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Jefes despóticos: Empleados estresados

Empleos

Pueden ensañarse con alguien fuerte o débil, y la mujer llega a ser tanto o más agresora que el varón, pero es habitual que sea víctima

NUEVA YORK (The New York Times).- Todo trabajador adulto conoce a algún jefe que gusta intimidar a sus subordinados. Con sólo oír su voz, sienten un nudo en el estómago y el pulso acelerado. Pronto cunden el descontento, las rivalidades reprimidas y los aduladores. Profesionales normalmente seguros de sí mismos se convierten en trémulos manojos de nervios.

El interés por los déspotas de oficina es reciente. Hace poco, en Bergen (Noruega), hubo una reunión internacional de investigadores y funcionarios para debatir la cuestión. Según parece el mandamás de oficina puede cebarse por igual en un subordinado fuerte o débil, y la mujer puede ser tanto o más agresora que el varón, pero más probablemente será la víctima.

Según el doctor Harvey A. Hornstein, autor de Brutal Bosses and Their Prey, un gerente podría aplicar la violencia para aplastar a un subordinado amenazador, o bien, porque busca un chivo expiatorio. Pero las más de las veces lo hace para regodearse ejerciendo el poder.

En cuanto a las víctimas, son muy pocos los empleados que enfrentan directamente a un jefe cruel. El doctor Mark Levy, psicoterapeuta y asesor de empresas de Chicago, dice que a menudo los jefes odiosos despiertan en sus subordinados hábitos defensivos adquiridos en la infancia. "Cuando estas posiciones defensivas se fijan, es como si los transportaran a otra realidad. Ya no ven qué les pasa y no pueden adaptarse", comenta.

El agente más insidioso del déspota es la ambición. La doctora Leigh Thompson, psicóloga organizacional de la Universidad del Noroeste, y Cameron P. Anderson, de la Universidad de Nueva York, investigan los efectos de diversos estilos de mando en la conducta de grupos reducidos. Equipos de tres estudiantes simulan ser gerentes de una empresa. Les asignan al azar uno de estos tres papeles: ejecutivo máximo, mediano e inferior. Los pesos pesados se imponen rápidamente y, si hay reuniones periódicas, transforman la conducta de los ejecutivos medianos. "Si el que manda es muy enérgico, agresivo y mezquino, o sea, el prepotente clásico, a la larga el segundo comenzará a actuar del mismo modo", señala Thompson.

Aun cuando éste parezca compasivo y moderado en los tests de personalidad hechos fuera de la simulación, al tratar de complacer e impresionar a una figura más poderosa se transformará temporalmente en su réplica.

La doctora Michelle Duffy, psicóloga de la Universidad de Kentucky, está haciendo el seguimiento de 177 empleados hospitalarios. Llenaron cuestionarios sobre su trabajo y sus relaciones con los gerentes. Hicieron un test de distanciamiento moral (mide la sensibilidad hacia los otros) y lo repitieron a los seis meses. Quienes se sentían intimidados por sus jefes se endurecieron. Los que se sentían apoyados por sus jefes, o los consideraban justos, mantuvieron o mejoraron el puntaje.

Según los psicólogos especializados en el tema, el estado de subordinación induce a acatar el dictamen de un superior, especialmente en las jerarquías bien definidas. Después de todo, a él le toca decidir y los demás podrían atribuir su decisión a algún motivo lícito, aunque oculto.

También interviene el egoísmo. Si un jefe humilla a un empleado delante de sus compañeros, éstos sienten alivio porque la espada ha caído sobre otro. Presencian la reprimenda en silencio y, luego, resuelven su propia culpa preguntándose si no la habrá merecido.

La forma más común de resistir a un gerente cruel es la anticuada sesión de desahogo. Compartir las cuitas en el almuerzo quizás alivie un poco a todos y marque el primer paso hacia una respuesta conjunta al abuso. A veces, cuando están unidos y bien conectados con otros miembros de la empresa, y confían en que sus altos ejecutivos los escucharán, estas sesiones informales se convierten en una resistencia efectiva. No obstante, es más común que se contenten con desahogarse. Tal vez pasen a concertar reuniones reservadas, dedicadas principalmente a insultar y parodiar al jefe.

Así lo afirman los doctores Calvin Morrill y Corinne Bendersky, de la Universidad de California, en Los Angeles, que están investigando a 150 graduados en administración de empresas que trabajan en departamentos de personal, para establecer qué tipos de empleados tienen más probabilidades de presentar quejas contra jefes abusivos y en qué circunstancias.

"A primera vista parecería que, irónicamente, los que integran grupos informales cerrados son los que menos piensan en enfrentar a sus jefes", señala Morrill. Los más propensos a hablar serían los que no pertenecen a ningún grupo, los verdaderos desesperados que sienten peligrar su puesto. Los otros, en su mayoría, tratan de preservarlo.

Hornstein ha descubierto que una de las mejores estrategias para manejar a un tirano es observar sus pautas de conducta. Hagan oídos sordos a su tono insultante y respondan solamente al meollo de sus reproches. "Aténganse a lo sustancial, no a su proceder, y muchas veces evitarán una escalada", aconseja.

Sin baja en la productividad

Extrañamente, la conducta despótica de un jefe no parece afectar la productividad. Hasta en el ambiente más hostil, la gente concienzuda sigue haciendo el trabajo por el que le pagan.

Y aunque algunos se abstienen de prestar servicios extras gratuitos (cortesía con los clientes, ayudar a sus compañeros, hablar bien de la empresa), el doctor Bennett Tepper, psicólogo organizacional de la Universidad de Carolina del Norte, advierte que esta reacción es menor de lo que cabría esperar.

Entre 173 trabajadores elegidos al azar, con jefes abusivos, la colaboración adicional de algunos era escasa o nula, en tanto que otros la prodigaban, en parte para suplir a sus pares menos serviciales. "Nos sorprendió -admite-. Lo atribuimos, entre otras razones, al deseo de progresar a expensas de otros." .

Traducción: Zoraida J. Valcarcel
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