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Los intelectuales del mundo y LA NACION

"La inseguridad no es el problema central de la Argentina"

Cultura

Joseph Tulchin es considerado uno de los especialistas de los Estados Unidos que mejor conoce las problemáticas latinoamericanas.

De paso por Buenos Aires, el director del Programa para América Latina del Wilson Internacional Center de Washington sorprendió con algunas agudas observaciones. Sostuvo que "la inseguridad no es un problema central en la Argentina", sino que es una cuestión derivada de nuestra incapacidad institucional y de la pobreza.

Y subrayó que nuestro país "debería tratar de salir cuanto antes de la cesación de pagos, más que pensar en ahorrarse tres o cuatro centavos en la negociación con los acreedores".

Doctor en Historia por la Universidad de Harvard y catedrático en las universidades de Carolina del Norte y Yale, el profesor Tulchin, luego de hablar ante estudiantes de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Belgrano, dialogó con LA NACION sobre los probables escenarios que depararían los comicios presidenciales norteamericanos y sobre el futuro de las relaciones entre los Estados Unidos y América latina.

-¿Hay algo que podrá cambiar en la relación entre los Estados Unidos y América latina en función del resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre?

-Lo único importante que podríamos esperar de John Kerry es volver a la disposición norteamericana de trabajar en equipo con los países latinoamericanos. Pero, probablemente, Kerry tendrá las mismas prioridades estratégicas que tiene el gobierno de George W. Bush; esto es, preocupación por el terrorismo, por la salida de Irak y por la respuesta nacional al fenómeno de inestabilidad e incertidumbre en el Cercano y Medio Oriente. Eso no va a cambiar. Pero Kerry podría dejar mayor espacio en su equipo de gobierno para tratar temas de importancia de América latina. La preocupación de Bush por la guerra ha sido tan extrema y exagerada que ha dejado muy poco espacio para América latina. Sus funcionarios que se ocupan de esta parte del mundo son de menor nivel y con poca influencia en la cúpula de poder.

-¿Y qué se puede esperar de un segundo gobierno de Bush?

-En América latina, poco o nada. En el nivel global, vamos a ver un reajuste importante del modelo neoconservador. Los integrantes del equipo de Bush se dan cuenta de que ese modelo está agotado. Puede esperarse un retiro de Irak y un gobierno más multilateral, con un tono de colaboración mayor en las Naciones Unidas y en otros organismos internacionales, pero sin llegar a aceptar el acuerdo de Kyoto o la Corte Penal Internacional. Sin dudas, un segundo gobierno de Bush tendrá mayor energía en su agenda doméstica, con más perfil social.

-¿Desaparecerían los halcones neoconservadores de Bush?

-Se irían del gobierno o, por lo menos, bajaría su perfil de manera importante.

-Entonces, ¿poco cambiaría entre un segundo gobierno de Bush y un eventual gobierno de Kerry?

-La gran diferencia radicaría en la influencia de los neoconservadores. El 11 de septiembre les vino muy bien a ellos. Entienden que la región del mundo donde más se necesita de los valores norteamericanos es el Cercano y el Medio Oriente. Vinieron al poder con la idea fija de rehacer esa región y la guerra en Irak fue el primer paso.

-Buena parte de la opinión pública internacional juzgó que la invasión a Irak tenía un único fin: el petróleo.

-Creo que mucho más importante que el negocio del petróleo fue reparar la vergüenza que sufrió papá Bush por no haber terminado la primera Guerra del Golfo con la salida de Saddam Hussein.

-El propio presidente Bush ha admitido públicamente su virtual fracaso en la reconstrucción de Irak. ¿Cómo se explica ese reconocimiento?

-Al hacer esa confesión pública, Bush buscó quitarle un arma a Kerry.

-¿Cómo puede impactar en estas elecciones el clima adverso en la opinión pública norteamericana por la situación en Irak, que se advierte en manifestaciones contra la administración republicana y la campaña de Michael Moore, a partir de su película "Fahrenheit 9/11"?

-El impacto de Michael Moore es ambivalente. Por un lado, representa el enojo de la izquierda o la antiderecha norteamericana con Bush. Pero el otro impacto que ha tenido la película, al igual que las manifestaciones callejeras, es negativo, en términos electorales, para Kerry, algo que el propio candidato demócrata reconoce. El gran peso del electorado norteamericano está en el centro del espectro político. Los extremistas de un lado u otro representan minorías. Entonces, aquellas manifestaciones contra Bush desde los extremos del electorado inquietan e incomodan al centro. Incluso muchos demócratas están disgustados con la película de Moore, porque más que tener una veta artística es propaganda política, y la respuesta negativa puede darse en los indecisos.

-¿Cree que será una elección de difícil pronóstico hasta los últimos días?

-Creo que sí. En los últimos 25 años, las únicas tres elecciones que no fueron muy discutidas hasta el final de la campaña fueron los triunfos de Reagan contra Carter en 1980 y contra Walter Mondale en 1984 y la derrota de George Bush (padre) ante Bill Clinton, en 1992, con aquella famosa frase del candidato demócrata It´s the economy, stupid, para la que Bush no tuvo respuesta.

-¿Qué pasará con la imagen de los Estados Unidos en el mundo, a partir del deterioro lógico que implica el hecho de una guerra supuestamente preventiva por la existencia de armas de destrucción masiva que, finalmente, nunca se encontraron?

-Ya ha tenido un impacto muy fuerte. Por lo tanto, en el futuro sólo podemos esperar un esfuerzo explícito para recuperar nuestra imagen. Especialmente, en un gobierno de Kerry. No obstante, creo que el propio Bush se da cuenta de la pérdida de confianza en la opinión pública mundial. Lamentablemente, los ideólogos del neoconservadurismo responden a este fenómeno con desdén y con minimizaciones. Pero a Bush sí le importa, porque tanto en el sector privado como en los medios de comunicación está a la vista. Creo que Bush tratará de hacer algo también para recuperar imagen.

-¿Cómo evalúa el futuro inmediato de la Argentina?

-La Argentina tiene tres problemas fundamentales. El primero es su deuda; el segundo, la fragilidad institucional, y el último, la pobreza y la iniquidad social.

-¿Por qué no incluye la inseguridad ciudadana?

-No la incluyo porque no es un problema fundamental, sino derivado de la incapacidad institucional y de la pobreza. Es más, la inseguridad ciudadana es un fenómeno en toda América del Sur. Una vez superados los problemas coyunturales, un gobierno políticamente estable en la Argentina podría enfrentarse con mayor capacidad al problema de la seguridad ciudadana.

-¿Cómo analiza la actualidad y el futuro de Brasil?

-El Brasil de Lula, igual que el de Cardoso, es un país con visión global y que muy pronto llegará a ser un actor global o una potencia. La democracia brasileña tiene sus defectos, pero su estructura federal es efectiva y ayuda mucho a la estabilidad institucional, a diferencia de la Argentina, donde el federalismo "trucho" va en contra de la estabilidad institucional.

-¿Y Chile?

-Chile es la democracia más consolidada de la región. Los mayores obstáculos para su proyección internacional son dos. El primero es el legado pesado de la dictadura militar. La foto de Pinochet en los diarios es sólo el perfil simbólico del problema; la construcción que dejó el dictador chileno tiene varios elementos que se deben corregir: el Senado, el Poder Judicial y las fuerzas armadas. Chile, junto a Ecuador, es el único país sudamericano donde las fuerzas armadas tienen presupuesto propio, sin control civil. El segundo problema de Chile es que todavía no ha logrado saltar, en su modelo económico, de la exportación en nichos, que es una estrategia de país pequeño. La economía chilena debe buscar formas de saltar al próximo nivel. Singapur, Malasia, Australia, podrían ser modelos por seguir. Pero, con todo, Chile tiene mucha más influencia internacional que la Argentina, con la mitad de la población y un producto bruto interno menor.

-¿Qué conclusiones le merece el caso venezolano tras la victoria de Chávez en el referéndum?

-Venezuela es un caso preocupante. En primer lugar, porque el nivel de violencia civil es muy alto y hay probabilidades de que aumente aún más. Ni el gobierno ni la oposición han podido encontrar la forma de diálogo pacífico y democrático. Entonces, la democracia venezolana sufre. Parece sufrir también por una tendencia hacia el populismo demagógico del presidente Chávez. Pero yo diría que si la oposición encontrara una forma de organizarse políticamente, la retórica demagógica del primer mandatario perdería influencia de manera rápida. El éxito de Chávez en el referéndum se debe principalmente a la ineficacia de la oposición y al precio del petróleo. Cuando comenzó la campaña previa al referéndum, el precio del petróleo orillaba los treinta dólares y Pdvsa andaba mal, al igual que la economía venezolana. Con el precio del petróleo entre 45 y 50 dólares, aun con Pdvsa no totalmente recuperada, el superávit petrolero pasó a ser de 3000 millones de dólares. Chávez tomó ese dinero y lo gastó en el área social. Chávez puede seguir con su retórica antinorteamericana y puede seguir jugando al béisbol con Fidel Castro mientras pueda seguir exportando petróleo a los Estados Unidos, que son su mercado principal. Si el gobierno chavista decidiera enfrentar al gobierno norteamericano y no venderle petróleo, sufriría mucho más Venezuela que los Estados Unidos en el corto plazo.

-¿Ve usted una tendencia a que el modelo chavista pueda ser imitado por el gobierno argentino, teniendo en cuenta los conflictos que parece tener Néstor Kirchner con algunas empresas petroleras del sector privado?

-El único inconveniente que tiene un modelo de ese tipo en la Argentina es que las empresas petroleras no tienen un mayor excedente exportable y que no le dejarían 3000 millones de dólares al Gobierno para jugar. El dinero que encuentra el gobierno argentino para jugar sólo puede venir del Banco Mundial y está vinculado con el problema de la deuda. De modo que el modelo venezolano no es reproducible por el gobierno argentino, ni aunque quisiera hacerlo.

-¿Cómo ve la estrategia del gobierno argentino frente a los acreedores privados y al Fondo Monetario Internacional?

-Mi opinión tiene una contraparte muy fuerte entre no pocos analistas políticos y económicos. Pero para mí tiene más importancia arreglar la deuda lo más rápido posible. Creo que el precio de la deuda es de menor relevancia, una vez que se ha llegado a un canal de negociación donde la diferencia entre oferta y demanda es de 10 a 15 centavos. Con estos márgenes es más importante resolver el asunto de fondo que ganar tres o cuatro centavos. Porque en el corto plazo, con la resolución de las negociaciones, una vez firmado el convenio, la Argentina tendrá acceso inmediato al sistema financiero internacional y podrían volver capitales extranjeros, sin los cuales la economía argentina no puede lograr niveles de crecimiento sustentable. Sin acuerdo, la Argentina tendrá cada vez más problemas para "venderse" en la comunidad internacional; seguirá siendo vista como un actor imprevisible, poco confiable y poco transparente. Todo ello tiene su impacto. Arreglar el problema de la deuda, en cambio, le permitiría salir al teatro internacional.

-Usted ha señalado que el problema de la inseguridad ciudadana se relaciona mucho con nuestro déficit institucional. ¿Cuáles serían sus recetas para mejorar la calidad institucional en relación con la seguridad?

-Tenemos que volver a insistir en que la Argentina sigue siendo, relativamente, un país seguro. Si la comparamos con países como Brasil, Venezuela, México y Colombia, la Argentina es un paraíso. Incluso si la comparamos con otros países de América, tales como la República Dominicana y los propios Estados Unidos. No nos olvidemos de que el diez por ciento del territorio de San Pablo está controlado por narcotraficantes. Algo así no ocurre en la Argentina. Pero al enfocarse los medios de comunicación en los aumentos en algunos indicadores de delincuencia -que, por cierto, han aumentado, pero desde niveles muy bajos- y al concentrarse en casos sensacionales de criminalidad, han contribuido a una sensación pública de alta inseguridad. La responsabilidad mediática es un factor relevante. Hay un problema institucional extremo en la Argentina, relacionado con la policía bonaerense. Otro punto del que no se habla mucho pero que es clave es el concepto de distancia entre pueblo y fuerzas de ley y orden. En la Argentina, esta distancia es muy grande. Esto se explica fácilmente, pero corregir el problema es un deber político de gran prioridad. Cuando miembros de un barrio tienen confianza en su policía y mantienen un diálogo fluido, la sensación de inseguridad siempre es menor.

-¿Cómo analiza el caso Blumberg?

-El pueblo tiene todo el derecho a reclamar seguridad. Pero el reclamo eficiente y útil debe hacerse dentro del sistema político. Puede ser que las manifestaciones callejeras sean una catarsis. No critico al señor Blumberg; él tiene que hacer lo que está haciendo y tiene toda la razón. A lo que me refiero es a cómo puede aprovecharse todo este esfuerzo y la respuesta es canalizando el esfuerzo social a través del sistema institucional. Para eso hace falta una respuesta institucional. Los partidos políticos y el Congreso tienen que asumir la responsabilidad de fomentar un debate público, porque sin debate abierto, como hasta ahora, la tendencia de la manifestación social estilo Blumberg será hacia soluciones sencillas e inmediatas; en el caso argentino, esa solución será la mano dura. Y todos los estudios empíricos sistemáticos sobre criminalidad en otros países concluyen en que el aumento de las penas no impacta en una reducción del nivel de criminalidad. Pedir mano dura tiene un efecto psicológico en la opinión pública, pero con eso no se va a bajar la criminalidad en la Argentina. La mano dura no ha bajado la incidencia de la criminalidad en ningún lugar del mundo. Si la Argentina, o la provincia de Buenos Aires, aumenta las penas o impone la pena de muerte, se habrá dado una solución política, pero no será ésa la solución buscada.

-¿Cómo ve a Blumberg en tanto emergente político?

-En democracia, un político tiene que representar a distintos públicos. Si tomáramos por cierto que el ingeniero Blumberg representase a un segmento de la sociedad, lo representaría en el tema de la seguridad ciudadana. ¿Cuál es la política de ese líder en materia de pobreza, de seguridad jurídica, de narcotráfico, del ALCA? De un líder político, conservador o progresista, exigimos tarde o temprano una plataforma.

-Pero Blumberg, en su última movilización, incluyó dentro de su petitorio varias propuestas vinculadas con la reforma política...

-La última movilización de Blumberg ha salido mal para casi todos los actores. Ricardo López Murphy y Mauricio Macri se asociaron públicamente con él; es decir, quisieron aprovechar su manifestación para sus partidos políticos, lo cual creo que es un error. Y los grupos más progresistas de derechos humanos, que desistieron de participar, cuestionando a Blumberg, perdieron también, porque la inseguridad ciudadana es un problema tanto para la derecha como para los sectores progresistas. Sin ir más lejos, es sabido que la gente pobre sufre más el problema de la inseguridad que el resto de la sociedad. También perdieron el gobierno nacional y el gobierno provincial. Todos perdieron, y esto a mí me da mucha pena. .

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