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Jacques Revel: "No es bueno tener cadáveres olvidados"

Especialista en historiografía y director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, el investigador francés habla de las políticas de la memoria y de la función de la historia como refugio ante las incertidumbres del presente

Domingo 14 de noviembre de 2004

La historia puede ser un refugio ante la incertidumbre, un modo de reparar las manipulaciones políticas del pasado y una herramienta para construir escenarios que ayuden a entender lo más difícil: por qué las personas hicieron lo que hicieron.

Así describe Jacques Revel las aplicaciones de la disciplina que practica desde hace décadas y en la que es un referente obligado. Actual director de la prestigiosa Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, fue secretario de redacción de la revista Annales e integra la generación que, desde mediados de los años 70, desarrolló la historia social como postura epistemológica y práctica científica y difundió la historiografía francesa fuera de las fronteras de ese país. En su biografía se mezclan algunos nombres fundamentales de las ciencias sociales contemporáneas: Roger Chartier, Jacques Le Goff, Dominique Julia, Carlo Ginzburg, Michel de Certeau, Marc Augé.

Revel, de 62 años, pasó una semana en Buenos Aires -donde viene regularmente desde hace diez años-, invitado por la Universidad de Buenos Aires (UBA), en cuyo Centro Franco Argentino de Altos Estudios dictó un seminario sobre epistemología de la historia ante unos 40 investigadores locales.

Foto: Alejandra Bratín

Formado en el estructuralismo, el análisis de los fenómenos sociales en el largo plazo y el rigor científico, Revel reconoció sin embargo, en diálogo con LA NACION, el valor de la microhistoria, destacó la inevitable subjetividad del historiador y señaló el valor de la memoria colectiva.

"No es bueno para una sociedad tener cadáveres y fantasmas olvidados", dijo, ante una pregunta por el debate local sobre la última dictadura.

-¿Para qué sirve la historia en tiempos de incertidumbre?

-Hay gente que piensa que la historia ya no sirve para nada, porque las preguntas que nos hacemos hoy no pueden encontrar respuestas ni escenarios que permitan imaginar soluciones en el pasado. En parte es cierto. Pero hay también un extremo positivo, que pone énfasis en la memoria, que se ha desarrollado desde hace algunas décadas en sociedades muy diferentes. En las sociedades europeas está relacionado con la pérdida del futuro: la memoria nos da raíces. Eso puede ser verdadero en el nivel nacional, pero también para los grupos, como las mujeres, los obreros, las etnias y religiones. Los obreros, por ejemplo, constituyen un grupo que en su sentido clásico está desapareciendo en las sociedades más desarrolladas, y eso se compensa con la memoria obrera. El caso de las mujeres es exactamente el contrario: han afirmado su identidad a través de la reivindicación de la memoria. En fin, esas son las dos respuestas extremas: la historia no tiene nada que decir, la memoria lo dice todo.

-¿Y usted dónde se ubica?

-Si me pregunta si hay lugar para la historia hoy, le diría que una sociedad que olvida su pasado es generalmente una sociedad enferma, o en todo caso, una sociedad que se dirige hacia una situación terrible.

-¿Hay un uso político de la memoria?

-Sí, y también de la historia. Hoy hay una tensión entre la historia como discurso científico y colectivo y la memoria como discurso identificatorio. En los años 20 y 30 se pensaba que la historia era una actividad voluntaria y que la memoria se formaba de manera espontánea. La experiencia de la última generación muestra que es más complicado que eso. Existe una política de la historia y una política de la memoria, no se puede decir que una sea voluntaria y otra espontánea, sino que se cruzan todo el tiempo.

-¿Por ejemplo?

-Los Estados Unidos son una sociedad nueva. La historia pensada y transmitida por los padres fundadores a fin de siglo XVIII es una historia sin pasado. Es el modelo bíblico de los judíos que luego del exilio llegan a un territorio que pensaban vacío y allí recrean una sociedad a partir de nada. Hay sociedades antiguas, como las europeas, que han tratado de cortar la historia en dos. Es el caso de Francia: con la Revolución Francesa decidimos que todo el pasado es negativo y pretendimos refundar una historia a partir del comienzo absoluto, con el modelo de antes y después de Cristo; contamos los años a partir de la revolución. La revolución rusa y el fascismo italiano están hechos sobre el mismo modelo. No es el color político, es el gesto de ruptura.

-¿Es una forma de manipular el pasado?

-Es la expresión de una voluntad política, pero el problema es si podemos olvidar totalmente. Buena parte del trabajo de los historiadores franceses en la segunda mitad del siglo XIX y de los historiadores rusos consistió en refabricar una continuidad allí donde la revolución tuvo la ambición de romperla.

-¿Se puede restaurar el pasado?

-Creo que el pasado tiene cosas para decirnos, pero es pasado y no lo reviviremos jamás. El pasado sólo existe a partir de las preguntas que nos podemos hacer desde el presente, y por eso se transforma. Cada generación de historiadores fabrica sus preguntas y organiza un pasado, una continuidad. La historia es como una simulación, sirve para construir escenarios que no podrían funcionar hoy, pero que ayudan a comprender en qué cambiaron las cosas. Cada época recrea un pasado en función de sus necesidades de comprensión.

-Usted escribió que hoy hay una necesidad de historizar en las ciencias sociales. ¿Esto beneficia a la historia como disciplina?

-Pienso que sí. El estructuralismo, en el que me formé en los años 60, pensaba que era posible comprender a través de una combinatoria de estructuras que estaban fuera de la historia. Este modelo fue muy poderoso, pero perdió influencia en los 70, como la mayor parte de los grandes modelos de interpretación general: el marxismo, el funcionalismo, el positivismo. Lo que constatamos hoy es que la mayor parte de las ciencias sociales se rehistoriza. Para la historia es positivo, porque la sociología, la antropología y la historia tienen un objeto de estudio común al que llegan por caminos diferentes. Son todas ciencias históricas, es decir, estudian objetos que se transforman en el tiempo, y quienes los estudian también se inscriben en el tiempo.

-Los libros de divulgación histórica, las películas y los documentales históricos, ¿son modalidades genuinas de historia o productos de marketing?

-Son un poco de ambos. Lo que muestra ese fenómeno es que la historia conserva una fuerte función de entretenimiento y, al mismo tiempo, que la mayor parte de la sociedad tiene una sensación de pérdida de futuro. Esta producción histórica de divulgación es contemporánea de la crisis del progreso y la instalación de la incertidumbre. Por eso, el pasado puede adquirir un valor de refugio. Eso explica también el enorme interés en conservar las huellas del pasado. Las sociedades antiguas dejaban que el tiempo decidiera lo que hacía falta conservar. Las sociedades contemporáneas, que tienen medios muy poderosos para archivar el pasado, sueñan con guardar todo, lo cual es tan peligroso como olvidar todo, porque también tenemos necesidad de olvidar.

-En el país se ha reactualizado el debate por la memoria de lo que sucedió en la última dictadura. ¿Cómo ve esa controversia?

-La historia es parte de la identidad nacional. En un país que ha tenido momentos muy difíciles en el siglo XX, como el suyo, la historia y la memoria son formas de mirarse a ustedes mismos. Pero la memoria del Proceso no tiene un valor de refugio, es una historia que hace mal, de muerte, de violencia. Es como la memoria del período de Vichy en Francia.

-¿Piensa que es bueno recuperarla?

-No es bueno para una colectividad tener cadáveres y fantasmas olvidados. La historia de Vichy, el período de la colaboración francesa con Alemania entre 1940 y 1944, durante treinta años no fue escrita. Hubo que hacer un proceso colectivo, un esfuerzo. El problema no es tanto distribuir culpas, sino que no se puede vivir mucho tiempo con un secreto colectivo. Hay que intentar entender por qué hay gente que encontró razones para justificar una dictadura. Son memorias de sufrimiento colectivo.

-¿Dónde queda la subjetividad del historiador en esta tarea?

-La historia científica, tal como se la definió en la segunda mitad del siglo XIX, tenía el ideal de trabajar en condiciones tales que sus observaciones fueran absolutamente objetivas. No es posible. La subjetividad aceptable en el historiador es reconocer que es parte de un tiempo. Mi punto de vista no puede ser hoy el que tenía un historiador de otro tiempo, ni siquiera el mismo que tuve yo hace unos años, porque el mundo cambia y yo con el mundo. La subjetividad está en las preguntas que me hago, la especialidad que tengo, el grupo al que pertenezco. Sin embargo, la idea relativista de "a cada uno su verdad" tampoco es aceptable. Se trata de combinar esta subjetividad con las reglas científicas.

-¿Qué ve como observador externo en la historiografía argentina?

-Desde diferentes acercamientos, lo que aquí interesa es cómo una sociedad permanece unida, porque la sociedad argentina es muy frágil, es joven y ha sufrido turbulencias muy fuertes durante toda su existencia. La historia de la inmigración estudia el modo en que se constituyeron las generaciones que fueron fabricando una colectividad. Y los que hacen historia de la vida privada se preguntan cosas parecidas: cómo, a partir de los usos cotidianos y la sociabilidad, se constituye un ensamblaje social, que es siempre imperfecto.

-¿Puede convivir la escuela de la microhistoria con la historia de los grandes procesos y estructuras en la que usted se formó?

-El ideal es poder integrar ambas. En el período dominado por el paradigma funcionalista, creíamos que todo se trataba de macroprocesos que funcionaban solos, sin actores: la inmigración, la industrialización, la urbanización, eran fenómenos con una lógica propia que producían sus propios efectos. Pienso que los historiadores que eligen el enfoque de la microhistoria buscan a los actores, quieren explicar por qué la gente hace lo que hace y cómo lo hace. El abordaje de macroprocesos se transforma en esta mirada en una multitud de microestrategias, de micromovimientos. Pienso que los procesos históricos, en realidad, están más del lado de esta suma de estrategias pequeñas, que se adicionan y que también se contradicen, que del lado de las lógicas macro.

Por Raquel San Martín

El perfil

HISTORIA Y CIENCIA

Nació el 25 de julio de 1942 en Avignon, en el seno de una familia de científicos: su padre era biólogo y su madre, bioquímica. Estudió en la Escuela Normal Superior y en la Sorbona. Actualmente dirige la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

INVESTIGACION

La historia económica de Italia, la identidad nacional francesa, las universidades, la cultura popular y la historia como disciplina científica han sido algunos de sus temas de investigación.

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