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Orquesta con luz propia

Domingo 18 de julio de 2004

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Luis Roggero (violín). Programa: Obertura de "Fidelio", de Ludwig van Beethoven; Concierto en Do Mayor, para violín y orquesta de cuerdas, de Joseph Haydn, y Sinfonía Nº 2, en Re Mayor, Op. 43, de Jan Sibelius. Función Nº 8 del ciclo 2004. Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: excelente

La pianista María José Míguez debió cancelar su actuación como solista por razones personales. Por ello, Pedro Ignacio Calderón se vio obligado a modificar con muy poco tiempo disponible el programa de la Orquesta Sinfónica Nacional. La premura se vio reflejada en el impreso que anunciaba el primer concierto para piano de Beethoven y un volante adjunto que comunicaba el cambio de obra e intérprete.

Para ello contó con la invalorable colaboración del violinista Luis Roggero, uno de los concertinos de la orquesta, quien encaró el difícil trance de participar en un concierto para violín de Joseph Haydn. Una sabia elección por cierto, ya que la obra elegida forma parte de los cuatro conciertos que con mayor certeza fueron realmente escritos por el autor -existen otros cinco de identidad dudosa-, con la ventaja de no ser excesivamente complejo para la orquesta, conjunto sólo de cuerdas, pero lúcidamente concebido por el autor para un virtuoso.

La composición elegida lleva el número 1 del grupo de obras VII (concierto para diversos instrumentos), del célebre catálogo temático escrito por el musicólogo holandés Anthony van Hobeken (1887-1963), alumno de Schenker en Viena; el catálogo fue publicado en Maguncia en 1959 y 1971, y es el más conocido de los conciertos para violín y orquesta de Haydn.

Estilo y brillantez

La velada se inició con una buena interpretación, por parte del director, de la obertura de "Fidelio", de Beethoven, bien encuadrada en una dinámica vibrante, como debe ser en una ópera con acción de rescate, ejemplo clave de un romanticismo incipiente, y con la sonoridad vigorosa al modo de la más autorizada tradición germana. Un leve error de lectura en un sector de los instrumentos a soplo no llegó a opacar la valoración de tan acertada versión.

A renglón seguido, Pedro Ignacio Calderón, Luis Roggero y las cuerdas de la Nacional, dictaron una clase de estilo al ofrecer el mencionado concierto para violín de Haydn caracterizado por el detalle, perfectamente logrado por los intérpretes al dejar escuchar un cierto sabor preclásico, por la manera un tanto añeja de alternar el solo con el tutti que caracteriza a la obra, como así también por el sonido y matices obtenidos como un reflejo o, si se prefiere, un homenaje del autor al barroco italiano y a su legado violinístico.

La labor de Luis Roggero como ejecutante de violín, fue una nueva demostración de lo dicho hace tiempo en alguna otra nota. Se trata de un artista dotado de ese algo enigmático y necesario elemento que le hubiera permitido una carrera internacional rutilante. Pero él, prefirió cumplir su destino con felicidad, llevado por el impulso de su auténtica vocación. De ahí que se comparte y se agradece su elección. Está aquí, entre nosotros, cumpliendo con eficiencia y autoridad su tarea en la Nacional, integrando conjuntos de cámara o, como en este caso, ofreciendo lo mejor de su capacidad en el arte del violín.

En el movimiento lento, Haydn plasma una música de infinita pureza, con una línea melódica muy inspirada a cargo del violín solista, acompañado por la orquesta en pizzicato. Todo el momento parece una serenata lírica, y fue precisamente en esa entrega donde Roggero dejó escuchar su sonido amplio y cálido en las zonas graves, transparente en los agudos y firme en el manejo del arco. Por último, en el allegro final, el virtuosismo fue notable, con el detalle de que tanto brillo no perjudicó el objetivo de valorar, antes que nada, la idea musical. En este punto, la versión contó con el buen rendimiento de la orquesta y el acierto de la conducción en cuanto a matices y dinámicas.

Impacto sinfónico

El excelente plan artístico de ofrecer en esta temporada todas las sinfonías y otras obras de Jan Sibelius avanzó en su desarrollo, afortunadamente sin inconvenientes por el alquiler de los materiales y el pago de derechos. En esta oportunidad fue la segunda sinfonía en una admirable realización de Pedro Ignacio Calderón y sus subordinados.

Fue una versión ni más ni menos que superlativa, porque tal como había ocurrido con las obras anteriores, la excelencia emanó de la interpretación, del concepto estético aplicado por el maestro argentino, a quien se observa transitando un momento brillante de su carrera, no solamente por su evidente capacidad para inculcar a la orquesta su criterio, sino también por su espontánea y sensitiva forma de conducción, ahora distendida, pero cargada de una más libre expresividad.

Entonces, el gran colorido sinfónico de Sibelius surgió majestuoso pero al mismo tiempo lírico, para realzar las grandes curvas melódicas y lograr esas atmósferas tan descriptivas del paisaje nórdico, donde la grandeza de la soledad se alterna, en íntima conjunción, con el carácter bucólico, casi rústico, y sencillo de su pueblo.

La Orquesta Sinfónica Nacional ofreció lo mejor de sí en casi todos sus sectores. Es que el ingreso de nuevos ejecutantes con la alternancia de dos generaciones, ha dado como resultado el mantenimiento de su característica sonora: cuerdas homogéneas con un sector grave robusto y metales de imponente prestancia.

Entonces, como fue natural que ocurriera, el numeroso público estalló, literalmente, en un eufórico y emocionante saludo de agradecimiento. Fue reconfortante observar un lleno total del Auditorio de Belgrano, en contraposición a una jornada lamentable e irracional para la vida cívica de nuestro país.

El próximo concierto estará dirigido por Guillermo Becerra, con un programa conformado por obras de Flugelman, Tchaikovsky, la Séptima sinfonía y "Finlandia", de Sibelius.

Juan Carlos Montero

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