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Cuerpos múltiples

Las historias de Lautaro Vilo, Julieta Vallina y Luciano Cáceres, tres artistas que se multiplican con estilo y talento arriba del escenario y fuera de él

Viernes 05 de noviembre de 2004

Julieta Vallina

"Yo apuesto a hacer todo lo que pueda, porque el trabajo genera más trabajo y es una exposición que ayuda a que te sigan convocando." Julieta Vallina arrasa de entrada con cualquier romanticismo sobre la vida del actor y tira sobre la mesa números: "Muchos creen que porque hace cuatro años estamos a sala llena con "Mujeres soñaron caballos" nos hemos llenado de oro. Pero en una buena función sacamos alrededor de 25 pesos. No está mal, pero no alcanza. Actualmente, con las seis funciones que hago por fin de semana, no llego a los 350 pesos por mes".

Julieta habla mucho y rápido por el envión que trae y del que no termina de despegarse. Viene de ensayar un semimontado que en una semana estará en el Goethe; después de la entrevista con Vía Libre se irá a una reunión para delinear los últimos detalles del trabajo que, con José María Muscari, está por emprender en el Konex. Y eso que es lunes y apenas comienza su descanso semanal, porque es realmente durante el fin de semana cuando Julieta está a full.

"Para muchos es una locura que me queje, sé que estoy en una posición privilegiada, pero vivir de la profesión es muy difícil, y eso que al estar con Daniel (Veronese) tengo la posibilidad de hacer giras en el exterior que balancean un poco la historia: un día como arroz; al siguiente, almuerzo en un restaurante increíble en Berlín." Sin duda Julieta es una privilegiada y muchos envidiarían trabajar en los proyectos de la magnitud en los que está involucrada: "Un hombre que se ahoga", versión de Veronese de "Tres hermanas", de Chejov; "Poses para dormir", de Lola Arias; "La forma que se despliega" y "Mujeres soñaron caballos", también proyectos del director de El Periférico.

Para llevar adelante semejante actuación (con la delicadeza, la ductilidad y el tremendo talento que despliega) se desdobla en dos cada viernes, sábado y domingo. "A pesar de que ha sido bárbaro el crecimiento, lo real es que este año fue muy duro para mí. A veces le digo a mi psicólogo: «Yo juego a que soy actriz, mientras tanto mi papá me manda plata para poder comer»", expresa sin filtros Julieta, que apenas toca el café que se enfría irremediablemente.

No hay por qué dudar de su preocupación por lo económico, pero sería imposible imaginarla con ese ritmo si no fuera por el placer que entra en juego cada vez. "Es muy divertido y, pese a lo que se pueda suponer, bastante sencillo el traspaso entre papel y papel: es como si entraras en una fiesta de casamiento..., saludás a los novios, y después en un velorio..., no te va a sorprender que todos estén más callados. Funciona así, cuando llego y veo a mis compañeros, el cuerpo va solo." Para comprobarlo basta verla en una misma jornada pasar de ser una seductora piromaníaca en "Poses..." a escucharla tocar el violín convertida en el Andrei de Chejov.

Luciano Cáceres

Es de esos hombres que se atreve a pronunciar palabras como amor, magia, maravilla, sin sonrojarse. Por eso cuesta creerle cuando dice que tiene mal humor al trabajar, que es impaciente y que se enoja con un actor cuando intelectualiza demasiado el personaje.

Luciano Cáceres combina pasión y eficiencia. Debe de ser la única manera que tiene este hombre de teatro de encarar la cantidad de trabajo que "se le viene encima" cada año. "Hay mucho de proyecto personal, pero también de compromiso afectivo", explica el actor de "Nunca estuviste tan adorable", el biodrama que Javier Daulte acaba de estrenar y que se convirtió en el último eslabón de una cadena de trabajos que incluye la dirección de "Julio para amar"; de "Como las ratas", de Susana Gutiérrez Posse; de dos obras para el Ciclo "Exilios", del Teatro del Pueblo, y de su "chiche" de este año, "Criaturas de aire", de Lucía Laragione. Todo esto sin mencionar "Diaria", que acaba de bajar de cartel, o "Uraniburg", que llevó a Madrid para la temporada veraniega.

Respira. Ya tiene suficiente motivo de alegría y orgullo, pero no piensa detener la enumeración, es sólo una pausa. Está bien que la excusa de la entrevista era su multifacética actividad como teatrista, pero Luciano no quiere dejar afuera el cine con sus protagónicos en "El amor, primera parte" (en cartel en el Malba) y "Garúa", la película de Gustavo Corrado que filmó este año y está en gateras. Basta. Sí, hay algo de tele y también de publicidad, pero él mismo dicta el punto final. "Fue un año muy caótico, pero pude llegar bien a cada ensayo, a cada estreno. Estuve muy acompañado por mi equipo y eso me permitió no asistir a todas las funciones. Es uno de los lujitos que se puede dar el director; este año, sin duda, me recibí de tal. El año que viene voy a apuntar de nuevo a la dramaturgia."

Luciano tiene una manera de dirigir teatro casi cinematográfica: llega a los ensayos con mucho trabajo previo, que deriva en una suerte de storyboard que le permite sumar nuevas escenas en cada encuentro. "Me encanta tener el poder del director y también me gusta perderlo el día del estreno, porque a partir de ahí, sin duda, la obra es de los actores."

Lautaro Vilo

"La segunda función es fabulosa. No importa el cansancio, hay un momento en que rompés la resistencia a la actuación y la cosa fluye. Cuando sale una buena pasada quedo con una excitación que iría a contar chistes a un cabaret." Lautaro Vilo aceptó el reto de multiplicarse para poder ser actor, dramaturgo y director en el año que podría decirse de su presentación formal en Buenos Aires. Es que casi de la noche a la mañana empezaron a pulular por la cartelera porteña espectáculos que tenían a este completo desconocido cumpliendo diferentes roles: autor de "23.344", actor en "La pornografía", intérprete de "Un acto de comunión" y asistente de dirección de Mauricio Kartun en "La Madonnita".

Lautaro nació en pleno Barrio Norte hace 27 años, pero creció en Plottier -a orillas del río Limay-, en la provincia de Neuquén. Y pese a sentirse auténticamente neuquino, no pudo ni quiso evitar el magnetismo que siempre le despertó la Capital. Fue así como, con un paso obligado por Tandil para cumplir con deseos propios y ajenos de hacer una carrera universitaria, llegó a Buenos Aires en 2001, con el título de Licenciado en Teatro.

"Los proyectos más felices son los que hago con gente con la que puedo comer un asado. Es que tengo un concepto más cercano a una banda de rock que a un elenco a la hora de ponerme a trabajar." Así apareció Gonzalo Martínez (amigo de un amigo), que lo invitó a sumarse a lo que luego de varios meses de ensayo sería "La pornografía"; así fue como se animó a llamarlo a su profesor de dramaturgia, Mauricio Kartun, para ofrecerse a "colgar tachos" si así lo necesitaba, y se transformó en su asistente de dirección en el Teatro San Martín. De la misma manera se dio cuenta de que este año sólo tuvo cuatro (y marca el gesto con la mano para darle más contundencia) días de vacaciones: "Es cierto que en enero viajé a Neuquén, pero estuve escribiendo cuatro obras a la vez. Mis viejos me querían matar".

El mecanismo de hacer mucho y todo a la vez lo viene practicando desde su época en la facultad. "Estaba tan cebado para estudiar a lo loco que, cuando me di cuenta de que no era para tanto, me puse a hacer varias cosas para sentirme contenido." Encontró entonces la motivación para ver qué era eso de escribir, y "eso" de escribir parece que resultó. Este año ganó, con "23.344", el concurso de dramaturgia del Rojas, que convirtió su obra en libro y en espectáculo; está en plena adaptación de "Alto Valle", otra de sus piezas, que un director amigo quiere llevar al cine. Además, y gracias a "haber recuperado cierta fisicalidad placentera con la escritura", está con dos nuevas piezas en mente. Es sólo el comienzo de un proceso en el que Lautaro se empeña en participar punto a punto.

"Si algo tiene que suceder, va a suceder. Y si bien me sorprende tanto mimo, la inversión, el interés, la voluntad y el esfuerzo han sido totales", concluye a modo de explicación este neuquino que encontró en la Capital una buena oportunidad para "tener interlocutores".

Por Verónica Pagés

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