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Brillante concierto de la Sinfónica Nacional

Lunes 05 de julio de 2004

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, con la participación del Coro Polifónico Nacional y los cantantes Carla Filipcic Holm (soprano), Alicia Alduncin (contralto), Enrique Folger (tenor), Mario De Salvo (bajo) y el organista Luis Caparra, con la dirección general de Antonio Russo. Programa: "Petite Suite", de Claude Debussy; Dos tangos sinfónicos (primera audición), de Antonio Russo, y Misa Glagolítica, de Leos Janacek. En el auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: excelente

Características excepcionales revistió el concierto que la Orquesta Sinfónica Nacional ofreció en su última sesión con la dirección del maestro Antonio Russo, quien protagonizó, además del estreno de dos obras suyas, el de la versión de la Misa Glagolítica, de Leos Janacek, ofrecida después. Es decir, se trata de la primera audición local de la revisión de esta insigne obra de la música religiosa del siglo XX efectuada por Paul Wingfield en 2001, no de la partitura original, cuyo estreno efectivo se realizó -como los memoriosos recordarán- en el Colón, con la dirección de Russo.

La "Petite Suite", de Claude Debussy, en versión orquestal de Henri Büsser (la original está escrita para piano a cuatro manos), abrió este concierto, de indudable interés para los melómanos, con un Debussy de la primera época no desasido aún de las tendencias románticas contra las que después reaccionaría, al igual que Janacek.

La agrupación, el Coro Polifónico y los cantantes solistas
La agrupación, el Coro Polifónico y los cantantes solistas. Foto: Soledad Aznarez

La suite es música placentera y elegante a la vez, no exenta de sutilezas armónicas que se tradujeron en atinados matices dinámicos, con intervenciones solistas en las que ya aparece uno de flauta que recuerda al que mucho después el musicien français utilizará en el "Preludio a la siesta de un fauno". El matizado pizzicato de las cuerdas en "Cortege" y la elegancia expositiva del "Menuet" fueron respuestas que los músicos de la Sinfónica asumieron con propiedad y flexibilidad expresiva.

Los "Dos tangos sinfónicos" de Russo (en primera audición), que siguieron, revelaron "prima facie" un escrupuloso sentido de la escritura orquestal -ambos fueron originariamente compuestos para piano- que se tradujo fehacientemente en la versión ofrecida. Sus disonancias, su riqueza tímbrica y su pujanza rítmica no excluyen un sentido "armónico" en la concepción general, a partir del prisma sensible de la personalidad del autor de la que proviene una cosmovisión muy amplia y rica de la realidad ciudadana a través del tango, en lugar de confinarlo a las variables más transitadas, como el ritmo, que prevalece en algunos de sus más renombrados cultores.

Russo no compone de acuerdo con una época o un estilo, sino que ha elegido el arduo camino que lo expresa: es original porque su expresión es auténtica. Quizás ello explique la preferencia por lenguajes sinfónicos liberados de la expresión anímica o los sentimientos tradicionalistas, o antirrománticos como el de Leos Janacek, de quien es eximio traductor, no sólo por la cuidada interpretación que ofreció. Janacek basó su obra en las características de la música y el lenguaje moravos, y una identificación vital con la naturaleza; lo vernáculo es para él expresión dinámica, es vivo testimonio de lo que el filósofo Julián Marías proclama: "La lengua es la primera interpretación de la realidad". Imbuido de este espíritu indagó en el antiguo glagolítico, idioma arcaico de origen eslavo, cuyas inflexiones prosódicas y cuya rítmica quedaron reflejadas en su música, como cuando la oración era la palabra cantada.

Obra sumamente compleja y, a la vez, de complicada lectura, destinada a orquesta sinfónica, coro polifónico y cuatro voces solistas a los que añade el órgano, es un magnífico exponente de su estilo vital, de gran poder expresivo y opulencia tímbrica, y una libertad armónica en la que la flexibilidad melódica posibilita cambios dinámicos y un tratamiento cíclico de los temas. Su métrica irregular responde a la prosodia de la lengua que le sirve de soporte.

Después de una Introducción (Uvod) intensa e impetuosa en su obsesionante motivo inicial, cuya fanfarria subrayó el angustiado Kyrie (Gospodi Pomiluj), exhibió los timbres más sombríos de cuerdas y maderas y, sobre la plenitud sonora de un magnífico unísono de las cuerdas, el coro entonó su plegaria.

La soprano Filipcic Holm exhibió aquí un admirable manejo de la tesitura en su parte, con admirable afinación y seguridad vocal, y volvería a hacerlo en la exclamación jubilosa del Gloria (Slava) con una intervención orquestal de transparencia sonora.

Solistas, coro y orquesta tejieron una exaltada alabanza. Y la voz del tenor Folger de potente emisión y timbre penetrante se prolongó en el coro, que creó un poderoso efecto dramático.

Precisión

La intervención coral convocada desde el podio fue siempre equilibrada, precisa, con respuestas de convincente intensidad emocional, como en el Credo (Veruju), que afirma su fe en vigoroso tema de gran expresividad religiosa.

Un aspecto ponderable de esta versión fue la ceñida interrelación de los diferentes grupos instrumentales (flautas, violas, chelos y clarinetes), como los que describen episodios de la vida de Jesús (Oración en el desierto) a los que se sumó el sonido el órgano en esporádicas y apocalípticas intervenciones.

El Sanctus y el Benedictus, ambos episodios unidos (Svet) constituyeron una sutil atmósfera sonora, a la que se sumaron el coro y los solistas, entre ellos el bajo Mario de Salvo y la contralto Alicia Alduncín, de limitadas aunque eficaces intervenciones en la obra.

El Agnus Dei (Agneïe Bozij), con su clima de misterio creado por las cuerdas y las maderas, a lo que se añadirán las suplicantes intervenciones corales, desembocará en un solo de órgano de gran intensidad, un imponente "allegro" sobre un tema con voces superpuestas y sostenido ritmo, que se repite dejando en el oyente la impresión de una genuina liberación espiritual.

Por Héctor Coda Para LA NACION

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