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Invitado de lujo con la Sinfónica Nacional

Domingo 28 de noviembre de 2004

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional . Director: Reinaldo Zemba. Solista: Marcelo Balat (piano). Programa: "Música ritual", de Mariano Etkin, Concierto Mº 3, en Do menor, para piano y orquesta, Op. 37, de Ludwig van Beethoven y Sinfonía Nº 6, en Re mayor, Op. 60, de Antonin Dvorak. Auditorio de Belgrano.

La Orquesta Sinfónica Nacional fue conducida por el destacado director Reinaldo Zemba, titular de la similar agrupación de Entre Ríos, en uno de los últimos conciertos de la intensa temporada de este año. Como solista se presentó el joven pianista cordobés Marcelo Balat que desde los diez años comenzó a cosechar premios y distinciones de significación y el programa elegido permitió apreciar con claridad los merecimientos de ambos intérpretes, así como la seriedad profesional del organismo oficial.

En primer término se escuchó, a treinta años de su estreno en el Teatro Colón en 1974 con la misma orquesta Nacional, pero dirigida por Jacques Bodmer, "Música ritual", del compositor argentino Mariano Etkin, figura destacada de la música contemporánea, con no pocas obras de indudable valor estético que a lo largo de su evolución creadora fueron escuchadas en Buenos Aires, aunque cabe destacar que no con la frecuencia que su talento merecería. Y una vez más como fue posible señalar alguna vez, se recibió con interés y agrado una de sus composiciones, cuyo lenguaje sonoro nos resultó fascinante.

El joven pianista Marcelo Balat, en una noche impecable
El joven pianista Marcelo Balat, en una noche impecable. Foto: Gustavo Seiguer

Es que en "Música ritual", el autor transforma al sonido en la materia protagónica de texturas de diferentes características, así como aprovechó al máximo los recursos que ofrecen los diferentes timbres logrados con ricas combinaciones instrumentales. La obra, que no es una referencia a algún ritual en concreto, tiene el enorme valor de transformar el tiempo de audición en una pincelada de saber telúrico, acaso por el uso de algún instrumento percusivo de origen indígena y de provocar un sostenido interés en la audición porque todo es estéticamente de buen gusto y refinamiento.

Después del buen aplauso que se le tributó a Mariano Etkin presente en la platea, se produjo como al parecer ya es una ceremonia obligada en todos los conciertos, ese inútil espectáculo de ver cómo se mueve un piano que no pudo estar en su lugar durante la ejecución de la primera composición. No se sabe bien cuál es el motivo de fuerza mayor que impide a una orquesta ofrecer una obra por lo general breve, como preámbulo de un concierto para piano y orquesta.

Después de diez minutos comenzó a desgranarse el siempre admirable tercer concierto para piano de Beethoven y se apreció en toda su magnitud los méritos del pianista Marcelo Balat, sobrio, dueño de una serena manera de encarar su protagonismo, anteponiendo con sencillez la faz musical del discurso y dejando de lado toda forma de ejecución preciosista. Entonces, logró transitar con seguridad por las dificultades del allegro inicial y cuando se llegó al hermoso movimiento lento, el piano resonó con el cálido fraseo que se requiere para crear la atmósfera nocturnal que emana de esa inspiración, pero que presenta una notable modernidad en el tratamiento armónico y en el allegro final, una especie de danza a la zíngara, el pianista acertó con su característico dinamismo y su gozoso espíritu.

Como la dirección de Zemba fue atinada, acaso con una pizca menos de precisión y temperamento interno que se prefiere para Beethoven, se escuchó una muy buena versión y el público, evidentemente complacido con el pianista Balat, le brindó sus mejores aplausos al punto que hubo un agregado, excelente por la elección de una de las sonatas lentas y poéticas de Domenico Scarlatti, vertida por Balat con perfecto sentido del estilo.

Homenaje a Dvorak

La segunda parte estuvo dedicada a homenajear a Antonin Dvorak en el centenario de su muerte con la ejecución de su sexta sinfonía, Op. 60, que en realidad fue la primera que compuso, se escucha muy poco y está insuflada por un espíritu influido por la segunda de Brahms, por quien el compositor sentía amistad y admiración. Pero esto no quiere significar que la sinfonía no sea representativa del colorido, la liviandad y la inspiración melódica de la música checa.

El resultado fue bueno, porque Reinaldo Zemba desplegó toda su capacidad para obtener vitalidad y energía expresiva, en especial al encarar el famoso tercer movimiento furiant presto que no es otra cosa que inyectar con soltura la dinámica y el colorido de la famosa danza popular bohemia. La orquesta, por su parte, pese a la molestia provocada por el calor -llamó la atención que durante el intervalo funcionó el equipo de aire frío que había faltado desde mucho antes- cumplió con decoro su cometido. Reinando Zemba recibió una sonora muestra de aprobación por su eficaz labor.

Juan Carlos Montero

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