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Inventores que se destacan en el mundo

Eduardo Taurozzi ganó este año la medalla de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual

Domingo 19 de septiembre de 2004

No están despeinados, ni con anteojos sobre la frente. No se visten sin combinar los colores, ni tienen la mirada perdida en el espacio. Tampoco miran el mundo con ensoñación, sino que procuran encontrar soluciones para los problemas cotidianos. Se diferencian del resto de los ciudadanos por su capacidad de inventar e innovar para hacer la vida más sencilla y, aunque sus caras son casi anónimas, muchas de sus creaciones forman parte de la vida diaria.

De traje y corbata los mayores de 30 años, en jeans y zapatillas los casi adolescentes, la Argentina es una prolífica máquina de inventores que reciben premios internacionales de primer nivel. Y, además, como no sólo inventan un producto, sino que desarrollan todo el equipamiento para su producción y la unidad de negocios para su comercialización son generadores de empleos. No tienen una metodología para inventar, sino que sus ideas van tomando forma según los escollos que tienen que resolver. Y hablan de sus "criaturas" con una sencillez que apabulla.

Entre los inventores destacados del país, que se encuentran en plena actividad, está Eduardo Taurozzi (59), ganador de la medalla 2004 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), con sede en Suiza, por la invención del motor pendular que supera el inconveniente de la fricción, no es contaminante, no requiere lubricación y ahorra recursos energéticos.

Sus creaciones forman parte de nuestra vida y, aunque pocos los conozcan, los inventores argentinos se destacan en el mundo
Sus creaciones forman parte de nuestra vida y, aunque pocos los conozcan, los inventores argentinos se destacan en el mundo. Foto: Mariana Araujo

Desde principios de la década del 70, Taurozzi trabaja en el diseño de motores con el propósito de eliminar el roce mecánico, reducir el consumo de combustible y facilitar la eliminación de movimientos internos. Hoy, junto con su hijo Jorge (25 años), trabaja en el desarrollo de un motor de vapor.

Entre los inventores más jóvenes del país se cuentan Rodrigo Valla y Nicolás Araujo, ambos de 18 años, que hace apenas tres semanas obtuvieron los premios centrales de la Exposición de Jóvenes Inventores en Japón. Araujo presentó un paraguas inflable, sin piezas metálicas y una puerta de colectivo que se convierte en rampa. Valla desarrolló un prolongador para aerosoles que le permite llegar a los rincones más altos o más incómodos de la casa, sin necesidad de subirse a una silla o a una escalera. También presentó un paragolpes hidroneumático para vehículos que en su interior llevan una especie de airbag con fluido antiflama, que permite apagar un incendio en caso de colisión. Los dos van desde hace diez años a la Escuela de Inventores de la Asociación Argentina de Inventores, cuya directora es Mariana Biro, la hija de Ladislao Biro, el célebre inventor de la birome.

5000 patentes por año

Taurozzi, Valla y Araujo son apenas algunos nombres de la prolífica lista de inventores argentinos. Cerca de 5000 patentes se registran cada año en nuestro país. Como el caso de Hugo Olivera, de 47 años.

No por su gusto por el champagne, sino por ver las manos lastimadas de un mozo al día siguiente de una fiesta en la que tuvo que descorchar más de 50 botellas, es que Olivera sorprendió al mundo con su "descorjet", que le valió la medalla de oro de la OMPI, en 2003. El artefacto permite quitar un corcho con una sola mano y sin correr el riesgo de sacarse un ojo o marcar una pared. En menos de dos años, montaron la compañía Descorjet que provee destapadores en todo el Mercosur, y ya desarrollaron una empresa similar en Taiwán para abastecer el mercado europeo.

"En el Empire State [en Nueva York], y en las principales librerías de Buenos Aires, se vende el señalador magnético para libros", dice con timidez Nicolás Di Prinzio (31 años), que poco después de inventar el sutil elemento que no se cae de la página tuvo que rechazar el primer pedido de comercialización.

"Me pidieron 250 mil señaladores y tuve que decir que no", recuerda al comentar que trabajó "a pulmón", en el garaje de su casa, donde no sólo hizo el prototipo, sino que tuvo que inventar las máquinas para poder producirlo. Fue premiado en la Exposición Internacional de Inventos de Corea, en 2002.

"La idea es transformar en innovación"

Medalla de oro por inventar un sujetador automático de cordones en la Exposición Internacional de Inventos de Ginebra, en 1997, y presidente de la Asociación Argentina de Inventores (1990-2001), entre sus actividades más destacadas, Eduardo Fernández se convertirá en enero próximo en el primer argentino que conducirá los destinos de la Federación Internacional de Asociaciones de Inventores (IFIA, sus siglas en inglés). Será durante la asamblea que se celebrará en Suiza el mes próximo y por un período de cuatro años renovables.

Fernández (49 años, vecino de Lanús Este) habla de la "inteligencia práctica" puesta al servicio de la invención y de la innovación. Autor del decálogo del inventor profesional, resume que "una idea no es un invento, un verdadero invento es aquel que se transforma en una innovación, luego de haber pasado exitosamente por las etapas de la solución técnica, el patentamiento y la comercialización".

Carlos Arcusín es considerado por sus pares argentinos como "el Maradona" de la invención por su trayectoria nacional e internacional. En 1992 obtuvo su primera medalla de oro en la Exposición Internacional de Inventores de Ginebra por su jeringa autodescartable, que marcó un avance científico en la lucha contra las enfermedades contagiosas por la sangre. En breve volverá a sorprender al mercado porque lanzó la primera leche en polvo (entera y descremada) con soja del mundo. La presentación oficial del producto la hizo hace dos semanas.

Por María Elena Polack De la Redacción de LA NACION

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