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Dvorak, cerca de la devoción

Viernes 17 de septiembre de 2004
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Stabat Mater, op. 58, de Antonin Dvorak, para solistas, coro y orquesta sinfónica. Con la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Polifónico Nacional preparado por su subdirector Darío Marchese, dirigidos por el maestro catalán Jordi Mora. Solistas: Susana Caligaris (soprano), Marcela Pichot (mezzo), Carlos Bengolea (tenor) y Marcelo Lombardero (barítono). En órgano: Adelma Gómez. En el Auditorio de Belgrano.

El Stabat Mater -poema medieval de la liturgia de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, y cuyo texto se atribuye al franciscano italiano del siglo XIII, Jacopone de Todi-, heredado del canto llano tradicional, es uno de los temas sacros que más inspiraron a compositores de diversas épocas y estilos. Su sentido intrínseco es el conmovedor relato de los sufrimientos de la Virgen María al pie de la cruz, mientras agonizaba su hijo, Jesús. Imágenes que provocan la honda compasión de toda alma devota.

Palestrina, modelo, según Wagner, de perfección suprema en la música sacra, llegó a escribir tres composiciones sobre el Stabat Mater. Pero, sin duda, el otro más conocido y difundido es el inconcluso de Pergolesi, quien introduce, en 1736, los roles solistas (soprano y contralto), en esa suerte de cantata italiana. Haydn, Bocherini, Rossini, Schubert; Poulenc, en 1950, y Arvo Pärt, en 1985, en Viena.

La Orquesta Sinfónica y el Coro Polifónico nacionales, con Jordi Mora
La Orquesta Sinfónica y el Coro Polifónico nacionales, con Jordi Mora. Foto: Maxie Amena

Obras corales

Bach no escribió el suyo, pero sus obras corales son modelo imperecedero en reflejar en cada nota y desarrollo los más inescrutables significados y simbolismos. Desde tal percepción -no desde el estilo bachiano, sino de la simbiosis entre texto y música-, cabe desentrañar los aciertos o lapsus de otros creadores inspirados en dichos textos, para transfigurarlos en música.

Circunstancias dolorosas

El Stabat Mater de Dvorak es la primera obra religiosa del compositor, escrita en dolorosas circunstancias: la pérdida de tres de sus hijos. Seguramente, estos tristes episodios hayan influido para atribuirle a su música el tono elegíaco y hasta ominoso. Esto si se prescinde de la lectura del texto latino. Pero si se lo sigue junto a orquesta, coro y solistas, se advierte que cada verso y estrofa están impregnados del dolor y la emoción cristianas frente a esa madre que contempla el martirio de su hijo desfalleciente.

Algo de este sentimiento parecen anunciar los primeros y dilatados compases, a cargo de los unísonos de la orquesta, a modo de pedal, sobre el que cantan las dolidas cuerdas, mientras las vibraciones del timbal suenan premonitorias. Entonces, sobreviene la primera explosión orquestal que da nacimiento a los primeros pasajes elegíacos, y la carga dramática del "Dum pendebat Filius" (en el que colgaba su hijo).

La Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Polifónico expresan con unción esta trama clara, transparente, donde Dvorak ha descartado la utilización del contrapunto, tanto en las voces como en los instrumentos, y en la que el mero cromatismo y los permanentes oleajes sonoros dan cuenta de tal drama.

A medida que se van desovillando las tristísimas pinceladas sobre la tragedia del Gólgota, va cobrando cuerpo la paradoja de que son los instrumentos los encargados de rubricar el texto, como en esa especie de marcha fúnebre que es el "Eia mater, fons amoris" (tú, madre, fuente de amor). No así las voces del coro, y sólo esporádicamente alguna de los cuatro solistas; sobre todo, la del barítono, más dramático que dolido; o el tenor, que parece cumplir un rol más bien épico que piadoso, en algunas vociferaciones, mientras la soprano se acerca al canto lírico.

Son los planos sonoros y los recursos tímbricos que ha plasmado el compositor, y que imprime cuidadosamente el director Jordi Mora, los que permiten percibir esta concepción secular y hasta profana, si uno se atiene a la etimología del vocablo, es decir, "fuera del templo". Incluso en pasajes de gigantismo orquestal, luego del "Quae maerebat et dolebat" (estaba dolorida y triste). Es en esta precisa instancia que se puede apreciar el melodismo natural del músico checo. Melodías que sobrevuelan sobre un texto tan lacerante -como es éste de la Pasión de Jesús y el desgarramiento insondable de su madre- están impregnadas de esa levedad inocente de la inspiración popular, de la sencillez de una canción popular de tono amable.

Es también la homogeneidad de las voces del coro la que permite al oyente dejarse llevar por una escritura totalmente homófona, transparente, de tono sentimental.

A la reconquistada solidez artística de la Sinfónica Nacional, habrá que sumar la labor profesional de nuestro Coro Polifónico, que, tras experiencias traumáticas (la muerte de Julio Fainguersch) y posteriores resurgimientos truncos (con López Puccio) por razones burocráticas, hoy cuenta en la figura de su flamante director, Roberto Luvini, con la oportunidad de un renacer al que aspiran sus mejores coreutas. Los solistas se destacaron por el modo enfático de exhibir sus excelentes cuerdas vocales; en especial, el tenor Carlos Bengolea y el barítono Marcelo Lombardero. Susana Caligaris cantó con bastante afinación, muy desenvuelta y sonriente, mientras las notas graves asumidas con calidez por la mezzo Marcela Pichot quedaron casi sepultadas por los poderosos trazos orquestales.

Al dirigir por primera vez en Buenos Aires, el maestro Jordi Mora corona 15 años de cursos magistrales, aquí, en el Campus de La Armonía, con sólido desempeño.

René Vargas Vera

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