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Puerto Libre

Se necesitan terapeutas para el miedo

Por Orlando Barone

Domingo 22 de agosto de 2004 | Publicado en la Edición impresa 

¿Por qué son muchos los psicólogos y los psicoanalistas? ¿Qué es mucho?

¿Hay muchos arquitectos, muchos economistas, muchos maestros, muchos abogados, muchos dentistas, muchos estudiantes, muchos políticos, muchos qué? Lo que hay es muchos desempleados en cada rubro. Y muchos pacientes que no pueden obtener su asistencia porque la lógica del campo privado no es la lógica pública. Y porque a un arquitecto lo llaman para construir una casa en el country y no para levantar viviendas dignas donde hay taperas. Y porque abundan más quienes pueden invertir en un cirujano plástico para cambiarse los pómulos o los glúteos que quienes necesitan de verdad reparaciones físicas que laceran y no pueden llamar, no ya a un cirujano plástico, sino a un curandero. Lo que aquí hay mucho, dado que el derrame de calorías no alcanza, son habitantes. A nadie se le ocurre que habría que repartir la soja y las vacas para que a cada uno le toque una digna porción de supervivencia.

Pero si hay algo difícil de establecer son las necesidades de asistencia del alma o del inconsciente. ¿Cuánta asistencia falta, cuántos necesitan ese servicio y quiénes más que otros? A diferencia de las dolencias orgánicas, aquéllas son invisibles y suelen venir camufladas. Sobre ese camuflaje actúan la psicología y el psicoanálisis para desentrañar los secretos de ciertas conductas humanas y las represiones residuales de la niñez que trastornan al sujeto. La mayoría de nosotros se va sin enterarse nunca de todo eso. Y se va sin saber por qué ha sufrido tanta angustia o desorientación y si podría haberlas amortiguado, o convertido en comprensión y en algo positivo.

Hay mucha gente que se desangra por dentro y no cree necesitar saber la raíz o el motivo profundo que la provoca, y sólo se consuela con un pañuelo. O poniéndole una vela a un santo. Así como también hay personas que de tanto desentrañarse acaban fascinadas con su propio laberinto y no quieren salir de él porque se sienten más felices en el juego que en terminarlo felizmente. Hay una gran parte de la sociedad que es negadora e hipócrita, y una todavía más grande que no sabe qué es la negación o la hipocresía porque vive en la ignorancia y la pobreza. Por eso, porque hay gente que está desnuda delante de quienes lucimos vestidos, nos da vergüenza tener que verla. De buena gana esa gente aceptaría vestirse como nosotros.

Es probable que sean más los que sepan para qué sirve la penicilina que la utilidad de desembuchar en el diván del psicoanalista. Así como Pasteur, Sabin y Favaloro suenan más familiares que Freud, Lacan y Pichon Rivière

¿Pero quién es Jacques Lacan, al que el Ministro de Salud le adjudica tanta preeminencia entre los psicoterapeutas argentinos? Es un francés del siglo veinte que concentró su visión psicoanalítica en la interpretación lingüística. Fue un antropólogo del significado profundo de las palabras. Es probable que Lacan no se haya dedicado a atender alcohólicos clochards aferrados al tetrabrik ni a desesperados que viven en taperas que no tienen por qué saber que su inconsciente contiene tanta carga de represiones, tantas como las que tienen el aristócrata o el culto. Salvo que aquéllos necesitan antes, urgentemente, recuperar su dimensión de seres enteros. Y saber por qué están hundidos allí mientras otra gente alrededor navega en crucero.

¿Qué culpa tienen los muchos psicólogos o los muchos psicoanalistas de que haya mucha riqueza y de que la posean tan pocos?


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