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Dos generaciones y una misma pasión

Como su abuelo Eleodoro Marenco, Francisco Madero Marenco plasma en sus telas la historia del campo

Sábado 09 de octubre de 2004

Eleodoro Marenco, el extraordinario pintor (fallecido en 1996) que transmitió la historia de nuestro campo en imágenes inolvidables, dejó una herencia de arte que encuentra ahora una continuación en la obra de su nieto, Francisco Madero Marenco.

El amor de Francisco, joven de 24 años, por el gaucho, los caballos, el paisaje pampeano y las viejas pulperías es el mismo que guió la mano y los pinceles de don Eleodoro.

Su pintura -precedida, como la de su abuelo, por la más rigurosa investigación- se centra en el gaucho del siglo XIX. "Ese es un tema verdaderamente inagotable", comentó a LA NACION sin disimular que está ansioso por retornar cuanto antes a su labor, llevada a cabo diariamente en su taller, ubicado en pleno campo, a pocos kilómetros de la localidad bonaerense de General Lavalle.

"Ver pintar a mi abuelo y escucharlo en interminables conversaciones decidió mi destino para siempre", confiesa, con no oculta emoción.

Todos los días iba a visitarlo: "Cuando entraba en su taller, en la calle Anchorena, en pleno Barrio Norte de la Capital, tenía de inmediato la sensación de encontrarme en un fogón de estancia".

Durante la última exposición grande que hizo, en 1991, Eleodoro le ofreció a Francisco -que contaba entonces sólo 11 años- exponer dos de sus precoces dibujos.

El niño, que se sintió siempre más un amigo que un nieto, había empezado ya a probar sus fuerzas pintando en pastel.

"El estaba contento de que siguiera sus pasos y me ayudó con sumo entusiasmo a documentarme", recuerda.

Agrega que aunque el viejo artista era un autodidacta total, le aconsejaba que estudiara: "Decía que con ello me ahorraría muchos años".

Todo cambió cuando el niño cumplió 14 años. En ese momento don Eleodoro se enfermó.

"Era una hemiplejia. Eso me marcó muchísimo. Maduré de golpe. Lo vi sufrir, pero sirvió para volcarme más todavía a la historia, leí, por entonces, todo lo que podía acerca de nuestro país."

Lo cierto es que su abuelo -a su juicio menos reconocido de lo que merece- dejó una obra que todavía sorprende. Ahí están -para aquilatar su hondo conocimiento de los hábitos y costumbres camperos- sus 70 ilustraciones de libros, su documentadísima serie de láminas sobre uniformes criollos y todas sus viñetas. Sin contar sus óleos, entre los que puede recordarse los que tituló "Campo afuera", "La disparada", "El viejo estilo" o "El algarrobo".

Marenco, que como estudioso de la vestimenta del hombre de campo no tiene igual, lo había hecho todo a pulmón. Como no vivía de su arte, debió robar muchas horas al sueño para forjarlo.

"Hay que destacar -comenta su nieto- sobre todo la humildad que tuvo en todo; todo lo hizo sin pedir retribución, ya que buscó que trascendieran más sus temas que él mismo."

A contracorriente

En la pasión por el detallismo y la fidelidad de sus reconstrucciones históricas, Francisco revela sus genes. Como Eleodoro, recurre para sus trabajos a fuente oral y escrita. Claro que la oportunidad que tuvo Eleodoro de mantener conversación con un ex soldado de frontera o algún resero del tiempo de Don Segundo Sombra no le es dada a Francisco, que no obstante logra siempre dar con los pocos que hoy día saben darle el dato apropiado para completar sus trazos destinados a concretar su máximo afán: rescatar lo más puro del gaucho.

No le resulta fácil. Debe trabajar en medio de una sociedad que no valora al objeto principal de su obra: "Los medios de comunicación ignoran al gaucho, y cuando hablan de él es para ridiculizarlo".

"En estos tiempos -afirma- se suele, no se por qué, halagar más al indio."

En su opinión, todo ello es fruto de la ignorancia y de la más completa falta de sensibilidad. Sostiene que en la televisión, en la radio e incluso en los ámbitos educativos se hace caso omiso de la figura del centauro de las pampas: "Parece que no saben que sin el gaucho no hubieran sido posibles las guerras de la Independencia".

Por Bartolomé Vedia Olivera De la Redacción de LA NACION

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