Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

Historias: una cultura de trabajo diferente

Los menonitas en Guatraché

Campo

Un grupo que creó una próspera colonia en La Pampa; mantienen y defienden a ultranza sus convicciones y tradiciones ancestrales

D esde su insondable cultura, cargada de siglos y mandatos religiosos, los menonitas exhiben en el sur de La Pampa su asombrosa capacidad de trabajo. En menos de 20 años transformaron las 10.000 hectáreas que habitan en una próspera colonia donde, además de garantizar supervivencia, educación y salud para 1300 personas; conciben con sencillez y eficiencia quesos, muebles y silos en cantidades industriales. Cómo trabajan y cómo producen los miembros de esta notable colectividad, capaces de producir 15 mil litros de leche por día y más de 500 silos por año.

En los últimos meses de 1986 llegaron al paraje Remecó, jurisdicción rural de Guatraché, La Pampa, unos 220 kilómetros al sur de Santa Rosa, con sus sombreros, su desconfianza, sus mamelucos y una forma de organización social que, dicen, atrasa varios siglos. Establecieron su colonia La Nueva Esperanza sobre un lote de 10 mil hectáreas, que dividieron en nueve campos, cada uno con un jefe.

Los menonitas trabajan de sol a sol y su actividad económica base es la producción láctea: el 95 por ciento de las familias tiene sus propias vacas lecheras y un tambo. David Neufeld, uno de los jefes, calcula que "hay unas 5000 cabezas de ganado vacuno en toda la colonia", que producen entre 10 y 15 mil litros de leche diarios y varios centenares de terneras y novillos para faena al año.

Después de hacer el tambo matutino, con la salida del sol, los menonitas acarrean sus tarros repletos de leche hasta la vera del camino, donde serán recogidos por el carro enviado desde alguna de las tres queserías que hay en la colonia. Allí la leche se utiliza para producir quesos y la pasta de mozzarella que demandan muchas pizzerías porteñas. Cada quincena las queserías pagan en efectivo.

Si bien todas las familias realizan algún tipo de tarea agrícola, la mayoría de las parcelas están destinadas a pasturas para alimentar a las vacas lecheras y elaborar rollos, aunque en la colonia siempre hay cuadros de maíz, trigo y girasol. Algunos colonos siembran para cosechar y vender, pero la producción cerealera no representa una actividad económica de magnitud.

Una alternativa que los menonitas adoptaron en los últimos años es la apicultura. "Tenemos varios colonos que han instalado colmenas y producen buena miel, pero el año pasado tuvieron problemas para venderla", cuenta Neufeld. El problema de comercialización al que se refiere es el mismo que castigó a todos los productores apícolas del país, tras la detección de nitrofuranos en las mieles nacionales.

La economía menonita resulta esencialmente capitalista y cada jefe familiar lleva adelante su propia empresa, con excepción de los que no tienen suficiente tierra y se emplean en las queserías, talleres o carpinterías. Por lo general, son empleados los más jóvenes de la comunidad, recién casados o a punto de serlo, ya que deben ahorrar para adquirir su tierra e independizarse del hogar paterno.

Para comercializar sus productos en el mercado convencional, los menonitas conformaron una asociación civil (La Nueva Esperanza), con CUIT único, para todos los productos que salen de Remecó. Cada miembro de la colonia posee las hectáreas que pudo comprar cuando se estableció y dirige su propio emprendimiento, sin intervención de la comunidad. Un proceso de colonización comienza con la compra de un campo, nunca inferior a 10.000 hectáreas, pagado con el dinero que ahorran entre las familias: cuando llegan al lugar, los colonos se distribuyen la superficie en forma proporcional a lo que cada uno aportó. En Remecó hay una gran diversidad: las parcelas más grandes son de 300 hectáreas y la más pequeña es de apenas 13. Actualmente, y ante la imperiosa necesidad de ampliar la colonia, los menonitas pampeanos se encuentran en proceso de migración hacia Santiago del Estero, donde ya tienen dos comunidades agrícolas.

Alternativas de trabajo

Además del tambo, que cumplen en dos turnos de ordeñe, a la salida del sol y al ocaso, casi todos los grupos familiares sostienen alguna de las actividades económicas alternativas, como la metalurgia y la carpintería. Y todos los hogares tienen un taller con herramientas, donde producen silos, pinchos para rollos, carros y estructuras para sostener todo tipo de máquinas rurales e implementos agrícolas, que venden en una amplia zona.

En los últimos años los talleres han crecido y, actualmente, hay ocho empresarios menonitas dedicados a la fabricación de silos para vender fuera de la colonia. Aunque muestran una producción irregular y la mayoría todavía realiza trabajos por encargo, algunos ya alcanzaron dimensiones industriales. Es el caso de Bernardo Gerbrisch (31 años), que vive en el Campo 6 y es propietario de Metal Ber, marca que durante 2003 distribuyó más de 220 silos en La Pampa, Buenos Aires, Neuquén y Santa Fe. "Y este año alcanzaremos el promedio de un silo por día, porque estamos en septiembre y ya alcanzamos la cantidad producida en todo el año pasado", advierte.

Hijo de Juan Gerbrisch, uno de los fundadores y primer gran constructor de silos que tuvo la colonia, Bernardo trabaja hasta con 12 empleados en su galpón de 10 por 17 metros, que planea duplicar el próximo año. "Tengo dos grupos electrógenos, tres casas y también compro y vendo todo tipo de herramientas y máquinas", dice en fluido castellano, mientras señala con un ademán la pequeña estiba de cajas con motosierras.

Bernardo nació en la colonia de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Tiene esposa y seis hijos, cultiva 100 hectáreas de trigo que vende como grano, es uno de los hombres que más viajan fuera de la colonia y uno de los pocos que no tienen tambo. Compra sus materiales directamente a Acindar y Siderar, y vende los silos estándar, de 60.000 kilogramos, a 5000 pesos, alrededor de un 18 por ciento más barato que en el mercado convencional.

Sólo por encargo

Otros productos menonitas de creciente demanda en el mercado regional son los muebles, elaborados en madera de caldén, tan rústicos como prácticos, tan sobrios como elegantes. Los carpinteros menonitas trabajan sólo por encargo: para tener un mueble hay que viajar hasta la colonia con la descripción y las medidas exactas de lo que se pretende.

Los muebles, que gozan de gran prestigio y se han distribuido ya a varias provincias, se fabrican con madera que los carpinteros obtienen de sus propios montes y que procesan con algunas herramientas compradas afuera o construidas por ellos mismos.

Este último es el caso de Isidro Neufeld (38), que montó sobre dos rieles una ingeniosa máquina para hacer tablas los troncos de caldén. "Yo mismo hice las puntas de la sierra y las soldé", explica, mientras muestra cómo hace funcionar esa especie de cortadora de fiambre gigante, con la toma de fuerza de su tractor. El mecanismo es tan precario como fácil de utilizar, y lo manejan con gran pericia hasta sus hijos más pequeños. "Podemos hacer mil tablas por día", dice.

Tal vez sea esta asombrosa capacidad de trabajo uno de los rasgos más distintivos de los menonitas. Contra lo que suele pensarse, trabajar de sol a sol no es para ellos una imposición religiosa ni una obligación social, más bien representa una cualidad natural de su espíritu pionero. Una familia menonita construye su casa, elabora sus propios muebles, herramientas y utensilios, confecciona su ropa, produce la mayor parte de sus alimentos y hasta los juguetes para los niños.

Las mujeres menonitas cultivan huertas, crían aves de corral, chanchos y caballos, estos últimos como medio de locomoción porque sus creencias les impiden utilizar vehículos a motor, como no sean tractores, máquinas rurales o cualquier herramienta de trabajo. Tanto es así que tienen permitido usar la energía de sus grupos electrógenos para hacer funcionar cualquier herramienta, pero no para iluminar el interior de sus casas, lo que siguen haciendo con faroles o velas. "Esa es una de las cosas que me gustaría cambiar", confiesa Bernardo, que cuenta que su esposa puede utilizar energía para la plancha y el lavarropas.

Cuando tienen que movilizarse dentro de la colonia, los menonitas utilizan unos simpáticos carros con parabrisas, que ellos mismos fabrican en sus talleres, pintados de negro y tirados por dos caballos.

Hay sólo dos cosas que necesitan y no las confeccionan: sus zapatos y los clásicos sombreros; éstos son importados desde las colonias de Bolivia y México.

Un enclave medieval en plena globalización

Fueron expulsados de Europa en el siglo XIX, son pacíficos, sumamente honrados y apegados a sus creencias; algunos viven apartados del contexto

Integrantes de una secta cristiana anabaptista organizada por el sacerdote reformista holandés Menno Simmons entre 1536 y 1543 protagonizaron uno de los éxodos más prolongados de la historia. Anclados a su dogma, de tradición medieval, no aceptan el concepto de Estado ni otro libro que la Biblia, viven en colonias agrícolas a la usanza medieval y rechazan el confort. Son pacíficos y fueron diezmados por persecuciones, casi siempre motivadas por su negativa a alistarse en los ejércitos o cumplir reglas contrarias a su religión.

Los menonitas son sumamente honrados, apegados a sus creencias casi con fanatismo, y aunque algunos viven todavía en comunidades agrícolas cerradas y apartadas del mundo, como en La Pampa y Santiago del Estero, muchos se han asimilado completamente al modo de vida moderno. Actualmente, hay más de 20 iglesias menonitas en ciudades de Estados Unidos.

La vida en La Pampa

A La Pampa llegaron a fines de 1986 provenientes de México. Se establecieron en un campo de 10.000 hectáreas que alguna vez integró las Estancias Remecó, a unos 40 kilómetros de Guatraché, y fundaron una próspera colonia agrícola.

En 1999, sostuvieron un serio conflicto con el gobierno de La Pampa, que pretendía incorporar a sus niños a la EGB (Educación General Básica). Ellos, que construyen sus propias escuelas, en las que enseñan la doctrina religiosa y los principios tradicionales que sostienen su peculiar cultura, se opusieron firmemente y advirtieron que preferían abandonar la colonia antes que aceptar la educación formal. Finalmente, las autoridades acordaron que en sus escuelas se imparta la enseñanza del idioma castellano a todos los niños.

Los menonitas hablan holandés del siglo XVI y cantan en alemán los 730 salmos de su libro de himnos. Cuando más cantan es durante las bodas; apenas dejan de hacerlo para comer.

Los menonitas se casan muy jóvenes, casi siempre antes de los 20 años, y se bautizan entre los 18 y los 23 años. Las familias se caracterizan por ser muy numerosas y el promedio de hijos por matrimonio es altísimo: resulta de lo más normal encontrar familias con 7, 10, 12 hijos.

La colonia pampeana es una de las más radicalizadas. Sus miembros siguen estrictas normas de vestimenta, son temerosos de Dios, observan las reglas de comportamiento de su Biblia y viven apartados del mundo. Rara vez salen de los campos para visitar Guatraché o Santa Rosa. En sus vehículos, los mayores todavía cambian los neumáticos por ruedas metálicas, para evitar que los más jóvenes escapen hacia poblados vecinos.

Los niños y jóvenes no ocultan su atracción por los equipos de música y la televisión, y hay quienes admiten que les gustaría tener luz eléctrica.

En La Nueva Esperanza no se ha registrado ningún caso de expulsión o abandono de la colonia. No hay ningún desocupado, no tienen registro de delito alguno en casi 18 años. No tienen médicos. Cuando alguien se enferma recurren a profesionales de la zona o al hospital de Guatraché, y un farmacéutico los visita dos veces por semana: si una familia necesita un medicamento, cuelga un trapo rojo a la entrada de su casa y así el farmacéutico sabe que allí lo necesitan.

Alguna vez, en el siglo XIX, los expulsaron de los montes Urales y descubrieron América. Se asentaron inicialmente en Canadá, pero hoy sólo quedan colonias en México, Paraguay y Bolivia, además de la Argentina.

Mate y transgresiones

  • Alguna vez se difundió que no toman mate, como ninguna otra infusión estimulante. Pero algunos menonitas sí lo hacen. Toman mate incluso mientras trabajan y la costumbre la adquirieron de sus vecinos pampeanos, a los pocos años de establecerse aquí, cuando comprobaron que el mate no era pernicioso. La yerba la compran en el almacén de Abraham Braun, junto con otros elementos de despensa. Los visitantes habituales de la colonia dicen que algunos jóvenes menonitas beben alcohol y fuman cigarrillos, a escondidas. Al preguntársele por ésto, un menonita mayor respondió: "no decimos que esté prohibida una cosa, sino que no debe hacerse; cada cual escoge de acuerdo a su parecer".
Por Flavio Frangolini Corresponsal en La Pampa
TEMAS DE HOYProtesta policialCristina KirchnerTemporal en Buenos AiresElecciones 2015Copa Sudamericana