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Personajes

Alberto Lysy: maestro busca talentos

LA NACION revista

Eximio violinista y reconocido pedagogo, el músico visitó la Argentina para becar a jóvenes ejecutantes en la Academia Menuhin, que dirige en Suiza. Aquí recorre su historia y comparte sus proyectos

Sus dedos se mueven ágiles y una cascada de notas límpidas brota del violín. Tanto el instrumento como el arco -ambos prestados- son bastante precarios, ha advertido. Pero la música no atiende razones e inunda el living del departamento donde el maestro Alberto Lysy se aloja en su breve paso por Buenos Aires.

Se diría que ha venido al mundo con un violín en sus manos. Pero no. La primera vez que su padre intentó hacerlo tocar, él no quiso saber nada. Al tiempo, el hombre insistió. Esta vez el chico se aferró al violín y ya no lo soltó. Con apenas cinco años, quizás haya sospechado que ese trozo de madera con cuerdas no sólo contenía los tangos y los valses que le arrancaba su padre, sino también la llave que le abriría las puertas del mundo.

Con un violín conquistaría Europa, tocaría junto con músicos tales como Pablo Casals o Benjamin Britten, y crearía la Academia Menuhin, en Suiza, donde enseña a los jóvenes violinistas más destacados del mundo, y adonde quiere llevar a los nuevos talentos argentinos que ha venido, precisamente, a buscar.

Pero todo eso llegaría después de años de estudio y de algunos gestos de arrojo que abonan la teoría de que aquel chico precoz se sabía predestinado.

En el principio, entonces, aquel violín que -una, dos veces- le extendió su padre, un inmigrante ucraniano que por las tardes se quitaba el mameluco de metalúrgico para ponerse el traje que más le gustaba. "Mi padre era un músico aficionado de gran talento -dice Lysy-. Tenía su propia orquesta y hacía tangos y valses. Se ponía un chaleco vienés que me impresionaba mucho. Fue mi primer maestro. Yo aprendí escuchándolo a él, y después él aprendía escuchándome a mí."

-¿Estudiaba mucho?

-Al principio, practicaba con él una hora por día; después, dos. A los 13 dejé el colegio para estudiar también historia del arte, historia de la música, piano, armonía, composición, inglés, francés. No basta con tocar bien. Si uno toca una obra barroca tiene que conocer el barroco en la cultura y en todas las artes.

A los nueve años dio su primer concierto con orquesta, pero había debutado profesionalmente a los siete, con una orquesta de tango para niños.

-Todos eran más grandes que yo -se ríe-. A algunos les asomaban piernas peludas debajo de los pantalones cortos.

Lysy habla en voz muy baja, con un leve acento tamizado por los muchos idiomas con los que ha convivido en décadas de residir en el extranjero.

Tras estudiar con el maestro Ljerko Spiller, trepó -con 17 años- a la tercera clase de un barco que puso proa hacia Europa y llegó a destino varias semanas después. En todo caso, el tiempo suficiente para que una devaluación del peso redujera el exiguo capital que llevaba a la tercera parte. Para peor, el maestro que le había sido designado en la Silver School de Londres resultó un fiasco.

-Vivía con lo mínimo, pero no me perdía ningún gran concierto. Al teatro de Shakespeare entraba con los músicos, que me conocían, y cargando mi violín. Así no pagaba entrada. Viví en un albergue con unos amigos de la India. Cuando corríamos la coneja, me decían: "Alberto, sacá el violín". Tocaba en un túnel que hay cerca del Royal Theatre, y la misma obra que se ofrecía en el teatro. Juntaba un poco de plata y nos íbamos todos a comer.

Aguantó un año en Inglaterra y se fue a París. En un concierto que dio para la Unesco conoció a un miembro de la embajada argentina y le consultó sobre una eventual repatriación. "No, usted es un artista", le respondieron. Y lo ubicaron en un barco mercante que, tras un viaje de cuarenta días, lo devolvió a la Argentina con diez kilos menos y sus aspiraciones intactas.

Tanto que, dos años después, en 1955, volvió a cruzar el Atlántico con 20 años y un objetivo preciso: ganar el consagratorio concurso Reina Elizabeth, en Bruselas. ¿Hace falta decir que fue el primer sudamericano que se alzó con el premio? Ejecutó un concierto de Dvorak en un instrumento que despertó la compasión de la mismísima reina de Bélgica, que además de invitarlo a tocar en su palacio le regaló un violín acorde con su talento.

-Tocábamos piezas para dos violines. Ella tocaba el segundo violín y yo el primero.

-En ese concurso conoció a Yehudi Menuhin.

-Era uno de los jurados. Yo me acerqué y le dije que quería estudiar con él. Me contestó que nunca había tenido alumnos, pero que lo iba a pensar.

Mientras la eminencia del violín lo pensaba, el servicio militar obligatorio trajo a Lysy de vuelta a la Argentina. Hubo gran revuelo, notas en los diarios, contratos para conciertos. Y la fuerza del destino escondida en un sándwich en mal estado.

-Estaba en Entre Ríos dando una serie de conciertos, y entré en una pulpería a comer algo. Aquello me cayó tan mal que me intoxiqué. A los pocos días fui a la revisión médica de la conscripción transpirando, como brotado, y les dije que esos ataques me agarraban seguido. Había hecho de todo para salvarme y al final me exceptuaron por eso. ¡Tata Dios me mandó un sándwich de mortadela!

Entonces llegó carta de Menuhin: que viajara ya para su casa de Gstaad. Respuesta escrita de Lysy: nada le gustaría más, pero no hay con qué.

-En la siguiente carta me dijo que conocía a uno de los Rockefeller y que le había hablado de mí. Conclusión: había en Suiza una cuenta a mi nombre con mil dólares. ¡Eran como diez mil de ahora!

-Con eso pudo viajar.

-Claro. Cuando llegué a su casa de Gstaad, Menuhin estaba tocando en Lucerna. Entre quienes me recibieron había un señor que tocaba el piano y escribía. Me ofreció una taza de té. Le pregunte si era pianista. Compositor, me dijo. Era Benjamin Britten.

-¿Cómo enseñaba Yehudi Menuhin?

-Yo fui su único discípulo, porque él era un solista que viajaba mucho y tuvo poco tiempo para enseñar. Me llevaba a Viena y a otras ciudades de Europa como si fuera de la familia. Me daba clases en el vagón vip de los trenes en que viajábamos.

-¿Cómo era él en el trato?

-Era un ser extraordinario, un humanista. Hablaba seis idiomas y tenía un espíritu filosófico que lo colocaba por encima de las religiones. Era muy tranquilo, salvo cuando algo lo indignaba. Por ejemplo, cuando lo querían usar con fines políticos.

Cuando Lysy hizo su primer concierto en Londres, Menuhin le dio un violín que el argentino usó durante treinta años: un Guarnerius de 1742. Menuhin también compartió con él sus secretos y sus viajes, y lo puso en contacto con músicos tales como Casals y Nadia Boulanger. Ese legado es el que Lysy ha buscado compartir con sus alumnos en la Academia Internacional Menuhin, que fundó en 1977 con el aval de su mentor, y que hoy dirige en Blonay, un pueblito a orillas del lago de Ginebra.

-Yo aprendí muchísimo gracias a los viajes y al contacto con los grandes de la música. A los alumnos les doy eso mismo, y la posibilidad de que toquen. Con la Camerata Lysy recorremos las principales capitales de Europa.

El maestro está empeñado en multiplicar las clases magistrales que desde su fundación ofrece en distintos puntos de la Argentina. Y en buscar talentos locales para que estudien, becados, en la Academia Menuhin. Viene al país unas tres veces al año, pero planea hacerlo más seguido para fundar aquí una academia.

-¿Qué le gustaría transmitirles a violinistas jóvenes?

Lo piensa y responde:

-Il sacro fuoco -dice-. El fuego sagrado.

Para saber más
www.menuhinacademy.ch
www.ciweb.com.ar/Lysy.

Por Héctor M. Guyot Fotos: Graciela Calabrese y Archivo
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