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La soprano argentina del futuro

La cantante sorprendió por la excelente interpretación que hizo en "La traviata"

Domingo 05 de diciembre de 2004

Una charla con Soledad de la Rosa permitió conocer el momento de felicidad que vive en su sencilla casa y los varios interrogantes que le han provocado sus estupendas actuaciones del año, en especial la de hace pocos días como protagonista de "La traviata", de Giuseppe Verdi, constituida en uno de los grandes éxitos de la temporada que finaliza.

Unas pocas palabras con ella nos descubrió a una mujer vital, de sólida formación musical e intelectual, inteligente, simpática, sincera, vivaz y sumamente realista.

-¿Solista, o hay que formar parte de un coro?

-El tema es complejo porque en primer lugar es económico. Uno necesita pagar el alquiler y obtener la tranquilidad de un ingreso todos los meses. No por tener la posibilidad de una carrera de solista uno tiene que vivir mal. Quiero, como cualquiera, vivir bien, sin apremios. Formando parte de un coro uno puede contar con esa tranquilidad, porque el sueldo me agrega, por ejemplo, cobertura social, aportes, en fin, tener una vida cómoda y sin sobresaltos.

-Sí, pero hay un aspecto de orden artístico que es incompatible con ser una gran coreuta o una gran solista.

- Sí, es cierto y muy tremendo, porque se complica mucho atender las dos cosas. Entonces uno se pasa haciendo malabarismos para cumplir y no caer en falta con el coro. Pero es inútil, uno a la larga tiene faltas y no es justo para con el coro.

-¿Es consciente de la calidad de su voz?

-Más o menos. Cuando me escucho en alguna grabación creo sentir una pérdida de ciertos armónicos, sobre todo en las grabaciones digitales y eso no me gusta. Entonces me sorprende que la gente cuando canto se enfervoriza y no puedo creer que sea por mi voz. Entonces me pregunto si será por otro motivo.

-Es verdad: además de su matizado y bello timbre, también sobresalen su musicalidad y su afinación.

-Bueno, no lo sé ciertamente. Acaso sea porque desde niña descubrieron que poseo oído absoluto.

-¡El mismo caso de la pianista venezolana Gabriela Montero!

-Sí. Esto me ayuda mucho para preparar las obras. Yo no necesito escuchar a la orquesta para afinar porque reconozco los sonidos que están escritos. Una ventaja que poseo desde chiquita. Ahora lo que más me emociona es contribuir a que la gente que no conoce mucho de ópera se me acerque y me diga, como me ha ocurrido muchas veces: "¡Qué bueno! ¡Me agradó tanto su canto que ahora descubrí la ópera!".

-¿Qué piensa de su actuación en "La traviata", que echó por tierra el criterio de los régisseurs que tratan la ópera como si fuera un exclusivo espectáculo visual?

-Fue un gran desafío. Si bien a mí me encantan los personajes líricos, incluyendo a muchos que tienen pasajes con coloratura, descubrí una faceta nueva que es toda la parte del dramatismo en la actuación, en el decir. Y estoy muy contenta de haber sido Violeta, incluso a pesar de mis kilos de más.

-Precisamente en el intervalo se escuchó afirmar a un amante de la ópera que al verla por primera vez pensó que no lo convencería, pero que a los pocos instantes la vio flaca y débil.

-Sí, pero quiero decir algo más. Hoy en día no se puede concebir en el arte lírico a un cantante que no sea actor. Porque el cantante es siempre un actor que canta. Y éste no es el concepto que existía hasta hace muy poco. Claro que sé muy bien que no es bueno estar con kilos de más, pero bueno..., ya adelgacé bastante y espero seguir de a poco, controlando que no se me afecte la voz.

-¿Hay muchos personajes wagnerianos a su disposición?

-No. Si bien canto en alemán sin ningún tipo de problemas, creo que hay un tiempo de evolución que uno debe cumplir. Tengo la experiencia de haber recibido ofrecimientos para cantar cualquier cosa, muchas veces para encarar roles inadecuados a mi tiempo, a mi edad y mi experiencia. En este sentido, se nota cierto desconocimiento de lo que es la evolución en el canto. Entonces me paso diciendo "no, ahora no", "dentro de diez años", "podría ser", "no lo sé". No hay que hacer esfuerzo, poner límites. Yo sé que mi voz sobrepasa con margen a la orquesta. Es por eso que me llaman y trato de poner límites. Trato de tener criterio: si tengo agudos, los uso; si la parte es central, pues bien, me concentro en ese detalle, y si hay algún sobreagudo, también. Claro que las obras con coloratura y sólo para el lucimiento no me parecen valiosas. Por ejemplo, al maestro Antonio Russo, más que mirarlo, lo intuyo. Me encanta trabajar con él porque se respeta la partitura, pero además él explica y descubre detalles que en general se dejan de lado, como cuando explicó en el final de Violeta, que su tos provocaba esos pequeños cortes rítmicos y que había que hacerlos más cortos. Tal fue mi sorpresa y agrado, que me mostró en toda su magnitud la genialidad de Verdi. En la propia partitura está el cómo decir ese momento y así con cada situación dramática.

-Su formación ha sido muy sólida. ¿Desde cuándo?

-Desde muy niña, cuando mis padres me hicieron amar la música y me llevaron al Colegio de Niños Cantores "Domenico Zipoli", de Córdoba, una gran institución donde me enseñaron música con disciplina y egresé como directora de coro. Tuve todas las materias imprescindibles para hacer música de verdad, incluyendo la materia de análisis morfológico. Después le debo mucho a mi primera maestra Esmilda Balbo; al tenor Paltrinieri, con el que estudié mucho, y cuando ya me vine a Buenos Aires, porque en Córdoba no había tanta actividad como para crecer, al maestro Reinaldo Censabella, excelente como profesor de repertorio.

-¿Y en el Instituto del Teatro Colón?

-No fue una experiencia buena. Casi perdí los agudos con un maestro seguramente equivocado.

Las palabras de Soledad de la Rosa de alguna manera reactiva la necesidad de efectuar una reválida de méritos en los planteles de profesores y en los métodos de enseñanza de una institución cuyos objetivos parecen distorsionados.

Juan Carlos Montero

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