El ministro de Salud y Ambiente, Ginés González García, encendió la alarma cuando dijo que nos hallamos frente a una epidemia de embarazos adolescentes, que han aumentado en un 14,2 por ciento durante los últimos años.
Las cifras son, en verdad, inquietantes. Cada cinco minutos nace un bebe de madre adolescente. Los abortos entre las menores aumentaron, además, en un 40 por ciento. Seis de cada cien chicas de 15 a 24 años mueren debido a complicaciones del aborto. La población de madres adolescentes es de 900.000 personas.
La información gubernamental sobre la "epidemia" de embarazos adolescentes vino a coincidir con la difusión de dos proyectos de ley de educación sexual. El primero de ellos, elaborado por la diputada Ana María Suppa con el asesoramiento de la técnica Laura Castañeda y del dirigente de la Sociedad de Integración Gay-Lesbiana de la Argentina (Sigla) Rafael Freda, está siendo discutido en la Legislatura porteña. Es el proyecto más extenso, ya que insumió quince páginas de apretada letra. El segundo, de la ex diputada nacional María José Lubertino, es en realidad una iniciativa popular, es decir que, si lograra el número de firmas que exige la ley (400.000 firmas provenientes de seis distritos), debería ser tratado obligatoriamente por el Congreso de la Nación, a cuyo cargo quedaría aprobarlo, modificarlo o rechazarlo.
Ambos proyectos apuntan, según sus fundamentos, no sólo a remediar males médicos y sociales de origen sexual como los embarazos adolescentes, los abortos y la difusión del sida, sino también a promover el desarrollo sexual "saludable" de nuestros niños y jóvenes. Ahora bien, ¿qué es "saludable"? La lectura de los fundamentos y de la parte dispositiva de los dos proyectos mencionados permite preguntarse seriamente si las leyes que proponen sus autores serían parte de la solución o parte del problema.
El "quién" y el "qué"
Toda decisión implica un quién, su o sus protagonistas, y un qué, su contenido real. Desde el momento en que tiene que ver con menores de edad, la decisión de educarlos sexualmente no puede corresponderles a ellos por su falta de madurez, sino a los mayores que velan por ellos. ¿Quiénes deberían ser estos mayores? Los proyectos mencionados otorgan el protagonismo en esta delicada materia al Estado a través de las escuelas, sin que importe en este caso si son públicas o privadas.
Pero hay otras instituciones que pueden reclamar protagonismo en la vital tarea de ayudar a la maduración sexual de nuestros jóvenes. La primera de ellas, por lo pronto, es la familia. La segunda, las grandes religiones que siempre han tenido un agudo compromiso con la moralidad sexual. En la medida en que muchos colegios privados responden al espíritu de alguna de las grandes religiones, resulta sorprendente que se los iguale con la escuela pública por definición neutral en materia religiosa.
En su desarrollo, los proyectos que estamos analizando les reconocen a todas estas instituciones un papel en la educación sexual de los menores, pero ese papel resulta subordinado al protagonismo del Estado. Hay pasajes en los que los autores dejan traslucir además cierta desconfianza ante los padres de familia supuestamente mal orientados y a las "creencias erróneas" que provendrían, al parecer, de las tradiciones religiosas.
¿Nos hallamos entonces ante la pretensión de imponer un "pensamiento único" en materia sexual a cargo del Estado, mientras el aporte de las familias y los colegios de inspiración religiosa pasan a formar parte del coro sobre el gran escenario de la formación sexual? ¿No sería más lógico que, habida cuenta de las fallas que puedan registrarse tanto en el seno de las familias como en el seno de los colegios, se asignara al Estado sólo un papel supletorio allí donde las fallas privadas se hicieran notar?
La preocupación que generan ambos proyectos se agrava cuando pasamos del "quién" al "qué" que ellos contemplan. No hay ninguna expresión sexual, en efecto, que resulte preferible en ellos. Todas las prácticas sexuales conocidas como la heterosexualidad o la homosexualidad, la masturbación o el erotismo no genital, el sexo en grupo o la promiscuidad, las relaciones efímeras o permanentes, la monogamia o la poligamia o poliandria, resultan equiparables en los proyectos siempre que no atraviesen dos límites precisamente enunciados: dañar a los terceros que no quieran involucrarse y generar enfermedades. El sexo admisible en los proyectos es todo aquel que produzca satisfacción a las partes, viniera de donde viniere, con las dos salvedades anotadas.
No es difícil imaginar entonces escenarios en los que, en tanto los niños son exhortados en un hogar tradicional a aspirar a un ideal sexual determinado, por ejemplo, el matrimonio monogámico y estable, reciban en su colegio otro mensaje capaz de inducirlos hacia prácticas que en ese hogar son objetadas. Es fácil imaginar la confusión que estos mensajes contradictorios podrían producir en la mente de los menores en el momento de su formación a través de la educación sexual obligatoria que, según los proyectos, debiera impartirse a partir de la educación primaria.
La confusión
La confusión que podría producirse en la mente de los menores podría provenir de otra confusión que reside, esta vez, en la mente de quienes inspiran estos proyectos de leyes. Es la confusión entre la no discriminación de las personas y la igualación de los valores.
La no discriminación de las personas por razones de sexo, raza, religión o ideología no sólo es una ley vigente en la Argentina. Es, además, una de las conquistas de la civilización contemporánea. Pero obsérvese que aquí estamos hablando de la no discriminación de las personas. ¿Estamos hablando, también, de la igualación entre los valores que las orientan?
Quien quisiera discriminar a las personas porque adhieren a otros valores cometería un acto autoritario. Quien quisiera extender la no discriminación de las personas a la igualación entre los valores que las inspiran cometería a su vez el error más difundido en la sociedad permisiva de nuestro tiempo: el relativismo cultural.
Buscamos, en el fondo de nuestro ser, valores objetivos y permanentes. Que los encontremos o no es otra cosa. Valores supremos como el bien, la verdad, el amor, la familia, forman parte del acervo de la humanidad. Es difícil definirlos y la pretensión de poseerlos, de ser dueños de la verdad, es un acto de soberbia fundamentalista. Pero esto no quiere decir que debamos renunciar a la verdad. Ella brilla sobre todos nosotros, y si no alcanzamos a verla plenamente es porque, como escribió Aristóteles, somos como topos ante la luz radiante de la verdad. El sol está. Lo que falla es nuestra mirada imperfecta al contemplarlo. Lo que corresponde aquí no es entonces la soberbia, sino la humildad. Menesterosos de la verdad, nos ayudamos unos a otros en la noble tarea de contemplarla, sin que por ello algunos crean poseerla sin el concurso del diálogo con los demás ni otros desesperen de ella, proclamando en cambio un mundo donde, como acusó ya en su tiempo Santos Discépolo en Cambalache, "todo es igual, nada es mejor". .
