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Tema libre / Graciela Peyrú

Violencia social

LA NACION revista

Secuestros, actos terroristas, maltratos domésticos. La autora advierte que en nuestras sociedades las agresiones van en aumento y afirma que hay que revertir los mecanismos que favorecen la expansión del fenómeno

La violencia social, por la magnitud y multiplicidad que ha alcanzado, necesita ser reconocida como una epidemia que en poco tiempo superará a cualquier enfermedad como causa de daño y muerte de los seres humanos. Usamos violencias, en plural, para subrayar el carácter multifacético de este problema y la variedad de contextos en que se manifiesta.

En nuestras sociedades, los estudios muestran un incremento de las violencias individuales, grupales y colectivas, tanto en el ámbito privado como en el público. Secuestros, decapitaciones, acciones terroristas y bombardeo de civiles se unen a la brutalidad y las violaciones "menores" de la vida cotidiana.

Hubo épocas de la historia en que los débiles quedaban algo marginados de ciertos ataques. Hoy el eje de las violencias sociales se ha desplazado, y abarca predominantemente y a veces de modo hasta exclusivo a civiles inermes.

En nuestro país, se está desarrollando una conciencia cada vez más nítida de la necesidad de acciones preventivas y/o represivas eficaces que permitan frenar el incremento de estas violencias, que por momentos parecerían incontenibles.

En la búsqueda de soluciones, una de las cuestiones centrales es elucidar si los actos violentos ocurren de modo aislado o forman parte de complejas cascadas de interacciones cuyos lazos causales requieren ser revelados. ¿Es cada hecho violento un suceso único o se concatena en las complejas redes de causa-efecto de las sociedades posmodernas?

La experiencia humana es multidimensional, y dentro de cada violencia hay numerosas decisiones, pequeñas y grandes, que hacen avanzar el proceso de la destrucción. Resulta sorprendente, sin embargo, discernir cómo en la multiplicidad existen ingredientes comunes que se repiten clara e inexorablemente.

Nuestras investigaciones nos permitieron hallar estrechas similitudes entre la dinámica identificable en las acciones violentas que ocupan la primera plana de los diarios con la constitutiva de las microviolencias cotidianas.

Las principales dificultades para reconocer a tiempo las violencias y elaborar una respuesta adecuada se deben a una serie de procesos y operaciones psicológicas que las minimizan, ocultan y aun llegan a justificarlas. El desconocimiento social de ciertas formas de violencia activa hace más difícil reconocer sus causas, nexos y consecuencias.

Los cuatro procesos sociales que actúan en el desconocimiento de la violencia son: tomarla como natural, hacerla invisible, encubrirla y habituarnos o hacernos insensibles a ella. Se trata de un conjunto de operaciones psicológicas permisivas que nos llevan a aceptar las violencias sociales como algo natural, legítimo y pertinente a la vida cotidiana.

No hay nada de natural en las violencias sociales. En realidad, los componentes genéticos dotan al ser humano de un potencial de agresividad que juega un rol esencial en la autodefensa y en la evolución humana. Pero este potencial agresivo es modelado por cada cultura mediante la socialización y puede o no devenir violencia, la que es evitable.

Las víctimas de las violencias sociales se sienten "marcadas" de por vida, su cuerpo y sus emociones quedan alterados definitivamente por el trauma vivido. Las víctimas de los abusos sexuales y otras formas de maltrato infantil llegan a desdoblar su personalidad, para defenderse de un sufrimiento que podría aniquilar su ser. En casos extremos pueden llegar a desarrollar múltiples personalidades. Para seguir viviendo, todos tratan de distanciarse psicológicamente del propio ser, que ha sido degradado.

Quienes sobreviven las violencias sociales necesitan volver a construir una narrativa humanizada de su existencia recuperar sus memorias, su sensibilidad y llegar nuevamente a soñar, amar, reír como las otras personas.

Los aspectos negativos de las violencias necesitan ser descriptos en términos de sus operaciones concretas, de aquellos procedimientos que aceitan su accionar social y sostienen su persistencia. Sólo así, develando sus principales causas y contextos, se podrá ir recortando y limitando sus ramificaciones.

Es imprescindible identificar y revertir aquellos mecanismos que lubrican el accionar de las violencias, cualquiera que sea el nivel en que actúen. Existen grupos o individuos cuya tarea es hacer aceptables las actitudes violentas, lo que requiere del esfuerzo planificado de operaciones psicológicas facilitadoras.

El encubrimiento de la violencia se da con más frecuencia en organizaciones en las que los superiores ocultan actos violentos de miembros de grupos, con la finalidad de "mantener el prestigio de la institución".

Cuando las acciones violentas predominan se genera un efecto muy similar al de la tolerancia a la droga; se requieren dosis cada vez mayores de violencia para producir algún efecto. Este proceso de acostumbramiento social da lugar a que sólo los actos más escalofriantes logren conmover a la opinión pública. Los crímenes "menores" no reciben gran atención, pues ya no garantizan mayores ventas, ni demasiada resonancia, indignación o espanto.

En el campo privado e íntimo, la minimización es moneda corriente. El mecanismo de empequeñecer los daños que produce la violencia aparece en el ejemplo de un señor que al concurrir a un centro de tratamiento para hombres violentos manifiesta: "Tuve un problemita con mi señora". Su señora estaba internada en un hospital con fracturas múltiples.

Las operaciones facilitadoras de la violencia resultan esenciales para iniciar y sostener en principio cualquier guerra, pero participan también en la vida cotidiana, en la construcción de la violencia en el hogar, la escuela, el ámbito laboral. Entender y ser capaces de detectar cada una de estas operaciones puede permitirnos desarrollar instrumentos adecuados para desarmarlas.

La autora es médica psiquiatra y preside la Fundación para la Salud Mental. Publicó "Papá, ¿puedo ver la tele?" (Paidós, 1993) y "Violencias sociales" (Ariel, 2002), en coautoría con Jorge Corsi .

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