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Encuentro de alemanes en Esperanza

En un acto lleno de emotividad, centenares de descendientes de colonos alemanes, llegados de todo el país, se juntaron en la llamada "madre de colonias" para revivir recuerdos de la hazaña colonizadora que realizaron sus ancestros

Sábado 09 de octubre de 2004

ESPERANZA.- Fue la Escuela de Alemán del Liceo Municipal José Pedroni el lugar donde se homenajeó a los colonos alemanes del lugar, con la presencia de varios de sus descendientes. Finalmente, llegó ese domingo que luego se transformaría en inolvidable. Desde distintas regiones del país muchos acusaron el llamado de la tierra de origen.

Las actividades del homenaje comenzaron con la ofrenda floral que se colocó en memoria de los alemanes fundadores de la colonia Esperanza. Luego, el pastor Carlos Duarte, de la Congregación Evangélica del Río de la Plata, impartió la bendición y rezó una oración por los pioneros y el padrenuestro en alemán. Fue un momento muy emotivo.

Más tarde, en la plaza del Inmigrante, se izó la bandera nacional, con la participación de la Banda de Música Municipal, que ejecutó el Himno Nacional Argentino y el Himno Alemán.

Niños y adultos descendientes de colonos, participando en uno de los actos
Niños y adultos descendientes de colonos, participando en uno de los actos. Foto: Hugo Zingerling

Más tarde, por ser descendiente de varias familias de alemanes fundadores, tuve el honor de narrar lo que significó la venida de aquellos inmigrantes, tras lo que el intendente municipal, Rafael De Pace, dio la bienvenida a los descendientes.

Seguidamente se hizo una visita al Museo de la Colonización, ocasión en la que se recorrió la galería de fotos de alemanes fundadores y sus descendientes. Aquí muchos se encontraron por primera vez con utensilios que usaron alguna vez sus antepasados.

Finalmente, ya con un clima de confianza entre las distintas familias reencontradas, se hizo un almuerzo en el Club del Encuentro, donde se recibió la bendición del párroco Omar Rohrmann, de la Parroquia de la Natividad de la Santísima Virgen.

La jornada transcurrió en forma agradable, entre historias, anécdotas, encuentros, cerveza, torta y bocaditos típicos alemanes, acompañados de la orquesta típica Zillertal Orcherster, a la que siguió el baile. La larga jornada de festejos culminó a las 7 de la tarde.

Memorias de inmigrante

En mi calidad de descendiente directo de varios de los fundadores, me solicitaron que narrara lo que significaba aquella gesta.

Si nos remontáramos a fines de 1855, hoy estaríamos en el medio de la incipiente colonia agrícola, que después se llamaría Esperanza. Si hacemos un esfuerzo de imaginación, sólo veríamos campos y, de tanto en tanto, los ranchos que se estaban preparando para recibir a los 1200 inmigrantes del centro de Europa, que ha prometido traer el empresario salteño Aarón Castellanos.

Pero ¿qué pasaba con nuestros antepasados en Europa? Factores económicos, políticos y sociales hicieron que muchos pensaran por esos años en buscar nuevos destinos tanto en los Estados Unidos, la lejana Argentina y la aún más lejana Australia. Durante 1855, en ambas orillas del Rin, las aldeas estuvieron convulsionadas porque algún hijo partía seducido por la propaganda de los agentes de emigración. En esa lejana Europa las familias dispuestas a emigrar siguieron ciertos patrones de conducta similares hasta llegar a ésta, su nueva tierra prometida.

El primero y fundamental momento para ellos fue la decisión de partir. "En nuestro pueblo, en las cercanías de Bingen, a orillas del Rin, en otoño de 1855, se habló mucho de la emigración hacia América del Sur. Fue una importante razón para ello la situación muy apremiante que reinaba", registran las memorias de uno de los colonos.

A eso seguiría la venta de lo que ya no sería necesario. "Para financiar nuestro viaje hubo un remate. La casa y el terreno fueron vendidos favorablemente, de modo que luego de descontar los gastos y el costo del viaje quedaba todavía un buen remanente", dice otro colono.

Pero mucho más dificil resultaba desprenderse del terruño, sabiendo que la despedida era para siempre. Después de mucho dudar se firmaba el contrato. Tristeza y entusiasmo caracterizaban, mezclados, la partida del solar paterno.

El viaje comenzaba con la partida hasta los puertos de Dunkerke o Amberes. "Llegó nuestro día de partida. Hacía un frío intenso. Hasta San Gotardo nos llevó un carro abierto. Luego seguimos con una de las grandes barcazas de cabotaje del Rin, donde el tenaz frío era casi inaguantable. Debido al tiempo, caía agua, por lo que terminamos totalmente mojados", relata un colono.

Ya en el puerto, llega la hora de la partida final y la tristeza: "Mientras un barco de vapor remolcaba el nuestro hacia alta mar, los pasajeros dirigían la última mirada a la patria, allá lejos. Por fuerte que fuera la esperanza, no dejaron de asomar las lágrimas en esta última mirada".

Vicisitudes del viaje

"Los primeros 8 a 10 días del viaje fueron muy cómodos. El alojamiento era suficiente, algo mejor hubiera podido ser. De mañana con el café sirvieron galletas duras como piedra -eran de harina de centeno- y bizcochuelos untados con manteca y azúcar amarilla. Algunos días hubo carne de vacuno, después carne de cerdo salada que ya el día antes había que poner a remojar, porque de lo contrario no se podía comer", dicen los testimonios.

De los registros y diarios de los que emprendían la aventura surge que el trato durante el viaje era bueno, y lo único criticable era el desorden y la suciedad producidos por tanta gente.

Varias sensaciones nuevas se experimentan al viajar por zonas cálidas. También comienzan a escasear los alimentos y el agua. "Los rayos solares hacen más contaminada el agua y debe ayudarse con vinagre o azúcar para hacerla utilizable. El sol ardía sensiblemente. Finalmente, por temor a que los alimentos no alcanzaran, el capitán comenzó a racionarlos. Como el barco recién llevaba 50 días de viaje, y a pesar de que ya se había cubierto un buen trecho, los pasajeros se quejaron con razón..."

Algunos de los emigrantes, en tantos días de conjeturas, temían que no se cumplieran los contratos. ¿Qué podrían hacer en tal caso, además de mantener una buena conducta? La respuesta la encontraron en las distracciones y los bailes que se practicaban en cubierta.

En un viaje tan arriesgado, y en condiciones sanitarias tan precarias, no faltaron las enfermedades y las muertes, otro momento de desgarro para quienes partían a una tierra desconocida. "El cadáver es entregado al timonel, para que en la noche sea arrojado al mar."

Y así fueron llegando nuestros ancestros. Los testimonios y detalles de este viaje son muy elocuentes para entender lo que significó cambiar todo por esta nueva tierra.

Permanentes sentimientos de alegría y tristeza, de acuerdo a cómo se desarrollaban los hechos. "¿Hice bien en arrastrar a toda mi familia en esta aventura?, ¿me equivoqué?, ¿cómo terminará todo esto?", se habrán preguntado. Por otro lado, la alegría de la llegada al Río de la Plata, el paso por Montevideo, el transbordo a los vapores y la llegada a Santa Fe. Las impresiones entre ambos pueblos, la buena acogida y la espera en la estanzuela de Echagüe, en Guadalupe, hasta ser enviados a la colonia Esperanza. El choque agradable de costumbres. El cruce del amargo Salado. Y al final de todo el periplo, la tan ansiada Esperanza, donde estaba todo por hacer.

El sueño alcanzado

Al final la tierra fue de ellos, se cumplieron sus sueños y las penurias fueron solamente recuerdos. Y junto a las otras comunidades fueron uniéndose para dar lugar a estos argentinos de hoy, conscientes de su pasado y que, a pesar de todo, tienen fe en lo que vendrá. Lo demás es historia conocida y reciente: el progreso, el trazado de la plaza, en la calle ancha y el surgimiento de un pueblo, que luego se transformó en ciudad.

Este lugar fue punto de llegada y de partida de tantos sueños y personajes que nos visitaron o se fueron. Por aquí habrán pasado con sus carros, con sus caballos domingueros.

Fueron la fe y la fuerza puestas en un sueño que finalmente alumbró dando lugar a esta pequeña torre de Babel a la inversa, que es nuestra tierra, Esperanza. Donde en lugar de confundirse la lengua común hasta llegar a que nadie se entendiera con el otro, se unieron bajo el idioma riquísimo de Cervantes y las costumbres y usos de la joven Argentina, que los recibió sin exigir más que honestidad. Mientras cumplieran con este requisito, tendrían el cansancio del trabajo por las noches, pero la dignidad y la felicidad de la comida familiar ganada honradamente, sin dádiva alguna, en una república con igualdad de oportunidades.

Una tierra rica en historia, hombres y tradiciones, y pionera en muchos aspectos.

Por Hugo Zingerling Para LA NACION

Aarón Castellanos, el pionero

Las grandes etapas del progreso argentino tienen figuras representativas que las caracterizan y definen. Una de las más fecundas etapas, la de la colonización agraria, está representada adecuadamente por Aarón Castellanos, el pionero nacido en Salta el 19 de noviembre de 1799.

En momentos en que las tropas realistas avanzaban sobre las fronteras, Castellanos se incorporó a las fuerzas del caudillo Güemes y con el grado de subteniente fue de los valientes evocados por Leopoldo Lugones en "La guerra gaucha".

De espíritu decidido y aventurero, Castellanos se dirigió al Perú, donde instaló una explotación minera. Al regresar al poco tiempo, organizó expediciones para comprobar la navegabilidad del Bermejo. Su socio, Pablo Soria, fue apresado por soldados del dictador paraguayo Gaspar Rodríguez Francia y se lo internó en Asunción, donde estuvo hasta 1830.

Nuevamente en su patria, se estableció en la peligrosa línea de las fronteras bonaerenses y, a pesar de las dificultades, fundó establecimientos ganaderos que fueron luego destacados por su calidad.

Sin duda que el perfil característico de Castellanos fue su visión de colonizador. Su prédica se materializó en el folleto "Ligeras noticias sobre el Río de la Plata", que circuló profusamente en Europa, y a partir del que Castellanos se proponía atraer a las familias colonizadoras.

Ambiciosos proyectos

Luego de Caseros (1852) trató de realizar ambiciosos proyectos de colonización y construcción de trenes, pero el fracaso de ellos lo determinó a exponer otros planes al gobierno de Urquiza, del que obtendría el apoyo necesario. En Santa Fe, el gobernador Domingo Crespo estimularía sus planes de colonización haciendo lo posible con los instrumentos legislativos que la fomentaban.

El 15 de junio de 1853 se firmó el contrato entre Castellanos y el gobierno santafecino para la radicación de familias europeas, que el primero trasladó desde Europa.

Del coronamiento del plan de Castellanos surgió Esperanza, primera colonia agrícola organizada del país, llamada con acierto ciudad madre de pueblos, porque dio origen a numerosas fundaciones.

Este éxito no fue compatible con otros de sus proyectos, como la concesión de la línea ferroviaria de Rosario a Córdoba, que gestionó sin éxito ante el gobierno nacional.

También se preocupó por el mejoramiento de las instalaciones del puerto de Rosario, del que construyó sus muelles.

En la ciudad del sur santafecino, que se destacaría por su pujanza, Castellanos fue uno de los más decididos impulsores del progreso.

Este visionario hombre de empresa falleció en Rosario el 1º de abril de 1880.

José Luis Iñíguez

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