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Antártida: la vida bajo cero

Revista

Hace un siglo, la Argentina inició su presencia permanente. Cuarenta países siguieron su ejemplo. Hoy es el único continente libre de armas, fronteras y contaminación. ¿Cómo es vivir en el hielo? ¿Por qué atrae cada vez más a científicos, gobiernos y ecologistas?

 
 

"Sentí como si me hubieran dejado caer en otro planeta o en otro paisaje geológico del que el hombre no tiene conocimiento ni recuerdo", apuntó el explorador norteamericano Richard E. Byrd en 1938. Algo parecido experimenta cada visitante. La Antártida es un hueso duro de roer para la credulidad. Casi un invento de Ripley.

Unico continente libre de armas, dinero, fronteras, catástrofes ecológicas y terremotos, es también el más frío (88º C bajo cero), el de mayor altitud media (2050 metros sobre el nivel marino), el más ventoso (las ráfagas superan a veces los 300 km por hora) y el más seco (caen menos gotas que en el Sahara, hay zonas donde no ha llovido en los últimos dos millones de años y reina una humedad atmosférica absoluta diez mil veces menor que la del círculo ecuatorial). Además, la extrema asepsia de su ambiente impide incluso el resfrío más leve y hace que los animales muertos tarden una eternidad en descomponerse. Para colmo de extrañezas, en su corazón -el polo sur- imperan una sola noche y un solo día, de seis meses.

No acaban aquí los prodigios. Gracias a 20 millones de kilómetros cuadrados de mar congelado, la Antártida logra casi triplicar su extensión en invierno y saltar del cuarto al tercer puesto en el ranking continental, arriba de Africa. Sus espaldas cargan hielo y nieve suficientes para cubrir los restantes continentes con una alfombra blanca de 33 metros de espesor y, si se derritieran, aumentar 60 metros el nivel de los océanos. Hospeda el 90% del hielo planetario, el 70% de las reservas de agua dulce (bastante para un millón de años al ritmo actual de consumo) y produce, en forma de témpanos, un volumen equivalente a la mitad del agua que usa el mundo cada año. Por algo los ojos de la humanidad, cuya cuarta parte bebe ya agua contaminada, miran hacia el lejano Sur. Hasta se plantea la posibilidad de remolcar icebergs para transformar desiertos en vergeles. ¿Desatino? No tanto: el más grande que se avistó tenía una superficie mayor que la provincia de Tucumán.

Los bichitos antárticos no desentonan con su desmesurado hábitat. Algunos son estrellas del Libro Guinness de los Récords. A la cabeza figura la ballena azul, la criatura más grande de todos los tiempos. La secundan el albatros errante (el ave de mayor envergadura e incubación más lenta), la orca (el animal oceánico más veloz), el elefante marino (la mayor foca viviente), la foca cangrejera (representante más prolífico de la familia, con una población estimada de quince millones de individuos) y el gaviotín antártico, que viaja más de cuarenta mil kilómetros entre polo y polo, hazaña sin par entre las especies migradoras; no existe ser que goce de más luz diurna en su vida, ya que pasa prácticamente todo el año en los veranos polares. Por su parte, el pingüino emperador es, de todos los antárticos, el que vive más cerca del polo sur y el de mayor tamaño y espectacularidad.

De otro mundo

¿Para qué sirve este entrevero de hielo, inmensidad y rarezas? No sólo para apagar la sed del planeta cuando hayamos liquidado ríos, lagos y napas subterráneas. El continente blanco y su cinturón marino conforman el sistema de enfriamiento de la nave terrestre, una fábrica de climas y una pieza clave para la circulación de corrientes acuáticas y atmosféricas. También, el último laboratorio natural sin alteraciones que le queda al orbe. Vale decir, una oportunidad única para la ciencia.

En las sucesivas capas de hielo están agendados los cambios climáticos desde hace milenios. Su estudio permite determinar, por ejemplo, que unos 18.000 años atrás la Tierra era más árida que hoy, o predecir el clima del futuro. Igualmente, puede datarse la aparición de residuos industriales y polvo radiactivo. Además, los meteoritos caídos sobre el manto antártico no han sufrido contaminación alguna. Se encontraron hasta ahora más de siete mil. Entre ellos, fragmentos de la Luna y de Marte, y rocas que demuestran la existencia de materiales orgánicos en el sistema solar cien millones de años antes de que surgiera la vida en nuestro mundo.

La Antártida hasta contribuyó a la conquista espacial. En sus inhóspitos Valles Secos -lo más parecido a Marte en la Tierra- la NASA probó buena parte del instrumental con que la Viking II rastreó síntomas de vida en la superficie marciana.

Actualmente los científicos están concentrados en las secuelas del llamado "efecto invernadero" y del agujero que supimos horadar sobre el polo austral en la capa de ozono, nuestro paraguas contra las riesgosas radiaciones ultravioletas. El recalentamiento planetario, al parecer, tiene la culpa de que hayan comenzado a desprenderse témpanos de tamaño anormal. Y los rayos ultravioletas, de la retinitis que afecta a algunas gaviotas. En el continente blanco, aseguran los entendidos, se asiste a la avant première de los efectos del cambio global.

Ser o no ser

En 1988, con el beneplácito de las compañías petroleras, los países del Tratado Antártico aprobaron la explotación minera del continente blanco, abriendo así la puerta a la degradación ambiental y, quizás, a los conflictos armados. Tres años más tarde recapacitaron y alumbraron el Protocolo de Madrid, que convirtió, la Antártida en una "reserva natural, consagrada a la paz y la ciencia" y, entre otras restricciones, prohibió toda actividad relacionada con sus recursos minerales durante cincuenta años.

Para algunos sólo se trata de un aplazamiento de la condena, a la espera de que el agotamiento de los hidrocarburos y el desarrollo tecnológico tornen más apetitosa la extracción del petróleo antártico. Sin embargo, los ecologistas abrigan esperanzas: "Si la humanidad comprende el rol fundamental de la Antártida en la existencia del mundo, a nadie se le ocurrirá cuestionar su protección a perpetuidad en el 2041, cuando se revise el acuerdo", conjeturan, con la mira puesta en un vasto parque mundial.

Argentinos on the rocks

Con la inauguración del Observatorio Meteorológico y Magnético de las Islas Orcadas del Sur, el 22 de febrero de 1904, la Argentina se transformó en el primer país que establecía una base científica en la Antártida. Hoy suma trece (6 de actividad permanente y 7 temporarias), surtidas periódicamente de personal y pertrechos por el rompehielos Almirante Irízar. Algunas resultan pequeñas aldeas. Es el caso de Esperanza, donde se celebró el primer casamiento del continente blanco y donde, en enero de 1978, nació el primer bebe (Emilio Palma, hijo del entonces comandante de la base).

Allí, a 3229 kilómetros de la Capital Federal, se pueden captar las radios y los canales de televisión porteños, navegar por Internet, hablar con parientes y amigos desde la estación de radio o de un teléfono público, rezar en la primera capilla católica de la Antártida, recibir atención médica de cierta complejidad y, si resulta necesario y el clima lo permite, ser evacuado en cualquier estación del año por un avión Twin Otter, que "aneviza" en el cercano glaciar Buenos Aires. Hasta existe un jardín de infantes y una escuela primaria (la provincial Nº 38 de Tierra del Fuego). No extraña: 12 de sus 54 habitantes permanentes son chicos.

Así y todo, no forman cola los dispuestos a soportar inviernos con una temperatura promedio de 20º C bajo cero y ráfagas más veloces que un campeón de Fórmula 1. "Tras un siglo de experiencia antártica, la vida en las bases argentinas está bastante resuelta -comenta el psicólogo Juan Santoro, un veterano de la Ultima Frontera-. Pero es duro estar privado tanto tiempo del contacto con familia y amigos, en medio de una naturaleza hostil, que obliga a largos y aburridos encierros, y con una sensación de extrema vulnerabilidad. Una situación límite o de incertidumbre (como el incumplimiento de la fecha de regreso, algo común donde el clima manda) puede desencadenar estados emocionales difíciles de manejar. Hay que estar bien preparado para vivir entre hielos."

Para saber más
www.marambio.aq
www.igme.es  
www.dna.gov.ar

Ciencia

Para los científicos, la Antártida es una fuente inagotable de investigaciones. Organismos como el Instituto Antártico Argentino están realizando investigaciones en ciencias de la atmósfera, del mar; en química, medicina, psicología e historia. Estudios sobre el efecto invernadero, la fauna marina, la adaptación psicológica humana a climas fríos y diversas investigaciones genéticas están en la agenda de los científicos, que trabajan en cooperación con otros países.

Historias en el hielo

Por Gustavo Carabajal - Fotos: Fabián Marelli (enviados especiales)

BASE VICECOMODORO MARAMBIO, Antártida Argentina.- "No deben dejar al descubierto ningún centímetro de la piel. La exposición de más de un minuto al frío podría producir congelamientos o quemaduras graves." Esta es la primera sugerencia de los coordinadores de la operación logística antártica, a bordo del Hércules C-130, antes de aterrizar en esta base, situada a 3600 kilómetros de Buenos Aires. El llamado de atención tiene una razón de ser: el viento de 40 km por hora que sopla en esta meseta, que se eleva 300 metros sobre el mar de Weddell, provoca una sensación térmica de 45° C bajo cero. Además, los 38 hombres de la Fuerza Aérea Argentina y los diez científicos de la Dirección Nacional del Antártico asignados aquí deben soportar noches de 20 horas en invierno, temporales sordos en los que sólo se escucha el arrastrar de la nieve. "Apenas durante tres o cuatro meses del verano, cuando el mar de Weddell se descongela, el blanco le deja lugar al azul profundo", destaca el vicecomodoro Héctor Ricardo Ludueña, jefe de la Base Marambio.

"Según mi marido, lo que más se extraña es el verde. Acá todo es blanco. Y siempre me habla del silencio; dice que es único", describe Amalia Dora Navellino, esposa del suboficial ayudante Ignacio Gómez, que viajó con sus hijos desde Resistencia, Chaco, para encontrarse con su esposo, al que no ve desde octubre último.

"A pesar de las condiciones extremas, los vuelos a la Antártida no se interrumpen durante el invierno. Mientras la meteorología lo permite, se realiza un cruce cada 40 días. Debemos mantener el apoyo logístico permanente porque Marambio es la puerta de entrada al continente blanco. Desde allí se realizan vuelos con el avión Twin Otter a las bases Esperanza y Jubany, que junto con Belgrano II, Orcadas y San Martín tienen ocupación permanente", explicó el comodoro Alejandro Vergara, jefe del Departamento Antártida de la Fuerza Aérea.

Debido al frío extremo, el avión Hércules C-130, al mando del vicecomodoro Eduardo Maroni, no detiene sus impulsores. Los operarios cargan contenedores con los desechos compactados de la base, que se envían para ser procesados en Río Gallegos. "Nuestra base recibió el certificado del cumplimiento de la norma ISO 14001. En la Antártida no dejamos basura", explica el mayor Marcelo Biasutto. 

Hay espacio para los abrazos después de ausencias prolongadas. Como el reencuentro de Amalia con su esposo, Ignacio, o el de Nancy con su marido, el suboficial ayudante Hugo Vera, y entre los padres y la hermana del electricista Marcos Biondi.

Adentro, tres calefactores brindan una temperatura de 25° C. "Si bien en invierno se reduce la actividad en el exterior, hay cosas que no se pueden dejar de hacer: cada tres días debemos preparar agua. Sacábamos el agua de una laguna, pero se congeló. Así que debemos palear nieve en una gran olla con una resistencia que la derrite. Entonces, se manda por bombas a las distintas dependencias. También debemos mantener operable la pista de aterrizaje porque Marambio tiene uno de los dos aeródromos que funcionan durante todo el año", explica Ludueña.

"Acá no hay enfermedades virósicas. El frío mata todos los virus. Los problemas más comunes son traumatismos provocados por caídas en el hielo. A veces, hay que actuar como odontólogo: el frío afloja las amalgamas y las coronas", explica el médico de la base, Hipólito Nicolás Scandizzi, que también brinda apoyo sanitario a otras bases.

Más información: Informe multimedia: 100 años de presencia argentina en la Antártida.

Por Roberto Rainer Cinti Fotos: Corbis/Focus
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