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"Las relaciones entre ciencia y sociedad son cada vez más íntimas"

Un proyecto analiza los códigos éticos
Nora Bär
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23 de abril de 2001  

¿Es lícito administrar un tratamiento experimental cuyos resultados no pueden asegurarse? ¿Es bueno insertar genes humanos en individuos de otras especies? ¿Debe intentarse la clonación humana? Estas son algunas de las preguntas que se está haciendo cada vez más urgente resolver y para las que frecuentemente se obtienen diferentes respuestas dependiendo de la extracción, historia, cultura o, incluso, procedencia geográfica de quienes las contestan.

Kathinka Evers, conocida filósofa de la ciencia sueca, docente de universidades europeas, australianas y Chinas, y directora del Comité de Etica Científica del Consejo Internacional para la Ciencia (ICSU), una organización integrada por 98 países miembros que comprende todas las academias nacionales de ciencia, está intentando darle cierta coherencia a este universo de posibilidades. Ella se ocupa de comparar los estándares éticos para la investigación científica que rigen en los distintos países y analiza la posibilidad de elaborar normas internacionales.

De paso por Buenos Aires ("en un viaje a la vez privado y profesional"), se reunió con autoridades e investigadores del Conicet. "Hablamos también sobre las serias crisis políticas y económicas por las que atraviesa el país -afirma-. No se puede hablar de ética y ciencia sin introducir la ética en la sociedad. La ciencia está íntimamente relacionada con la realidad económica, social y política de cada país."

-Doctora Evers, ¿cómo surgió este proyecto?

-La ciencia moderna avanza tan rápido y genera tantas preguntas en las que la responsabilidad de los científicos está involucrada que ICSU decidió formar un comité que pudiera ser su voz en estos asuntos.

-¿Las diferencias en los estándares bioéticos se deben a cuestiones culturales?

-Hay grandes diferencias culturales que tienen que ver con actitudes hacia la religión, problemas sociales, políticos, económicos..., todas ellas son obviamente relevantes en cuanto a la ética. Pero también existen muchas similitudes, especialmente en lo relativo a la valoración de las cualidades humanas individuales: honestidad, respeto, no falsificar materiales, no robar el material de un colega, ser cuidadoso al elegir los métodos delos experimentos que se realizan... Eso es lo mismo en China, Suecia, Cuba, Sudáfrica, los Estados Unidos y presumo que la Argentina.

- ¿Cómo se regula la ética científica en Suecia?

-En Escandinavia existen comités éticos. Cuando un investigador comienza un proyecto tiene que ser aprobado por un comité de ética que incluye tanto científicos como expertos legales. Yo diría que el control es bastante eficiente, aunque siempre hay aspectos cuestionables.

-¿Cómo se logra que los científicos acaten las normas éticas?

-Hay muchos niveles de implementación. La mayoría de las reglas éticas que he reunido y analizado, alrededor de 150 de seis continentes y 22 países hasta el momento, se vincula con la legislación nacional. Esto, por supuesto, implica que la policía y las cortes funcionen bien. Pero muchas normas éticas van más allá de la legislación nacional. Para eso existen los consejos de investigación. Ellos actúan como cuerpos de control ante los que se puede reclamar. Si un profesor roba los resultados de un estudiante o si se falsifican datos, entonces el culpable no recibirá fondos para investigar. El desprestigio, además, es un efecto particularmente severo en la comunidad científica. En cierto sentido es un sistema de autorregulación.

- Una de las cuestiones éticas que actualmente se discuten es la clonación humana. ¿Qué opina usted al respecto?

-Como usted sabrá, las opiniones divergen. Personalmente, creo que se han sugerido una cantidad de argumentos en pro y en contra que no tienen mucho que ver con la realidad. La idea de que es posible crear seres humanos idénticos es una concepción errónea. No es posible crear un grupo de individuos idénticos, porque dos clones tendrían menos similitudes que los hermanos gemelos. Las personas que están a favor de la clonación piensan que si uno pierde un hijo puede obtener uno nuevo idéntico al anterior. Eso, creo, es una concepción errónea de la clonación y una actitud incorrecta frente a la vida y la muerte. Por otro lado, no entiendo la necesidad. Hay tantas enfermedades, como la malaria, por las que mueren miles de personas, que los fondos en ciencia deberían estar dirigidos a otras cosas...

-¿Y si se hiciese con fondos privados?

-No veo la diferencia: ¿por qué siempre asumimos que el interés privado debería ser esencialmente egoísta y orientado al lucro personal? Por otro lado, encontrar la cura de la malaria también podría brindar beneficios económicos. En fin, no soy economista, pero, hablando como una eticista, creo que hay argumentos éticos relevantes que tienen que ver con la distribución de fondos.

-¿A qué atribuye las reacciones opuestas que se registran en Europa y Estados Unidos en torno de los transgénicos?

-Entre otras cosas, son dos estilos diferentes de analizar las cosas. En los Estados Unidos, no hay nada tan sagrado como la libertad para producir riqueza, mientras que en Europa se considera que el provecho individual no puede ir en contra del provecho colectivo. Los transgénicos tienen un potencial muy interesante, pero también tienen riesgos potenciales. En este momento, creo que tendríamos que adoptar una política de esperar y ver (wait and see), pero ése es más un estilo europeo que norteamericano.

-¿Por qué, cree usted, mucha gente le teme a la ciencia?

-Por un lado, está el síndrome Frankenstein: muchos creen que los científicos pueden crear cosas horribles. Y no carecen totalmente de justificación: los científicos hicieron la bomba atómica, por ejemplo. Pero principalmente es el miedo a lo desconocido lo que hace que la ciencia sea aterradora para mucha gente. Sienten que tienen una completa falta de control sobre lo que hacen los científicos y falta de conocimiento también. El tema de la clonación es un ejemplo típico. Fue desarrollada en tan poco tiempo, y nuestras intuiciones morales simplemente se quedan atrás.

Por: Nora Bär

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