castings y me eligieron para "Inconquistable corazón", con Paola Krum y Pablo Rago, en el papel de una alumna que no hablaba. ¿Muda, autista? No, no hablaba, no tenía letra. El personaje. Pero tenía continuidad. Mis padres me dieron apoyo y confianza: era menor de edad, acordate. Me escapaba cuando no me daban permiso. Cuando empezaron a dármelo, dejé de escaparme. Me fui a vivir a una piecita con una señora de edad a la que tenía que cuidar. Muy gracioso, porque era ella la que me cuidaba a mí. Había dejado a los amigos, a mi primer novio, pero era tan excitante estar aquí que, en fin. No, el novio no lloraba ni se quejaba. Pepa, bajá de ahí, de esa mesa: es difícil manejar a un gato. Me olvidé rápido, en realidad: a la semana de estar en la Argentina me puse de novia. Sí, a la semanita. ¿Con quién? Con Pablo, mi anterior pareja. ¿Echarri? Sí. Con Pablo.

Flechazo, Natalia. No, no fue flechazo. Fue poco a poco. Yo seguía enganchada con mi anterior novio, así que no fue flechazo. Poco a poco. Esto, lo otro, salimos, hablamos. ¿Cuánto duró? Siete años. Siete. Un montón. Sí, tal cual.

De modo que vos sos de una relación por vez. Dure lo que dure. Nada de partidas simultáneas. No tendría sentido.Sí estás bien, no hay ningún motivo para hacer jueguitos.

Natalia no hace jueguitos...

Cuando uno está cerca de ella ve la piel, las manos - este tatuaje es el otro que tengo, una chispa-, el símbolo de la unión con el señor Mollo, que tiene otro, por supuesto.

Vuelo escape a mano, volando atrás, escape a pie, mortal en el aire. Con el trapecio. Hago piruetas, fang, fang. Me encanta el trapecio; no creo que lo deje nunca. Empecé con el trapecio fijo. La vez pasada estaba en la escuela de los Videla, familia de trapecistas, y me dijeron si me animaba a hacer trapecio volante, el que saltás de un trapecio a otro. ¿Vos creés que yo puedo?, dije. Ese en el que te agarran cuando llegás. Creo que sí. Voy a hacerlo. Me tiro. Creía que era una doble. No, qué doble. Lo estudié para este proyecto. Me enamoré de eso. Voy a seguir estudiando cuando termine El deseo. Mis profesores están muy sorprendidos conmigo. Me tiro de cabeza. Lo más difícil es tirarse; la técnica se perfecciona. Trabajo con los Videla y con Mariana y El Mono, que son profes también, pero no en un estilo tradicional. Están orgullosos.

Por cambiar de ritmo, y antes de que se vaya al trapecio -tiene unas ganas bárbaras de tirarse de cabeza, vaya chiquita esta Natalia-, le digo que sale increíble en las páginas de colores de los semanarios, como si obrara una metamorfosis, no porque no esté buena, ya se dijo cuánto, sino porque es casi otra, de una sensualidad única, niñita ingenua que rompe la cabeza.

Caminá -me dice- y caminamos hasta un cuarto todo rojo sangre de toro, especie de escritorio. Mirá -Natalia pone libros sobre la mesa-: aquí está mi fuente estética y también mi colección personal. Veo en ese momento libros de cómics con dibujos de pin-up girls muy cincuenta, ligas, polleras que te dejan ver, mujeres con mando, corpiñazos que desbordan mientras ellas ríen hacia donde está uno de mirón fascinado. ¿No te encanta mi colección? Me encanta, Natalia.

Llevate el que más te guste. Te lo regalo. Te regalo esta estética y este mambo, este juego. No sé, no puedo. Nada, te lo llevás. Atracción sexual ingenua. O al revés. Fetiche y juguete. Arte también. Te lo llevás. No me gusta apegarme a nada. Te voy a grabar, encima, algunos videos de cuando doy vueltas en el aire, cuando me tiro. ¿Querés?

Miren ustedes si no voy a querer.

Chau, nos decimos en la puerta de los altos muros. En un bolsillo el grabador-mosca-enanito; en el otro, el libro de Natalia.

Tengo que hacer algo antes de escribir, tomar unos metros de distancia. No sé qué: me veo algo grande para el trapecio.

Para saber más www.nataliaoreiro.com

Por Mario Mactas

Fotos: Daniel Pessah - Producción: Josefina Laurent

Agradecimientos: Aló Martínez, Tienda Tres, Ricky Sarkany y Etiqueta Negra. Peinó: Sergio Lamenssa.

Natalia express

1977: nace en Montevideo, Uruguay.

1993: Paquita del El show de Xuxa

1994/1998: participa en las tiras Inconquistable corazón, Modelos 90-60-90 y Ricos y famosos. En teatro: Las mariposas son libres. En cine: Un argentino en Nueva York, de J. J. Jusid.

1998: graba su primer disco (Natalia Oreiro). Luego vendría Tu veneno (2000). Y una nominación a los premios Grammy.

2002/2004: protagoniza Kachorra, filma Cleopatra (junto a Norma Aleandro), realiza la gira Tourmalina por Europa del este y América latina. Actualmente, protagoniza El deseo, la tira de los creadores de Resistiré, que emite Telefé.

Su pareja es Ricardo Mollo, el líder de la banda Divididos.

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