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Ola de violencia en Brasil

Narcotráfico, el poder paralelo en Río de Janeiro

El Mundo

La guerra de los carteles de las favelas agrava la inseguridad

RIO DE JANEIRO.- "¡Eso no es justo, eso no es honesto!", gritaba en el teléfono "Lulú", el jefe máximo del tráfico de drogas en Rocinha, la mayor favela carioca. Del otro lado de la línea había un policía. Según testigos que relataron a LA NACION el diálogo, se había acordado que los agentes subirían al morro, "encontrarían" armas y drogas y bajarían triunfantes ante la prensa, para luego devolver a los traficantes las armas y las drogas. Pero los policías pretendían un pago extra para devolver el botín y Lulú, que a principios de este año fue muerto por la policía, se sentía traicionado.

El episodio parece confirmar lo que sostiene el sociólogo Luiz Eduardo Soares, ex secretario de Seguridad Pública de Río de Janeiro y posteriormente del gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva: "En los últimos años, siempre que hay paz en Río, es una paz falsa. Simplemente, quiere decir que el narcotráfico está funcionando bien, sin conflictos. Cuando algo afecta esa operación comercial, el caos estalla".

Río de Janeiro está sufriendo uno de los esporádicos estallidos de violencia que tienen como centro los morros ubicados en medio de la ciudad. La crisis que vive actualmente se debe a una feroz y sangrienta guerra de poder entre los traficantes de la favela Rocinha y los de la favela Vidigal.

Los traficantes de Rocinha, integrantes de la facción Amigos de los Amigos, ya dominan el 50% de Vidigal, pero incluso las autoridades policiales admiten que no habrá paz hasta que no tomen la favela por completo.

El diálogo entre el traficante y el policía, que simboliza una situación que ocurre en mayor o menor grado en buena parte de las 800 favelas de Río de Janeiro, en las que habita un millón de personas -un quinto de la población-, representa la tragedia que vive nada menos que el segundo mayor Estado del país, que hasta la década del 50 fue la capital brasileña.

Son décadas de ausencia o negligencia del Estado en los morros; el surgimiento de un narcotráfico organizado y fuertemente armado, y una estrategia policial que en lugar de combatir el problema, terminó integrándose a él. La llegada esporádica de fuerzas del ejército, la primera vez en 1992, nunca logró frenar el crecimiento del problema.

Las cifras de violencia de la cidade maravilhosa de Río de Janeiro son impresionantes: sólo el 2003 se denunciaron 3470 homicidios, más de 9 por día, y 80.506 robos, casi 10 por hora. La tasa de resolución de la investigación de los homicidios: menos del 7 por ciento.

Hoy, el "poder paralelo" del narcotráfico está dividido y se lo disputan tres facciones rivales: Comando Vermelho (CV), Terceiro Comando (TC) y Amigos de los Amigos (AdA). Al ingresar en cualquier favela es posible saber rápidamente quién manda en ese lugar con sólo observar las siglas en las paredes, demarcando el territorio.

Letras de rap y de funk, cantadas en los bailes organizados por el narcotráfico en cada lugar, también ayudan a identificar a quién "pertenece" la región: "Comando Vermelho faz Manguinhos muito feliz/ Muita maconha e muito haxixe" (Comando Vermelho hace a la favela de Manguinhos muy feliz/mucha marihuana, mucho hachís).

El rapper Mr. Catra, que dice no hacer apología de la violencia sino sólo retratar la realidad de la favela carioca, canta: "Material bélico, mi hermano, es 100% granadas, G-3, Uzi, Para, Sig y AK-47", prácticamente un catálogo del armamento disponible en casi todas las zonas pobres cariocas.

A comienzos de este año la policía encontró incluso minas antipersonales, usadas exclusivamente en zonas de guerra y condenadas a nivel mundial.

El impacto económico

En las comunidades necesitadas en las que domina, el narcotráfico también marca el ritmo económico del lugar. "Desde que comenzó la guerra entre Rocinha y Vidigal, el movimiento de los comercios cayó entre 40% y 60%", contó a LA NACION Dante Quinterno, presidente de la TV por cable TV Roc -la TV de la Rocinha, asentamiento con casi 200.000 habitantes-, y nieto del famoso dibujante argentino Dante Quinterno, creador de Patoruzú.

Según Quinterno, cuyo negocio depende de una negociación constante con todos los lados del conflicto, incluyendo la policía, "cada vez que va a haber luna llena, ya se sabe que va a ser una noche de muchos tiros. La luz de la luna facilita los ataques y las incursiones de un lado al otro".

Para Marcelo Itagiba, secretario de Seguridad Pública del estado de Río de Janeiro, el problema de la violencia en Río de Janeiro "es crónico y tiene más de 20 años". Según le dijo Itagiba al diario Folha de São Paulo, los episodios de violencia que está viviendo hoy Río de Janeiro responden a la desestructuración de las bandas por parte de la policía.

"Hasta que se restablece el poder, uno le crea un perjuicio a la organización. Eso empuja a una horda de «soldados» de los grupos a enfrentarse unos con los otros. Al jefe uno lo detiene mediante inteligencia, pero el «soldado» tiene que combatir."

¿Por qué el tráfico de drogas, que existe en todo el mundo, derivó en Río de Janeiro en la construcción de un imperio de armamento y muertes que paraliza toda una ciudad?

El sociólogo Soares, investigador del fenómeno, dice que es necesario recapitular para entender lo que ocurre actualmente.

"Históricamente había una especie de aislamiento de la favela: el morro era una cosa; el resto de la ciudad, otra. Esto, con el tiempo, resultó imposible en una sociedad de masas. Cuando la violencia comenzó a llegar a la ciudad, dos décadas atrás, se les empieza a dar a los policías una especie de licencia para matar", relató.

Durante la década del 90, el general Nilton Cerqueira, que conducía la política de seguridad del municipio, había creado el "premio Far West" para policías. "Consistía en una especie de bonificación salarial por cada delincuente eliminado. Al autorizar la eliminación, también se le confiere al policía la posibilidad de no matar. Entonces, al tener ambas opciones, muchos agentes pasaron a negociar con el traficante".

Según Soares, a medida que el sistema avanza, se organiza: la favela Rocinha ya factura 5 millones de dólares por mes.

"Los policías incluso empezaron a alquilar casas para trasladar clandestinamente a los traficantes que detenían, y negociaban su liberación a cambio de dinero. La tercera etapa era, en términos del pensador Max Webber, la de la racionalización: como se volvía complicado detener, alquilar casas, negociar rescates, etc., se pasó a hacer un arreglo general. Ese arreglo al que se llega es el que permite la entrada a las favelas de toneladas de drogas y armas", afirma Soares.

Cuando la situación llegó a ese punto, la relación se volvió comercial. Lulú, el traficante que comandó durante ocho años el narcotráfico en la favela de Rocinha hasta comienzos de este año, le pagaba, según Soares, 1000 reales por día a cada agente que hacía la ronda en la favela.

El poder de fuego de la criminalidad de Río de Janeiro comenzó a crecer cuando el narcotráfico estableció las "bocas de fumo" de las favelas, aprovechando la brecha dejada por el Estado, no sólo en cuanto a ausencia de seguridad, sino también en la provisión de mano de obra barata compuesta por jóvenes sin acceso a educación y trabajo.

"A medida que las bocas de fumo comienzan a producir mucho dinero, se vuelven motivo de codicia y necesitan ser defendidas de otros grupos rivales. Para eso, son necesarias las armas, y eso comienza a generar una competencia entre grupos para adquirir cada vez más armas y con más poder de fuego", explicó el sociólogo. Se compran muchas más armas de las que se necesitan, sólo por ostentación.

En las favelas se han encontrado verdaderos arsenales: bazucas antitanque, fusiles AR-15, AK-47, FAL y granadas argentinas, de Fabricaciones Militares, que llegan contrabandeadas desde Paraguay, y hasta minas terrestres, compradas a los militares.

Tantas armas, y con tanto poder de fuego, muchas veces no llegan a ser usadas, lo que genera, en términos económicos, un "capital ocioso". Así, las armas terminan siendo ofrecidas en leasing o alquiler: quien quiera usarlas, paga con un porcentaje de lo que consiga con su utilización en asaltos, secuestros, etc. Al final, la ciudad queda inundada de armas, y para muchos jóvenes de las favelas, sin perspectivas, las armas empiezan a ser una forma de aumentar la autoestima. Y ése es el final de la historia: violencia generalizada, caos y cifras de homicidio propias de un país en guerra civil. .

Por Luis Esnal Corresponsal en Brasil
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