Jonatan Altszul tuvo suerte. El emprendedor, de 31 años, pudo aprovechar la fiebre del capital de riesgo a fines de los 90 para afianzar su empresa en el mercado internacional. En 1997 creó con cuatro amigos Core Security Technologies, empresa que desarrolla y gestiona software de seguridad para empresas y organismos. Para fines de año proyecta una facturación anual de cuatro millones de dólares. Un elemento fundamental de este éxito fue el capital de riesgo.
"En 1999, logramos un aporte de 50.000 dólares de un amigo canadiense, que había vendido su empresa", cuenta Altszul. En ese momento su empresa le daba trabajo a 30 personas. Poco más tarde, Core Technologies presentaba una proyección de negocios que convenció a un "ángel inversor" para que aportara otros 700.000 dólares. Al año obtuvieron 3 millones de dólares adicionales.
El capital se gestionó con el propósito de lanzar la empresa en el mercado estadounidense. Después de siete años de su creación la empresa emplea entre EE.UU. y la Argentina unas 80 personas, y entre sus clientes figuran las fuerzas armadas norteamericanas. Hoy, pasados tres años del estallido de la burbuja de Internet y dos años de la crisis local, vuelven a aparecer en la Argentina inversores dispuestos a prestar para crecer. No necesariamente se trata de los grandes fondos de inversión, pero sí se trata de inversores privados.
Esto quedó a la vista a fines de noviembre, cuando se celebró, en Buenos Aires, el Primer Foro Internacional de Capital de Riesgo, que se realizó en la Fundación Leloir, y contó con la presencia de inversores y representantes del sector de capital riesgo de la Argentina, EE.UU., España, Brasil y Perú.
En busca del capital
Trece empresas y emprendimientos, seleccionados de un total de 30, tuvieron ocasión de presentar sus proyectos en busca de dinero fresco. Gran parte de las iniciativas pertenecía al sector de las tecnologías de información y comunicación. El otro gran grupo provenía del sector de biotecnología y alimentos.
El capital requerido iba de 75.000 a 6 millones de pesos para los próximos dos años. "En el último año se nos había presentado en la Secretaría un creciente número de personas que venían a preguntarnos dónde podían invertir", cuenta Juan Carlos Carullo, coordinador del Programa de Capital de Riesgo para Empresas del Area de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Crear-Cit), Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.
"Nos dimos cuenta de que había una oferta que no se encontraba con la demanda y por eso surgió la idea del Foro", expresa Carullo.
Sin embargo, no todo es color de rosa. "El problema no es que no haya capital", dice Luis Pereiro, de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella. "Capital hay seguro, y suficiente. El problema es que hoy en la Argentina no hay proyectos lo suficientemente atractivos para el clásico inversor de capital de riesgo", señala, y especifica que, para atraer a este tipo de inversor, el proyecto debería arrojar una rentabilidad del 30% anual de retorno sobre lo invertido.
El sector de tecnología es uno de los que más sufren hoy esa falta de atracción. Pereiro estima que la participación de capital riesgo en empresas de tecnología se reduce hoy a un 5%, mientras que hace cuatro años alcanzaba a un 50 por ciento.
Mario Quintana, director del fondo de inversión Pegasus Capital, agrega: "Aparte de los pocos años de la burbuja de Internet, nunca existió un mercado clásico de capital de riesgo en la Argentina. Pero sí, jugadores aislados". Quintana conoce el negocio desde ambos extremos del mercado. Antes de convertirse en 2000 en uno de los cofundadores de Pegasus, empresa con oficinas en Buenos Aires y Boston, este argentino, de 37 años, fue cofundador de la cadena de supermercados Eki Discount y de la red de farmacias Farmacity. Ya con Pegasus participó de la compra empresas como Musimundo o la cadena de heladerías Freddo.
Según un estudio de la Universidad de General Sarmiento, el problema para el mercado argentino no es la falta de espíritu emprendedor: en 2003, el 20% de la población activa estaba involucrada en algún tipo de actividad emprendedora. En 2000, lo había hecho sólo el 7 por ciento.
No en la tecnología
El informe destaca que en la Argentina se están creando unas 400 empresas con expectativas de alto crecimiento, de las cuales el 1% puede ser de muy alto crecimiento. Todas pueden ser atractivas para fondos de capital de riesgo, creen en el Iecyt. "Hay ventanas de oportunidad con altas tasas de crecimiento en varios sectores de la economía, que no necesariamente están en el segmento de la tecnología", dice Quintana.
Un ejemplo que marca esta tendencia es el de Juan Carlos Iribarren. El dinero lo vino a buscar luego de que apareciera una nota en el diario contando sobre su negocio de aviones ultralivianos para fumigar. Iribarren arma aviones desde 1989 en su galpón en la ciudad de Luján. Le llegaron a ofrecer entre 60.000 y 120.000 dólares. Iribarren eligió a la empresa argentina Zanella como socio inversor; él se quedó con el 30% de la empresa, retiene la marca y los derechos del desarrollo del producto. El acuerdo de inversión le permitirá producir unos 10 aviones por mes. Antes sólo podía hacer uno cada dos meses. La meta: la exportación.
El problema para el renaciente sector de capitales para emprendedores no es entonces la falta de proyectos. Es otro. Para Donald Spero, ex director la escuela de emprendedores de la Universidad de Maryland, que participó del Foro. "El clásico inversor de capital de riesgo no invierte por ser una buena persona, ni a fondo perdido. Quiere tener muy en claro cuál es la puerta de salida; cómo y cuándo va a poder obtener rentas el capital invertido."
En el peor de los casos, el inversor puede llegar a tomar el control de la firma. "Si la empresa no muestra una performance satisfactoria, ellos, casi siempre, se guardan el derecho a desprenderse de los socios fundadores", concluye Spero.
Nick Voigt, coordinador de los programas globales de la Universidad de Georgia, agrega: "La pregunta que hay que hacerse es ¿se quiere levantar un proyecto de empresa para generar una propiedad o para, en caso necesario, venderla, y generar así riqueza?"
Altszul conoce el proceso: "Nuestro ángel me dijo una vez que el dolor de entregar el control de la compañía es inevitable, pero lo importante es lograr que ese momento llegue lo más tarde posible".
Tanto Voigt como Spero destacan, por ello, que la solución para conectar oferta con demanda en el renaciente mercado argentino de capitales emprendedores no es la del clásico inversor de capital de riesgo, sino la conexión y la creación de redes, de lo que se denomina hoy los "ángeles inversores" y -en su versión más pequeña- los "amigos de familia".
Estos son inversores no necesariamente conocidos que están dispuestos a invertir capital privado de forma individual para empujar un emprendimiento en su fase inicial. "Y eso es una labor que se tiene que dar en cooperación entre el sector público y el privado", dice Mario Quintana, de Pegasus.
Por Flavio Cannilla
Para LA NACION
