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Editorial I

¿Para qué se educa?

Opinión

Los problemas que plantea la educación son analizados y debatidos casi a diario: se discute sobre los presupuestos educacionales; se interponen reclamos de carácter gremial; se debate la situación general de la infraestructura educacional; se intercambian ideas sobre el rumbo que debe tomar la enseñanza en los "tironeos" entre las demandas del humanismo científico y las postulaciones de la técnica. La educación es hoy el objeto de un debate tan intenso como cotidiano.

Sin embargo, no siempre se formula el interrogante que está en la base y en la esencia del hecho educativo: ¿cuál es el objetivo fundamental que debe cumplir la escuela? Dicho de otro modo: ¿para qué se educa?

A esta pregunta sustancial procuró responder días atrás el rector de la Universidad de Buenos Aires, Guillermo Jaim Etcheverry, durante una esclarecedora disertación que brindó en la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE). El titular de la UBA formuló una precisión de decisiva trascendencia: "Se educa para ser persona". A su juicio, ante el crecimiento desbordado de la "parafernalia tecnocrática", se corre el peligro de perder de vista lo esencial de la educación, que reside en la posibilidad de transmitir a las nuevas generaciones lo propio de la experiencia humana.

El rector hizo notar que en la crítica realidad social que afronta hoy el país las escuelas tienden a convertirse en "guarderías ilustradas", es decir, en ámbitos cuya misión es ofrecer a los chicos y a los jóvenes esa suerte de amparo material y afectivo que desde hace algún tiempo se identifica con una denominación omnipresente: la "contención".

Ahora bien, la función de los establecimientos educacionales, en rigor, no debería ser ésa. Las aulas no están hechas para "contener", sino para "hacer crecer". La función de las escuelas es transmitir conocimientos y, sobre todo, extraer de cada uno lo mejor, lo más valioso. La función esencial de la escuela es lograr que el alumno tenga una percepción clara y fuerte de lo que es capaz de llegar a ser como persona, como sujeto moral y cultural.

Según Jaim Etcheverry, uno de los rasgos negativos de la sociedad de nuestro tiempo reside en la tendencia cada vez más notoria a educar en la "cultura del poco esfuerzo". No sólo en nuestro país, sino en el mundo entero -dijo-, hay una evidente declinación de la disposición de las personas a progresar con sacrificio, a someterse a cualquier forma de autoexigencia. En los centros educacionales del mundo desciende cada vez más la vocación por el estudio de las ciencias exactas y eso se debe a que son las disciplinas que requieren un mayor esfuerzo de aprendizaje.

En el ámbito escolar, el concepto de autoridad parece haber entrado en crisis. Se pierde de vista el hecho básico de que el alumno está, por definición, en una posición cultural de desventaja respecto del educador. Parecería que la sociedad se niega a reconocer que la escuela impone una relación de asimetría entre el alumno y el maestro. Si suponemos que los jóvenes saben todo; si los miramos como sujetos culturales autosuficientes, conspiramos contra lo esencial del fenómeno educacional, frenamos la enseñanza.

Se ha perdido de vista la idea estratégica de que la escuela -como la familia- es un ámbito en el que "se juega el destino del ser humano". Se ha dejado de confiar en la importancia moral que reviste, por sí solo, el hecho de atreverse a enseñar algo. Los argentinos hemos dejado de percibir la importancia que tiene el conocimiento para el desarrollo de la sociedad.

Ha entrado en crisis la capacidad de comprensión de muchos jóvenes. Se está debilitando la tendencia a reconocer el valor insustituible de las realidades abstractas. Y se observa con creciente preocupación la falta de ese desarrollo intelectual que sólo la lectura permite.

El severo diagnóstico que formula Jaim Etcheverry nos conduce de manera natural a definir los caminos que debemos retomar para que la educación recupere toda su dignidad y todo su valor. Es necesario, en primer término, que los chicos y los jóvenes lean. Es indispensable, asimismo, jerarquizar nuevamente la imagen del maestro, volver a visualizar al educador como una de las figuras centrales de la sociedad. Los padres de familia cometen un grave error cuando se convierten en aliados de sus hijos para contradecir a los maestros e instalar el "facilismo" en las escuelas. Lamentablemente, muchos padres trabajan para derribar, en los colegios, las trabas o dificultades que se oponen a que sus chicos obtengan el título.

"La escuela media -afirma el rector de la UBA- se ha convertido, en muchos casos, en una gran preparación para el viaje de egresados". La sociedad debe entender que hace falta volcar en la educación un gran esfuerzo y que, desde el punto de mira del alumno, lo que se necesita es un gran esfuerzo personal. La concurrencia a la escuela no debe crear expectativas de pura diversión, como parece ocurrir en la actualidad.

La enriquecedora disertación del rector concluyó con ilustrativas consideraciones sobre la imperiosa necesidad de reforzar los presupuestos de la educación. Sus argumentos se fundaron en datos comparativos de impresionante contundencia acerca de los recursos con que cuentan las universidades argentinas y las de otros países. .

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