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Fiestas populares: una pasión que arrastra multitudes

El auge de las jineteadas

Campo

Estos tradicionales festivales se han convertido en verdaderos espectáculos que atraen cada vez más público y entregan importantes premios a los jinetes participantes

Con el comienzo de septiembre y la llegada del buen clima florecen por toda la provincia festivales de destreza que, en los últimos años, han aumentado notablemente su popularidad y se han convertido en un verdadero espectáculo, similar al de los rodeos en los Estados Unidos: las jineteadas.

En los años noventa sólo unas pocas fiestas criollas alternaban su protagonismo durante el año, pero desde entonces a esta parte, favorecidos por la proliferación de los medios de comunicación, los organizadores descubrieron importantes expectativas en torno de esta actividad y la explosión no se hizo esperar.

"La pasión por esto existió siempre, lo que sucede ahora es que se ha transformado en un negocio y se ha profesionalizado mucho, por eso se impone por todas partes y arrastra más gente", dijo Orlando Gargiulo, gran conocedor del medio, que dedicó 60 de sus 80 años a esta actividad, primero como jinete y luego como organizador y tropillero. "El primer caballo que pisó Jesús María lo llevé yo", contó orgulloso.

"Estas fiestas crecieron mucho en los últimos cinco años, porque se mejoraron los espectáculos y los organizadores competimos para ver quién arma la mejor reunión", contó Oscar Aldaz, organizador de la ciudad de Madariaga. "Además, ayuda mucho la publicidad en radio y televisión y los sorteos, que atraen a gente que antes no se arrimaba", agregó.

Entre la antigua doma y la jineteada actual existen diametrales diferencias, introducidas a lo largo de los años, con la intención de adecuarlas a los requerimientos que los tiempos y la gente, que paga su entrada, demandan.

Fieles a estos cambios, los premios que se otorgan a quienes arriesgan su vida sobre los caballos se incrementaron y, lo que en otros tiempos no superaba el valor de lo que ganaba un peón rural en sus faenas habituales, llega actualmente, de acuerdo con la magnitud de la fiesta, a duplicarse varias veces.

Algunos desafíos entre jinete y reservado tienen como premio para el primer puesto un auto 0 km. "Una fiesta de dos días, en la que están los mejores jinetes y los mejores caballos, requiere una inversión de $ 30.000, pero si agregás un artista de renombre, te cuesta el doble", explicó Aldaz, que calculó en 4000 la cantidad de personas que deben concurrir para "tener una ganancia".

Los grandes festivales nacionales, duran varias noches y llevan 12.000 personas, en promedio, con picos de 22.000, cuando actúa un artista de renombre.

Junto con el auge de la actividad creció en torno de ella el negocio de los tropilleros, animadores, apadrinadores y palenqueros, que por su destreza en las actividades camperas se ganaron un lugar en los campos de jineteadas.

Según Aldaz, de la suma invertida, $ 10.000 se reparten entre los jinetes y los tropilleros (dueños de los caballos). Los apadrinadores se llevan $ 300 cada uno, los sonidistas, $ 900 y los animadores entre $ 400 y $ 800.

También están los que buscan hacer su propio negocio en la periferia de la fiesta, como los "cantores sureros", que venden sus cassettes y "los pilcheros", que venden indumentaria rural en una suerte de feria que se arma en torno del campo.

El resto del panorama se completa con las familias que, mate y asado mediante y, previo pago de entre 10 y 15 pesos por persona, se agolpan en torno del campo de doma, dispuestos a presenciar un duelo surgido de las raíces de nuestra propia historia: el del hombre con el caballo.

El alma del espectáculo

Si bien quedaron últimos en esta enumeración, los verdaderos protagonistas, que encarnan el alma de estas fiestas gauchescas, son los jinetes.

Domingo a domingo, una legión de muchachos se despierta temprano y viaja muchos kilómetros con el fin de alcanzar una gloria tan esquiva como efímera. Quieren anotar su nombre en esa lista de hombres que, a fuerza de coraje, osadía y sin reparar en las consecuencias, se hicieron un lugar en la alegoría de los memoriosos que en torno de un fogón rescata sus hazañas.

Tradicionalmente, el gaucho sólo jineteaba por necesidad y, aunque su aptitud está harto probada, la práctica de sacudirse sobre el lomo de los animales -que dio lugar a la jineteada-, surgió como una diversión, frecuente al final de otras actividades, como yerras, carreras cuadreras o corridas de sortija.

Los montadores en muchos casos viven de esto y sacrifican su familia, su salud y hasta su vida. Algunos logran un buen pasar, pero otros, con menos talento, pasan sin pena ni gloria.

Del lado de los triunfadores está Jorge Ariztegui, considerado como uno de los mejores jinetes de la historia. "A mí me fue bien porque cuando empecé a ganar me dediqué de lleno y llegué a hacer buena plata, pero al que no tiene ganado el prestigio se le pone muy difícil, porque arriesga su vida por nada", contó Ariztegui, ganador en diez oportunidades en el Festival de Jesús María, la meca de las jineteadas.

Radicado en Tandil, este hombre de 42 años se sigue animando a montar y cuenta que cobra $ 2500 por una monta especial -así se dice cuando se sube al mejor caballo-. "Cuando no es especial, cobro 1000 pesos", aclaró. Sin embargo, a pesar de que la suma es buena, no es un ingreso constante, "porque en el invierno no hay muchas fiestas".

Los jinetes que no tienen tanta fama pueden cobrar entre $ 100 y $ 500 por una monta especial, mientras que en las montas comunes, "sólo se la juegan a salir primeros y cobrar el premio".

La carrera de los jinetes puede empezar a los 15 años y terminar a los 50 y, como ocurre con el fútbol, este país es un semillero inagotable de nuevos valores. Según Ariztegui, para el que el secreto del éxito está en la vista y los reflejos, "la calidad de los montadores mejoró mucho en los últimos tiempos y eso se nota en los festivales, donde provincias que antes ni figuraban ahora tienen hombres en las finales". Y arriesgó: "Para mí, los mejores están en la provincia de Buenos Aires".

Aldaz coincide con esa apreciación y destaca entre los que pasan por su mejor momento a Javier Echibarguren, Martín Goñi, Alfredo Ramos, Diego Borda y José Andraca.

Accidentes y costos

La actividad es peligrosa y los costos de los accidentes siempre corren por cuenta del montador.

Cualquiera de las tres montas (crines, grupa surera o bastos y encimera) implican alto riesgo físico. La caída de un caballo por boleadas, resbalones o rodadas, y la desgracia de quedar atrapado en un estribo o pendiendo de una espuela suelen producir fracturas, traumatismos y, en algunos casos, la muerte.

Ariztegui lo sabe de sobra, porque además de varios percances propios, padeció la muerte de su hermano mayor, Juan Carlos, que quedó enganchado de un estribo y fue golpeado en la cabeza por el caballo (ver recuadro). "Sufrí muchos apretones y dos veces fractura de tibia y peroné, y todo lo tuve que costear yo", se quejó.

Martín Suárez comenzó a jinetear a los 16 y lleva 20 años de trayectoria. Obtuvo numerosos premios y realizó muchas montas especiales. "Los accidentes son un riesgo que hay que correr", dijo. Y agregó: "Yo también tuve el mío cuando quedé colgado de un estribo y el caballo me arrastró diez metros, pero así y todo, pienso seguir jineteando".

Es que ellos tienen la misma pasión que cualquier deportista, aunque la demostración de equilibrio y agilidad que despliegan sobre los caballos, no haya sido, aún, reconocida como deporte. "Con ese reconocimiento, se podría exigir un seguro más completo, que nos cubra contra todo riesgo", dijo Ariztegui.

A pesar de la peligrosidad que encarna esta actividad, la legión de jinetes continuará con su desfile de cada domingo, en busca de gloria y de una porción de los dividendos que genera este espectáculo.

Del otro lado del alambrado y menos expuestos a los corcoveos y a la furia de los caballos, aparecen otros personajes característicos de esta fiesta: los animadores, testigos privilegiados de la vertiginosa mutación que sufrió la actividad y palabra autorizada, si de historia de las jineteadas se trata.

Rafael Bueno es uno de ellos. Nacido en Gobernador Udaondo, partido de Cañuelas, aprendió los oficios rurales desde niño y a eso le agregó el arte de la improvisación, la autoría de varios libros de floreos en décimas y poemas gauchescos, y la grabación de un par de discos junto a cantores criollos. Hoy, es una de las voces más respetadas del medio.

Cuando se le pregunta acerca de los nombres de montadores famosos, recuerda: "Me voy a ir muy atrás en el tiempo y voy a arrancar con Oscar Esteverena, Justino y Anastasio Alvarez, los Aguirre, en una época; después vienen los de Regino Pacheco, los Najulieta (Cholo y Bernardo), los dos Guride, de Mar del Plata; Zurdo Arena, de Vivorata. Mas adelante, vienen otros como Tukuta Tchang, los dos hermanos Santamaría, los Araujo, Oscar Calamano, Chiche Goñe, Hector Bueno, y no quiero olvidarme de Tito Vedoy, que jineteaba con anteojos".

Entre sus recuerdos, también aparecen los más bravos caballos: el Pangaré de Amezaga, el tordillo Campomar, el Pimienta, el Oscuro de Madariaga, la Bruja de Lamarchi y, el que cree fue él más bravo de la historia, El Zorro de Cascallares.

Organización

Durante 14 años, Bueno organizó junto al conductor radial Miguel Franco las famosas jineteadas "A lonja y guitarra". De lunes a viernes, Franco promocionaba con fervor las fiestas desde su programa de radio "Un alto en la huella". "Realizamos fiestas en Vicente Casares, en Balcarce, en Lobos, en Camino de Cintura y en La Martona. Fue una época muy linda, de meter veinte o veinticinco mil personas. No es moco e´pavo", recordó Bueno.

Carlos Alberto Loray es alto y fornido, su imagen remite a los típicos paisanos que no ostentan en su vestimenta ningún tipo de lujos. Sencillo en el vestir y en el decir, es autor de letras de milongas, floreador y un animador de renombre.

"Algún día se le debería hacer un monumento al reservado", afirmó. También se acuerda de sus antecesores en el arte. "Entre los animadores de estas fiestas, Julio Secundino Cabezas inventó un estilo, lo mismo que El Carrilero con su humor, Jorge Soccodato, Enrique Borda y El Chango Ameghinero". Y remató: "No basta con saber el pelaje del caballo, hay que conocer al jinete y tantas cosas más".

Otro experto en la materia, Oscar Lanusse, hace 25 años que está en relación con las fiestas criollas, a través de la animación y la difusión. "Siempre pasa que los medios grandes se suman a las jineteadas y parece que han descubierto un negocio virgen, pero armar un festival de estos implica un desafío de alto riesgo, que no es para cualquiera", opinó.

Cada cual a su modo, con distintas opiniones, con mayor o menor participación en las ganancias, con alta o baja exposición al peligro, forma parte de este espectáculo que, según el decir de Gargiulo, "no va a desaparecer nunca, porque en estas tierras siempre hubo y habrá hombres baqueanos y caballos bravos".

El Zorro y los Ariztegui

El Zorro fue uno de los reservados más celebres de la historia, que ostentó un récord asombroso de jinetes desparramados por el suelo. Aunque la leyenda cuenta que nadie pudo sostenerse sobre su lomo indócil, Jorge Ariztegui jura que él logró dominarlo. "A pesar de que dicen que murió invicto, a mí no me pudo voltear. Incluso tengo esa monta registrada en un súper ocho, donde se ve, claramente, que no me tiró", se jactó Ariztegui.

La historia del animal con el jinete estaba unida por un hecho trágico. Ese día, el duelo de Ariztegui con el potro estuvo cargado de dramatismo y revancha, puesto que, montando ese animal, su hermano Juan Carlos había perdido la vida, a los 28 años. "Me lo tomé como un desafío y, aunque digan lo contrario, yo sé que me fue bien", dijo.

Los riesgos

  • Debido a los accidentes, los organizadores publican en sus carteles de promoción esta leyenda: "La organización no se responsabiliza por accidentes"
  • Omar Mariano, uno de los mejores montadores de los últimos tiempos, dio con la cabeza contra el piso, al escapar de los brazos de un apadrinador, en Ayacucho y, luego de vegetar durante cuatros años, falleció en General Madariaga.
  • Marcelo Belinzoni sufrió un accidente del que sólo pudo recuperarse tras pasar 21 días en terapia intensiva.
  • Justino Alvarez recibió un cabezazo de un caballo, enfermó y, poco tiempo después, perdió la vida.
  • No sólo los jinetes se lastiman, también los caballos sufren accidentes y muchas veces deben ser sacrificados.
  • La Sociedad Protectora de Animales ha llegado a condicionar los espectáculos de jineteadas y ha prohibido el uso de espuelas.
Por Horacio Ortiz Para LA NACION
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