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LA NACION en Irlanda

Cómo se vive en el mejor país del mundo

El Mundo

La educación, clave de la transformación

DUBLIN.- Hasta hace pocos lustros, Irlanda solía fascinar al mundo con sus letras a través de Samuel Beckett, James Joyce y Oscar Wilde. Hoy, en cambio, son los números de su floreciente economía los que parecen dejar aún más perpleja a la opinión pública internacional.

La avalancha de indicadores positivos, sumada a otros factores no tan mensurables como la calidad de su vida familiar, institucional y comunitaria sorprendió, incluso, a la prestigiosa revista británica The Economist que, en una edición especial, eligió a Irlanda como "el mejor país para vivir", aun por sobre clásicos favoritos como Suiza, Noruega y Suecia.

Indice de desempleo: 4%; tasa de crecimiento anual en los años 90: 6,9%; Producto Bruto Interno per cápita: 48.250 dólares por año; inflación: apenas 2,2% en el mismo período.

No obstante, el bienestar no es tan palpable en las cifras como en la peatonal Grafton. En esta calle, la "Florida" de la capital irlandesa, la Navidad comenzó hace varias semanas, y los dublineses no dejan de prepararse para esta fiesta de una manera que hace apenas una década seguramente jamás hubieran imaginado: saliendo de los negocios cargados de bolsas.

Y así lo hace Dana O´Sullivan, que lleva a su hijo de dos años en un brazo, y carteras, zapatos y camisas "para regalar" en el otro. Pero se la ve preocupada: no sabe cómo hacer para llevar la laptop que vino a comprar, para incrementar, sin saberlo, las estadísticas, ya que el 40% de los dublineses tienen computadoras personales en sus hogares. "Los tiempos han cambiado", confiesa, agitada, a LA NACION, mientras recupera energías apoyada contra una pared.

Aunque no existe un claro consenso sobre el origen de la gran transformación de la Irlanda austera y atrasada en este promisorio y pujante "tigre celta" de hoy, los analistas internacionales suelen coincidir en que el primer gran paso fue la incorporación del país a la Comunidad Económica Europea, en 1973, mientras que el segundo se dio tras la firma del Tratado de Maastricht, en 1992.

Como consecuencia de estos dos hitos de la historia continental, Irlanda no sólo se vio beneficiada con subsidios de los países más avanzados de la actual Unión Europea, sino también con las medidas de libre comercio que permitieron la radicación de multinacionales con perfil exportador dentro de su territorio.

Esta tendencia se mantuvo ininterrumpida durante los sucesivos gobiernos nacionales desde los años 70, y hoy es ratificada por el gobierno de Bertie Ahern, primer ministro desde 1997, que aplicó exitosamente fuertes reducciones en el gasto público y en los impuestos.

De este modo, en las últimas décadas Irlanda pasó de ser un país con una economía dependiente de sus exportaciones agrícolas a convertirse en abastecedor mundial de materiales industriales, productos farmacéuticos, maquinaria eléctrica y computadoras, que representan casi la cuarta parte de los bienes exportados.

Si bien para los especialistas existe más de una causa que explica este repunte de la economía, la mayoría coincide en que el "milagro" no hubiese sido posible de no haberse mantenido un sistema educativo de alta calidad, gratuito y de acceso equitativo para toda la población irlandesa, que hoy es de 4,1 millones de habitantes.

"La educación libre y gratuita es fundamental para la movilidad social ascendente, y en este país eso se nota claramente. En mi caso, si no fuera por la fortaleza y la accesibilidad de este sistema nunca hubiera podido ir a la universidad", dice Una O´Reilly, una joven médica que fue criada por sus padres agricultores en la localidad de Galway.

Más allá de que Irlanda tiene una legendaria tradición en educación, que mantuvo aun en los años difíciles que siguieron a su independencia, en 1922, el acceso masivo se potenció hace cerca de 30 años, cuando el Estado decidió aumentar sensiblemente las partidas destinadas a ese sector.

Esta medida, junto con la más reciente disposición que establece la obligatoriedad de la educación hasta los 15 años, elevó el porcentaje de alumnos que terminan la escuela secundaria al 81%, de los cuales casi la mitad completa una carrera universitaria.

"Este buen presente se lo debemos a que cada vez más gente pudo mejorar su nivel de instrucción. Gracias a eso, el país pudo contar con una mano de obra muy calificada y de bajo costo, y eso permitió la radicación de las grandes compañías multinacionales", dice Eamon Quigley, un ejecutivo de 40 años nacido en el suburbio dublinés de Trim que, al igual que O´Reilly, también pertenece a la primera generación de una familia que tuvo acceso a la educación superior.

Sin embargo, la idea de que Irlanda hoy sea el "mejor país para vivir" es recibida con escepticismo por muchos de los irlandeses que conversaron con LA NACION.

En la céntrica calle O´Connell, de Dublín, Brenda Maureen Malloy es una de las que se asombran ante tan categórica conclusión. "¿Puede ser el mejor país para vivir aquel que no tiene, por ejemplo, un sistema de salud pública accesible para toda la población, como sí sucede en otros países europeos?", pregunta esta típica pelirroja irlandesa, que se gana la vida tocando el arpa.

"A mí me da miedo la idea de enfermarme o accidentarme, ya que por cada consulta tengo que pagar un arancel mínimo de 45 euros", afirma, por su parte, Sandra Celley, una empleada administrativa de 37 años, oriunda de la ciudad de Shannon.

Los principales problemas

Si bien en los últimos años el número de irlandeses con cobertura médica prepaga aumentó notablemente, cerca del 60% de la población aún depende exclusivamente del sistema estatal, que ante el crecimiento del sector privado pasó a ser visto como un "servicio de segunda clase".

El elevado costo de la vida (Dublín ocupa el 4º puesto entre las ciudades más caras de la Unión Europea, y el 14º en el mundo, según la consultora Mercer), y en particular el de las viviendas, es otro de los problemas que por ahora parece quitarle brillo al arrollador avance de los indicadores de su macroeconomía.

Según una encuesta publicada el mes pasado por el periódico The Irish Times, sólo el 5 por ciento de los dublineses piensa que es fácil conseguir una casa a un precio razonable.

Sin embargo, los hechos invitan a suponer lo contrario, ya que el 62% de quienes viven en la ciudad más grande de Irlanda tiene casa propia.

Para Dan O´Brien, economista irlandés, editor senior de The Economist y uno de los autores del estudio que colocó a Irlanda en la cima del mundo (ver aparte), la contradicción entre los números positivos y las quejas de la gente se explica en la gran velocidad de la profunda y compleja evolución del país en los últimos años.

"Los irlandeses, en general, no saben apreciar muchas de las cosas buenas que tienen o que han conseguido. Y esto se debe a que arrastran un gran complejo de inferioridad colectivo, que heredaron del largo tiempo en que fueron el país más pobre de Europa occidental", explica a LA NACION.

Pero esos tiempos hoy parecen muy lejanos en la activa, bulliciosa y consumista Dublín, el corazón de un país que aprendió muy bien de Wilde aquello de que "la naturaleza imita al arte", al imitar lo mejor del arte de crecer a partir de lo mejor de su naturaleza: la de ser una sociedad bien educada y con una ilimitada confianza en su futuro como país.

Los factores más deseados

El ranking de The Economist, que ubicó a Irlanda a la cabeza de los mejores lugares para vivir -por delante incluso de otros países como Suiza o los nórdicos-, tomó en cuenta, según la revista británica, algunos de los factores más deseados, como un bajo desempleo, estabilidad y libertades políticas, y la posibilidad de formar una vida familiar estable.

Irlanda, que se ganó el apodo de "tigre celta" por su progreso económico en la década del 90 y hoy es una de las naciones más ricas de Europa, obtuvo 8,33 puntos sobre 10. Lo insólito es que hace apenas 20 años Irlanda era, junto con Grecia y Portugal, uno de los miembros más pobres de la Unión Europea, y tenía el número más alto de desempleados del mundo.

El ranking de 111 Estados, en el cual la Argentina se ubica en el puesto 40°, tomó en cuenta tanto los ingresos per cápita como otros factores considerados importantes para el bienestar: la salud, la libertad, el desempleo, la vida en familia y en comunidad, el clima, la estabilidad política, la seguridad y la igualdad entre los sexos.

En el "top ten" también se ubican Suiza, Noruega, Luxemburgo, Suecia, Australia, Islandia, Italia, Dinamarca y España, en ese orden.

Entre los latinoamericanos, Chile logró el puesto más elevado (31°), y hay quienes creen que este país podría convertirse en "la Irlanda de América latina". .

Por Adrián Sack Para LA NACION
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