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Santiago Pinetta: el precio de buscar la verdad

Diez años después de destapar el escándalo IBM-Banco Nación, el periodista que hizo la denuncia original de este caso en el que se recuperaron siete millones de dólares padece graves consecuencias económicas, que atribuye a las "mafias"

Domingo 12 de septiembre de 2004

Durante un tiempo su nombre se multiplicó con los cuerpos del expediente caratulado "Santiago Pinetta s/denuncia". Después, cuando el sumario ganó notoriedad y una nueva carátula, el nombre del periodista Santiago Pinetta sólo aparecía cuando lo golpeaban a raíz del escándalo IBM-Banco Nación, quizás el primer caso de corrupción del menemismo que pudo esclarecerse en su casi totalidad, con arrepentidos que confesaron haber cobrado millonarias coimas en dólares.

Fue el único caso en el que logró recuperarse, gracias a la colaboración de Suiza, parte de las coimas: siete millones de dólares que, de no haber sido por Pinetta, hoy estarían en el bolsillo de varios ex funcionarios del Banco Nación. La ironía es que una década después de la denuncia, con varios personajes elevados a juicio oral, Pinetta, de 71 años, sin trabajo ni jubilación y a punto de ser desalojado, se encuentra en una situación económica más difícil de lo que su dignidad le permite confesar.

Barba blanca, anteojos, flaco, alto, un cierto aire a Unamuno, Pinetta recita tramos de Ricardo III de Shakespeare en inglés y poemas de Arthur Rimbaud en francés. La literatura es su principal amor y ha escrito y publicado ficción y poesía.

Desde 1945 trabajó en muchos medios periodísticos: Clarín, La Razón, Crítica, El Mundo, la revista Primera Plana desde su fundación y también en radio y televisión. Fue corresponsal de medios extranjeros y autor de El final de un brujo, sobre la Triple A, y de una biografía de Juan Perón.

La de IBM-Banco Nación es una historia de muerte y de millones de dólares negros que fluyeron por circuitos financieros idénticos o similares, según los casos, a los usados en el contrabando de armas a Croacia y Ecuador y el contrabando de oro. Los tres escándalos tuvieron su pico en 1994. Un año antes, el Banco Nación licitó la informatización de sus 525 sucursales, que ganó IBM en febrero de 1994. El denominado Plan Centenario fue un negocio de 240 millones de dólares que incluían 37 millones en coimas, de los cuales IBM pagó 21 millones a funcionarios nacionales a través de dos empresas. El dinero lo canalizó hacia el exterior el desaparecido Banco General de Negocios de los hermanos Carlos y José Rohm.

Esas "gratificaciones" de IBM "por la alegría de adjudicarse el contrato", como las definió Genaro Contartese, ex director del Banco Nación que confesó haberse alegrado con una gratificación de un millón y medio, enredaron, entre otros, a los hermanos Juan Carlos y Marcelo Cattáneo.

Juan Carlos, subsecretario de Alberto Kohan en la Secretaría General de la Presidencia durante el negociado, quedó procesado por administración fraudulenta y cohecho. Marcelo apareció colgado junto al río con un recorte en la boca de una nota de LA NACION sobre el caso.

"A fines de 1991 un periodista me presentó a sindicalistas del Banco Nación que me pusieron en contacto con integrantes de la línea del banco. Los directivos eran honestos, de carrera. Me hablaron de un pacto entre IBM y el Nación."

Pinetta aclara que en ese momento era periodista independiente.

"Investigo y me acerco al Plan Centenario. Computarizar con IBM. Y ahí, IBM se hace hacer un traje a medida. Sólo IBM podía ganar. Entonces decidí escribir La nación robada."

Pinetta deposita un ejemplar sobre la mesa de una confitería junto a la boca del subte de Plaza San Martín. "No es mío, tuve que pedirlo prestado. Para publicar este libro tuve que hacer una vaquita. Ninguna editorial lo aceptó", dice. Puede que el rechazo obedeciera a que la perla del caso IBM-Banco Nación se encuentra al promediar la lectura, antes y después de una variedad de temas: el "robo del espíritu de las leyes" durante el menemismo, un presunto acuerdo de Raúl Alfonsín con Carlos Menem para facilitarle a éste el poder en 1989 -y luego para su reelección-, todo mechado con citas de leyes y de la Constitución.

"Por suerte, un salesiano de 80 años aceptó que lo imprimiera la Imprenta de Don Bosco. Se publicó en febrero de 1994 y se vendió en librerías y quioscos, y sin embargo, el acuerdo IBM-Banco Nación se firmó el mes siguiente, en marzo de 1994. Ningún medio comentó el libro, salvo la revista Humor."

-¿La Justicia actuó?

-No. Yo les regalé un ejemplar a varios jueces federales, pero como no se iniciaba ninguna investigación, redacté una denuncia judicial y el 18 de mayo de 1994 se la entregué en mano a un fiscal de Cámara, que la leyó y me dijo: Retirala, esto te va a llevar a la Chacarita. Pero se la dejé. Le tocó al juez federal Adolfo Bagnasco y, ¿qué hizo? La puso en un cajón. Pero ahí nomás, en mayo de 1994, empezó a cambiar mi vida. Me golpean en Loria y Rivadavia.

-¿Cuándo empezó a moverse la causa?

-El 16 de septiembre de 1995. Ese día pasaron varias cosas: desembarcó gente del FBI y allanó IBM por esa ley norteamericana que impide a sus empresas coimear. Y tal vez por eso, ese día Bagnasco fue a buscar documentos al Banco Nación. Y a las 18 de ese día sufrí el segundo atentado: en Callao, entre Rivadavia y Mitre, me pasó por arriba un taxi. Me lo tiraron encima. Me llevaron a la Clínica Colegiales con 14 fracturas, y allí me acordé de lo que me había dicho el fiscal. Estuve internado siete meses.

-Luego lo tajearon.

-Antes hubo un tercer atentado en 1996. Armaron una falsa entrevista y, cuando los recibí en casa, me dieron una trompada con esos puños de hierro y perdí los dientes. El cuarto fue el 31 de julio de 1996. Caminaba por Corrientes cuando me tiraron al suelo. Me desperté en el Hospital Ramos Mejía. Tenía tajeado "IBM" en el pecho con un bisturí. Adrián Pelacchi, el jefe de la Federal, dijo que yo me lo escribí.

-¿Se supo quiénes fueron?

-No. Elevaron a juicio oral a unos perejiles a los que no reconocí. Debo admitir que la revista Noticias hizo una buena nota refutando lo que había dicho Pelacchi. Y, en LA NACION, Germán Sopeña se portó muy bien conmigo. Lo conocía de la época de Siete Días y, cuando fui a verlo al diario porque me seguían, mandó hacer una nota.

-¿Le iniciaron muchos juicios?

-No, sólo uno de Aldo Dadone, ex presidente del Nación, que fue archivado.

-¿Qué sensación le queda diez años después?

-Este fue el primer caso de corrupción probado redondamente, pero todos están libres, aunque procesados, y sus penas serán mínimas y sin prisión. Es una vergüenza que los fiscales no pidieran asociación ilícita y concurso real e ideal de delitos porque era un delito continuado: está lo ocurrido en el caso IBM-DGI y en otros muy similares. Con el Banco Nación la pérdida no fue de 250 millones de dólares, ni las coimas. El peor perjuicio fue que no se computarizó en tiempo y forma. Para mí, las coimas fueron 50 millones de dólares, de los que sólo se recuperaron unos pocos gracias a mi denuncia, pero no los guardó el Banco Nación. Fueron al Banco Ciudad y se redujeron a la tercera parte con la devaluación.

-¿Atribuye al caso lo que le ocurre en la actualidad?

-No por completo. Lo atribuyo a que me metí con las mafias y a que no me corrompí.

-¿Quisieron coimearlo?

-Sí, pero no vamos a hablar de eso. Es cierto que después nunca más conseguí trabajo en serio, sólo tareas mal remuneradas. Casi todos mis trabajos los he cobrado en negro, por eso no tengo jubilación. Mi situación es difícil y tuve que liquidar bienes. La otra razón es que no pensé en la vejez. Si hubiera leído La vejez, de Simone de Beauvoir, o Diario de la Guerra del Cerdo, de Bioy Casares, habría hecho mis previsiones. Porque ser viejo sin bienes y con el desprecio que hay por lo intelectual... Aquí no hay noción del significado del dinero, y me incluyo. Hice psicoanálisis, pero no me proyectó en la vejez.

-¿Marcelo Cattáneo se suicidó o lo mataron?

-Creo que lo llevaron a un estado de desesperación límite, al típico suicidio inducido. Tendría una personalidad proclive.

-¿Investigó otros escándalos?

-Sí, el caso del Banco Nacional de Desarrollo durante el gobierno de Alfonsín, y las misteriosas inversiones del Banco Nación en las Islas Caymán, que denuncié, y la Justicia no hizo nada. Y mucho antes destapé un asunto que me valió mi primera paliza como periodista: un contrabando de hermosos fusiles Máuser de colección del Ejército, entregados a holdings de grandes cazadores norteamericanos.

-¿Qué lo atrajo más del periodismo?

-Estar en el lugar de los hechos, de la acción. Estuve en el bombardeo a la Plaza de Mayo y en el Puente 12 cuando llegó Perón. ¿Sabe que la gente de Jorge Osinde torturaba en las ambulancias? Cuando quise irme, subí a una y me bajé porque estaban torturando a una muchacha. También fui secuestrado y estuve detenido en Campo de Mayo, entre noviembre de 1976 y febrero de 1977.

-¿Conoció a Perón?

-Lo ví varias veces en la casa de Gaspar Campos. Quería escribir un libro sobre su niñez -nadie conoce a un hombre si no conoce su niñez-, pero López Rega nos interrumpía: "El general está cansado". De todos modos conseguí datos.

-La literatura es importante para usted.

-Gracias a mis padres, mi infancia transcurrió entre los grandes poemas. Leo poesía en otros idiomas y traduzco. Hay noches en que voy de poema en poema. Gracias a esta formación nunca caí en la depresión final, o en la tristeza final -sí puedo caer en la melancolía-, porque mis recuerdos me devuelven a la belleza que absorbí de niño. Hoy es mi refugio en la barbarie. Uno tiene que estar entero, aunque tuve momentos de gran depresión. El problema es que nadie quiere invertir para salvar del default a un periodista. Tengo temas de investigación, y quiero volver al periodismo. Y a la literatura.

-¿Cómo ve a la sociedad argentina?

-En algunas sociedades existe una culpa difusa que se materializa en un crimen. Aquí tenemos el de la pobreza y la indigencia. Si la sociedad no logra su autoestima y dignidad, no habrá historia promisoria para la Argentina.

Por Jorge Urien Berri

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