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Brillante fiesta de luz y sonido

Lunes 02 de agosto de 2004

Espectáculo musical "Superclásico" , en el estadio de Ferrocarril Oeste. Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Néstor Marconi (bandoneón). Coro Orfeón de Buenos Aires, dirigido por Néstor Andrenacci. Programa: Obertura de "Fidelio", de Ludwig van Beethoven, Preludio al acto 3º de "Lohengrin", de Richard Wagner, Coro de "Pagliacci", de Ruggero Leoncavallo, Coro de "Nabucco", de Giuseppe Verdi, Coro de "Carmen", de George Bizet, "Bolero", de Maurice Ravel, Concierto para bandoneón y orquesta, de Astor Piazzolla, Adagietto, de la Sinfonía Nº 5, de Gustav Mahler y "Obertura 1812", de Piotr Illich Tchaikovsky. Organizado por Altra Producciones. Dirección artística: Marcelo Arce. Estadio de Ferrocarril Oeste. Nuestra opinión: muy bueno

Cuando menos podía esperárselo (por la época del año y el importante aporte económico y de organización que implica), hizo una aparición grandilocuente el concierto multitudinario, espectáculo que ha caracterizado los últimos años del siglo XX y que ha dado tema para el análisis y el vivo debate, dividiendo las aguas entre quienes opinan que el resultado artístico siempre es limitado y aquellos que ven en él un aporte cultural que contribuye a la difusión masiva de la música.

El encuentro ocurrió anteayer, en Caballito, en una tarde muy fría pero radiante de sol y cielo azul, en el entrañable barrio que es casi el centro geográfico de la ciudad, y en el viejo y simpático estadio del ya centenario club Ferrocarril Oeste. El lugar estaba bien equipado, con piso de material sintético que cubría el campo de juego y lo transformaba en un gran patio, con un escenario de amplias dimensiones con grandes pantallas, gigantescas columnas sonoras y una platea de sillas distribuida por sectores. No faltó un numeroso personal uniformado para ubicar las localidades, sala de primeros auxilios y sanitarios ecológicos. Pero, además, la propuesta artística -Marcelo Arce fue el responsable- se basó en una presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional con su titular, Pedro Ignacio Calderón, el refuerzo del Coro Orfeón de Buenos Aires, con casi cien coreutas preparados por Néstor Andrenacci, y, como solista, el reconocido bandoneonista Néstor Marconi; todos para desarrollar un programa de clásicos populares, una cumbre de Piazzolla y la fantasía "Obertura 1812", de Tchaikovsky, en versión con coro y bombas de estruendo para el efecto final.

Comunión estética

Fueron muy acertadas las versiones de los fragmentos operísticos, desde la obertura de "Fidelio", de Beethoven, hasta un episodio coral de "Carmen", de George Bizet. Más adelante provocó beneplácito la ejecución del siempre comprometido "Bolero", de Ravel, esos nueve minutos de prueba para los primeros atriles de la orquesta, cerrando la primera parte. También se escuchó con mucha atención el conocido Adagietto, de Gustav Mahler.

Por su parte, fue una entrega de singular calidad la composición para bandoneón y orquesta de Astor Piazzolla, que concibe una especie de fresco sonoro muy elaborado con un allegro inicial de desarrollo nada sencillo, un movimiento lento realmente interesante por sus novedosas ideas temáticas y la placidez de su línea melódica y, la tercera parte, al modo de rondó, de brillante efecto. La versión fue impecable gracias al virtuoso aporte de Néstor Marconi como solista de bandoneón con su clara articulación, su sobria manera de plasmar las frases melódicas y su apasionado y varonil ritmo de tango y de atmósfera porteña, que le brota espontáneamente. Fue una lección, en el clima tan distintivo del autor, de cómo amalgamarse con la masa orquestal y el rigor del mundo académico. Las cámaras mostraron los rostros de Marconi y Calderón en primer plano, advirtiéndose claramente que la música era el resultado de una íntima comunión de criterio estético interpretativo.

Porque, más allá de la relativa calidad de sonido a través de la parafernalia técnica, el asunto destacado fue la estoica permanencia de alrededor de 5000 personas, desafiando la baja temperatura desde el mismo momento en que se ocultó el sol, cuando promediaba la primera parte. Es que, de haber comenzado más temprano, el espectáculo hubiera quedado trunco, porque no se hubieran visto las imágenes en las pantallas, que ofrecieron un aporte didáctico acertado referido a los autores y las obras, así como primeros planos de la orquesta y del director. En este aspecto, fue muy buena la dirección de cámaras, con el logro de planos muy sugerentes y expresivos.

Para cerrar la noche con grandilocuencia, llegó el aporte del Tchaikovsky patriota, el alma del pueblo que derrotó a Napoleón pidiendo la ayuda de Dios en un coral. La famosa "Obertura 1812" resultó un impacto de grandeza de sonido, de empuje, vibración y vitalidad de Calderón, que además tuvo a colaboradores eficientes en el inmenso coro de Andrenacci y todos los sectores de la Nacional.

Cuando, con singular precisión, la partitura describe los estruendos de cañones en una guerra de las tantas de la historia, comenzó un espectáculo multicolor imponente. Bombas y fuegos artificiales bordaron la noche profunda. La sorpresa y la grandeza del espectáculo provocaron una ruidosa ovación, que sólo se acalló cuando Calderón -con contagioso humor- agregó, fuera de programa, una famosa marcha "Radetzky", de sabor festivo, que es un buen tónico para incentivar la alegría y la distensión.

Juan Carlos Montero

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