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Viena, cien años después

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LA NACION
Jueves 12 de agosto de 2004

En este 2004 se cumple exactamente un siglo del momento en que se gestó la llamada Escuela de Viena, con Alban Berg y Anton Webern en torno del maestro Arnold Schönberg.

Fue en 1904 cuando Berg y Webern descubrieron a Schönberg y se conocieron entre ellos mismos. Desde entonces hasta 1910 fueron discípulos en sentido estricto, lo que les permitió adquirir el consumado dominio de la técnica que caracteriza sus obras. Pero la relación entre los tres no quedó ahí y se prolongó por muchos años.

En cierta ocasión, debiendo estar Webern ausente de Viena, Berg le escribió de esta manera: "Qué desalentado debes de estar nuevamente, lejos de todas esas divinas experiencias, teniendo que privarte de los paseos con Schönberg y echar de menos el significado, los gestos y la cadencia de su conversación. Dos veces por semana lo espero en el Karlsplatz, antes de comenzar la clase en el conservatorio, para la caminata de quince a treinta minutos entre el tráfago de la ciudad, ahogado yo por el «rugido» de sus palabras. Pero contarte esto seguramente aumentará tu sufrimiento y tus nostalgias". Porque hay que agregar que Schönberg no sólo parece haber sido un maestro recto y exigente, sino también un devoto amigo y mentor responsable, convencido, en el caso de Berg, de que su timidez e introversión le impedían a menudo pasar de las intenciones a la práctica activa.

* * *

Pero dos guerras mundiales fueron inexorables, y un viento infernal les cambió el destino. En 1933, con la llegada de Hitler al poder, Schönberg, que era judío y desde hacía varios años era profesor de composición en la Academia de las Artes de Berlín, debió abandonar Alemania para establecerse en Estados Unidos, donde -sobreviviendo a sus discípulos- terminó su vida, en 1951. Ya en 1935 había muerto Alban Berg de una infección, no sin antes asistir a la violenta "nazificación" de Austria y a la proscripción de sus obras, consideradas ajenas al espíritu del Tercer Reich. Diez años después, al terminar la Segunda Guerra, un centinela de las fuerzas norteamericanas de ocupación ponía fin (por error o estupidez) a la vida de Anton Webern, cerca de Salzburgo. Los nazis habían considerado su música fruto de un bolchevismo cultural, habían prohibido su ejecución y quemado sus escritos.

Cien años después de aquel providencial encuentro vienés en 1904, es posible medir hasta qué punto Schönberg, el creador del dodecafonismo, y su escuela han marcado, con su vida y con su obra, todo el siglo XX. Desde ayer, Buenos Aires asiste a la presentación del Ensamble Pierrot Lunaire de Viena, cuyo repertorio pone sonido a esta feroz historia de tres héroes que, queriéndolo o no, alteraron el destino de la música. Vale la pena escucharlos.

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