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Para qué quiere Kirchner amigos como Castro

Por Carlos A. Montaner Para LA NACION

Sábado 18 de diciembre de 2004

MADRID.- Les ocurre a todos los recién llegados a la Casa de Gobierno. El presidente Néstor Kirchner está aprendiendo lo difícil que resulta ser amigo de Fidel Castro, a menos de que se adopte una actitud de total incondicionalidad. Decepción que, en su momento, también sufrieron Felipe González, Carlos Andrés Pérez, Vicente Fox y cuanto gobernante se ha acercado al dictador con el ánimo cordial de mantener una buena relación con su gobierno.

El asunto parecía muy sencillo: en Buenos Aires vive el médico de origen cubano Roberto Quiñones, casado con la ciudadana argentina Verónica Scarpatti, con quien ha tenido dos hijos, Roberto Carlos y Juan Pablo, de nueve y tres años, respectivamente. Los niños no conocían a su abuela Hilda Molina, una eminente neurocirujana cubana de 61 años, ex directora del Centro Internacional de Restauración Neurológica de Cuba (Ciren), de donde se retiró hace una década por discrepancias ideológicas y éticas con el régimen de Fidel Castro. La doctora Molina había sido miembro del Parlamento cubano.

Como millones de cubanos, Hilda había perdido todas sus ilusiones con el comunismo, pero tal vez le repugnaban aún más los injertos de tejidos de fetos en los cerebros de extranjeros enfermos de Parkinson que pagaban en dólares por el dudoso tratamiento.

Otro médico, el doctor Antonio Guedes, había denunciado desde el exilio que, cuando en el Ciren necesitaban tejidos con urgencia, en algún centro de ginecología se engañaba a mujeres embarazadas, haciéndoles creer que el hijo que llevaban en el vientre tenía alguna grave malformación, para practicarle un aborto que proporcionara de inmediato ese material. La doctora Molina se negó a condonar semejante monstruosidad.

En todo caso, cuando el presidente Kirchner y su canciller Rafael Bielsa, de la mano de Alicia Oliveira, subsecretaria de Derechos Humanos de la Nación, supieron que había dos niños argentinos que querían conocer a su abuela cubana, pensaron que era una causa noble e hicieron gestiones para que el gobierno cubano permitiera esa ansiada reunión familiar. ¿Cómo Castro iba a oponerse a que una abuela se reuniera con sus dos inocentes nietos?

Ante el silencio de Castro, Kirchner le envió una carta emotiva, en la que subrayaba el aspecto humano de este pequeño conflicto. Estaba seguro de que el Comandante entendería sus razones y atendería su petición.

Al fin y al cabo, su gobierno, alejándose de la conducta de las grandes democracias del mundo -toda Europa, Estados Unidos, Canadá-, se había abstenido de condenar a Cuba ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, revirtiendo una política trazada por el presidente Menem y seguida por su sucesor De la Rúa.

No es que Kirchner o Bielsa ignoraran que en Cuba, como en todas las dictaduras comunistas, se violan flagrantemente los derechos humanos, sino que prefirieron renunciar a los principios a cambio de tener buenas relaciones con La Habana.

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¿Por qué Castro, aunque fuera por cálculo político, no recompensaba el gesto de Kirchner y permitía la salida de la doctora Molina? Dos son las razones que explican esta terquedad, y vale la pena explicarlas, porque ejemplifican con toda claridad la naturaleza de la dictadura más larga que registra la historia escrita del hombre: por ahora, casi cuarenta y seis años de ininterrumpida mano dura.

La primera tiene que ver con la manera con que Castro se relaciona con Cuba y con los cubanos. El país y sus once millones de ciudadanos son su patrimonio particular. Le pertenecen.

El -no el Partido Comunista, no el gobierno- decide si durante quince años los cubanos deben pelear en guerras africanas, participar en aventuras intervencionistas en cincuenta países, la Argentina incluida, o enviar quince mil médicos y otros tantos policías a Venezuela a consolidar el poder de un satélite lleno de petróleo.

El, nadie más, decidió convertir a Cuba en un eslabón del imperio soviético, y cuando ese experimento, felizmente, se deshizo, él, contra el criterio de miles de sus partidarios y las esperanzas de todo el país, se negó a buscar una salida política y un tránsito hacia la democracia que permitiera que los cubanos abandonaran la miseria y la opresión en la que viven. Hilda Molina, sencillamente, es uno de esos once millones de juguetes que él tiene en el cajón para jugar cuando y como le da su augusta gana.

La segunda razón -según médicos del Ciren- es más íntima y secreta: Hilda Molina, debido a su especialidad, probablemente sabe algo muy incómodo de la deteriorada salud mental de Castro, quien sufrió el primer espasmo cerebral en 1989, punto de partida de una creciente decrepitud que ya no hay forma de esconder o disfrazar: olvidos, repeticiones inmediatas, incoherencias, "ausencias", gesticulaciones extemporáneas, ataques de ira y otras manifestaciones de senilidad progresiva que tiene angustiada a toda una estructura de poder incapaz de colocarle una camisa de fuerza o de hacer otra cosa que no sea aplaudir y asentir con una mueca risueña.

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Este triste episodio debe servirle al gobierno argentino para entender que es imposible tener aliados arbitrarios e irracionales. Además, ¿por qué hacer ese sacrificio inútil?

Durante casi medio siglo, el gobierno de Castro ha perjudicado a los argentinos como ningún otro del mundo. En los años sesenta, envió guerrillas y "lavó" dinero de secuestros; en los setenta, se alió con los militares en el terreno diplomático para bloquear las denuncias de los demócratas de la oposición; en los ochenta, financió, armó y adiestró a los atacantes del Regimiento de Infantería Mecanizada de La Tablada, en el momento más frágil de la recuperación de las libertades; en los noventa, insultó sin el menor decoro a los dos presidentes electos del país.

Y durante casi todo ese período, claro, acumuló una deuda de mil quinientos millones de dólares que ni paga ni piensa pagar. Francamente, averiguar por qué el presidente Kirchner quiere ser amigo de un personaje con esta conducta es un misterio absolutamente insondable.

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