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Memoria

Perón íntimo: el mito de carne y hueso

Enfoques

Dos ex colaboradores de Perón de los últimos días de su segundo gobierno y en el exilio recuerdan hábitos y anécdotas poco conocidas del general, como su romance con la "gringa" Eleanor

Sentados frente al grabador, los dos sonríen, deslizan un guiño cómplice y apelan a una memoria prodigiosa para recordar las anécdotas más sabrosas del ya lejano tiempo vivido junto a Juan Domingo Perón, a mediados de los años 50. El más joven de los dos es Ramón Landajo (75 años), periodista, pero sobre todo agente encubierto del régimen peronista en el exterior durante las dos primeras presidencias de Perón. Bajito, de bigote cuidado, mirada penetrante y ligeramente cínica, conversador ameno, apela constantemente a la ironía y se guarda tantas cosas como las que cuenta. A su lado, un viejo conocido, el suboficial mayor (r) Andrés López (de lozanos 80 años), custodio de Perón entre 1951 y 1955 en el Palacio Unzué, además de acompañante del caudillo justicialista en su exilio venezolano. De ojos claros y un cierto aire gardeliano, López se muestra como una enciclopedia parlante de aquellos tiempos.

Recordando precisamente el momento exacto en que sintió que el régimen peronista estaba condenado, durante el año 1955, López señala a LA NACION: "Yo me di cuenta con los años de que el general Perón, a partir del bombardeo del 16 de junio de 1955, advirtió que tenía un tiempo limitado de permanencia en el poder. Eso se notaba en la manera en que había modificado su vida cotidiana. En sus salidas (que se redujeron a su mínima expresión), en sus idas a Casa de Gobierno. Incluso el domingo, ya casi no salía. Creo, claro, que lo hacía también por razones de seguridad, porque después del bombardeo podía pasar cualquier cosa."

López afirma que ya el 17 de junio de ese año, tras la primera reunión de gabinete que se realizó en el Palacio Unzué (porque la Casa de Gobierno había sufrido destrozos tras el bombardeo del día previo), él mismo debió gestionar ante el general de brigada Franklin Lucero, ministro de Ejército, un refuerzo para su destacamento, pidiendo dos tanques Sherman y una batería antiaérea completa. Un refuerzo que llegaría a las pocas horas de realizado el pedido. "Yo coloqué uno de los Sherman -continúa relatando- al costado del chalet, justo donde había unos jardines. El general era un hombre al que le gustaban mucho el jardín y las flores. Entonces, yo le coloqué el tanque donde dije, y le reventé el jardincito. El segundo Sherman se lo puse en el paredón que corría del lado de la calle Austria. Uno de los tanques había quedado pegado a la residencia, camuflado con redes. Una puerta, que quedaba sin llave, le hubiera permitido a Perón refugiarse rápidamente en él.

"La batería antiaérea estaba en la terraza posterior. El general era un hombre que si usted le proponía algo, y él lo veía bien, lo aceptaba, no importaba que la idea viniera de un sargento ayudante."

Posteriormente, López debió explicar las características del dispositivo defensivo al mismo general Lucero y al general de división José Humberto Sosa Molina, ministro de Defensa. Perón, que escuchaba divertido la disertación de su custodio, señaló: "¡Qué me dice Sosa Molina, aquí, el sargento ayudante ordena y el presidente tiene que cumplir!"

Para López, otra fecha clave del derrumbe fue el 31 de agosto de 1955, el mismo día en el que Perón había ofrecido la renuncia de su cargo a la CGT, que la había rechazado, respondiendo la entidad gremial con un paro general y una concentración en Plaza de Mayo. Allí, Perón había pronunciado uno de sus discursos más violentos, en el que afirmó: "Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos."

"En mi opinión -señala López- Perón pensaba que ese día se iba a producir otro 17 de octubre. Le fallaron todos, los políticos, los dirigentes, incluso los sindicalistas. Esto fue tan así que el 1° de septiembre, tras esa manifestación, Perón me mandó llamar y me hizo ir al sótano del Palacio Unzué, que estaba lleno de regalos, bebidas finas, cigarrillos, y me dijo: ?Regáleselo al personal de su destacamento y a la custodia, no quiero que acá quede nada´. Pero la revolución se me vino encima y el sótano quedó casi lleno."

Tras su derrocamiento, empezó para Perón el tiempo del exilio, un tiempo muy duro al principio, que conoció al detalle Ramón Landajo, quien lo acompañó sobre todo en su estadía en Panamá. El periodista había realizado para Perón delicadas misiones de inteligencia, infiltrando a los grupos opositores en el Uruguay y tambien en México, actuando como agente encubierto del peronismo. "Tras una breve estadía en el Paraguay -relata Landajo-, Perón se dirigió a Panamá. Allí estuvo residiendo en el Hotel Washington (propiedad del gobierno de los EE.UU. en la zona del Canal), de donde sería expulsado, y también en una modesta casita en Colón, donde el alcalde José Dominador Bazán lo declaró huésped oficial y ciudadano ilustre. "Su única compañía eramos su fiel chofer Isaac Gilaberte y yo. Yo me sumé a la mínima comitiva (que integraba además la cocinera Flora), y desde noviembre de 1955 estuve en el modesto chalet de Colón, ubicado en la calle 9, número 10.009. El lugar era muy sencillo y humilde, teníamos unos pocos muebles alquilados. A Perón me lo encontré en plena depresión. Sentía un abandono total. No aparecía nadie por allí. Además, el general tenía por entonces muy presente la suerte de Getulio Vargas, el mandatario brasileño que se había quitado la vida apenas un año antes. Perón constantemente recordaba su decisión e incluso en una oportunidad me contó que, antes de morir, Vargas lo telefoneó para despedirse. ?He tomado una decisión´, le sugirió sombríamente. ?No, véngase para la Argentina´, le imploró Perón en vano.

"Así que, con esos antecedentes y el estado de ánimo decaído del general, nosotros, con Gilaberte, temíamos que él se mandara algo parecido. El exilio de Perón en Panamá fue de una total soledad, al principio, ni siquiera contaba con una máquina de escribir. La primera que conseguimos fue una Olivetti Lettera que le dio una periodista colombiana a cambio de una nota y una foto exclusivas."

Un día en la vida del general

Landajo recuerda al detalle la rutina de uno de aquellos días del exilio panameño de Perón. Este último se pasaba leyendo buena parte del tiempo. A la noche, la luz de su habitación permanecía encendida hasta las tres. A las cinco de la mañana, otra vez se encendía, indicando que el general había reiniciado su lectura.

Perón leía con gran interés libros de medicina (un tema que le apasionaba), y por supuesto de historia. "Perón salía a caminar todos los días -recuerda el periodista- e invariablemente, antes de almorzar, Gilaberte ponía en un viejo combinado un disco con la marcha peronista, además de "Pancho López" (un disco que la "gringa" Eleanor le había regalado al general).

"Tras el almuerzo, muy frugal, otra vez escuchábamos música. Entonces era el turno de discos que le habíamos conseguido con conciertos de guitarra (generalmente de Andrés Segovia). Perón escuchaba los primeros acordes y puchereaba, le caían lágrimas. No olvidemos que había querido mucho a su primera esposa, Aurelia "Potota" Tizón, que era concertista de guitarra. Indudablemente, "Potota" y Eva (Perón nunca decía Evita) fueron las mujeres de su vida.

"Conversando con el general, él me confesó: ?Quién me desvirgó fue Potota, y Eva fue la que encendió el fuego de la revolución. Ella hizo la hoguera que siempre me mantuvo encendido. Años después, ya en Madrid, le pregunté qué papel había jugado en este universo femenino Isabel y me contestó: ?Ella es el ladrillo caliente que me entibia los pies´. No era un concepto muy romántico, claro."

Durante los primeros tiempos del exilio panameño, señala Landajo, todos los habitantes del chalecito se intercambiaban tareas, incluso el mismo Perón. "El general hacía las tareas de la casa, y además le tocaba cocinar determinados días. Su especialidad en la cocina era el pescado. Además, muchas veces amasaba los fideos el mismo."

Al respecto, Andrés López agrega: "Perón, para cocinar, se ponía incluso un delantal, y cuando le tocaba, limpiaba la casa. Como buen militar se cosía las medias y los pantalones. Un día, ya en Caracas, abro una puerta y lo veo zurciendo una media. ?Hijo -me dijo- no se ría´ y siguió sencillamente con su tarea."

"En general, Perón no tomaba vino, sólo soda, a la que quitaba las burbujas revolviéndola con un tenedor o cuchillo. Cuando no estaba bien de circulación tomaba algún vaso de whisky."

Otro aspecto de aquellos tiempos del exilio eran las charlas magistrales que Perón le dedicaba a su pequeño séquito, al que se había integrado el mismísimo Omar Torrijos. Landajo recuerda que "Perón siempre le daba sus charlas a Torrijos, que lo escuchaba fascinado. En una ocasión disertó un largo rato sobre los fenómenos atmosféricos en la zona del Canal. Otro día, cuando íbamos caminando, pasamos cerca de un cangrejal y Perón improvisó una disertación explicando por qué el cangrejo caminaba de costado. Leía algo en un libro en la noche, y al día siguiente ya era un sólido experto en el tema."

El avión negro

Tal vez uno de los mitos más recurrentes del peronismo fue el del famoso "avión negro", que supuestamente debía traer de regreso a Perón a la Argentina, y que tuvo su origen en el exilio panameño. Según relata Landajo, Perón no estaba de acuerdo con la revolución que estaba preparando la gente del general Valle. "Perón se oponía -afirma- porque pensaba que los iban a masacrar a todos. Estaba convencido de que el gobierno de la Revolución Libertadora estaba en antecedentes de la revuelta y conocía el nombre de cada complotado.

"Coincidiendo con la sublevación de Valle (en junio de 1956), y con un severo relevo de mandos del Ejército emprendido por Aramburu, Perón había caído gravemente enfermo en Colón. Estaba con neumonía, muy delicado de salud. Nosotros lo teníamos encerrado, escondido y temíamos realmente por su vida.

"Cuando nos enteramos del relevo de los generales en nuestro país, el propio Perón, a pesar de estar enfermo señaló: ?Este es el momento oportuno para decir que desaparezco, que viajo a Buenos Aires, para crear confusión.´

"Curiosamente, mientras todo esto pasaba, esos días desapareció un avión norteamericano de la zona del Canal, que además era negro. Así que todos estos datos sueltos se unieron y tomó cuerpo la historia del famoso avión negro."

La "gringa" Eleanor

Una última historia de aquellos tiempos del exilio panameño viene a la memorias de los dos amigos. Es la presencia de la "gringa" Eleanor, que trajo un poco de alivio a la soledad del caudillo justicialista. "Perón la conoció a la ?gringa´ Eleanor Freeman en el Hotel Washington. Se la levantó el general, no se la presentaron, como dijeron algunos. Un día nuestro líder estaba caminando por el Hotel y Eleanor, que estaba parando allí (ella no sabía quién era el general) tomó un cigarrillo y Perón, muy caballero, se le acercó para encendérselo. Era una empleada norteamericana, de Chicago, de alrededor de treinta años, morocha, agraciada. Enseguida simpatizó con Perón. Ella apenas hablaba castellano. El general se ofreció a enseñarle el idioma. Pura técnica de levante, claro.

"Bueno, el asunto fue que Perón la terminó conquistando a esa chica, y empezó a tratarla, naciendo una especie de romance, vamos a decir, entre ellos. Perón estaba más animado. Pero todo terminó bruscamente, porque la familia de la muchacha hizo una presentación judicial alegando que Perón la tenía secuestrada. Para mí, los servicios de Inteligencia norteamericanos apretaron a los viejos de Eleanor porque había que hacerle lugar a alguien nuevo en el entorno femenino del general, alguien que trabajara para ellos y para la Revolución Libertadora." Landajo, con gesto pícaro y mirada cómplice, pone fin a la entrevista con esta sugestiva insinuación que deja pendiente, como una adivinanza. .

Por Ernesto G. Castrillón y Luis Casabal
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