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La declaración de los deberes humanos

Jueves 30 de diciembre de 2004

Quizá dentro de algunas centurias cause asombro que, al promediar el siglo XX, los países que componían las Naciones Unidas hubieran firmado una declaración de los derechos humanos. El documento, aprobado el 10 de diciembre de 1948, proclama los derechos civiles, económicos, sociales y políticos de “todos los miembros de la familia humana”.

Acaso los habitantes de ese futuro hipotético se pregunten por qué, al cabo de casi dos mil años de civilización cristiana y occidental y de muchos más de otras culturas, las personas tuvieron que recordarse a sí mismas que el solo hecho de nacer como tales las hacía acreedoras a una serie de prerrogativas vinculadas con la dignidad, la compasión, el respeto, la aceptación, la solidaridad. Con el concepto mismo de vida, en fin.

Los adultos de hoy, los que ya atravesamos la línea media de la vida, somos la primera generación de nuestra especie que vive bajo la cobertura de la Declaración de Derechos Humanos. Y en estos primeros años del siglo XXI la reivindicación de esos derechos parece cobrar una potencia y una perseverancia confirmatorias.

Esto se ve en el mundo y se vive de manera palpable en nuestra propia vida cotidiana. El trabajo, la alimentación, el voto, la educación, la salud, el salario, la antigüedad, la indemnización, la identidad de género, la sexualidad, la identidad, la paternidad, el propio origen familiar, la información en todos los campos y en todas las formas, la libertad, el libre desplazamiento y un número creciente e indeterminado de tópicos son invocados, con razón, como materia de derechos.

Asombra, de veras, la cantidad de derechos que pueden ser reivindicados. Y asombra también que durante tanto tiempo y en tantas sociedades (en muchas, lamentablemente, aún hoy) no hayan sido considerados, nombrados, exigidos ni, mucho menos, respetados. Sin embargo, hay en esta cuestión un aspecto paradójico e inquietante. Por una parte, la reivindicación y defensa de los derechos humanos nos conecta con nuestra condición humana, con la dignidad de esta condición. Por otro lado, de la manera en que dicha reivindicación tiende cada vez más a expresarse, nos disocia de un aspecto esencial de lo humano.

Quizá la conciencia humana alcance su más alto grado de expansión y de expresión cuando cada uno de nosotros pueda sentirse parte de un todo, antes que un todo entre partes sueltas. Cuando la hoja de un árbol cae, en el otoño, el árbol permanece. Sin la hoja, el árbol no hubiera sido el que es. Al morir la hoja, cesa una forma del árbol, pero no el árbol. ¿Qué es el árbol? ¿Su tronco, sus ramas, sus hojas, sus raíces? Es cada una esas cosas. Es todas. No es ninguna de ellas. Es el conjunto. Es imposible que una de todas esas partes se vea afectada sin que sea el árbol el perjudicado. Cuando una hoja enferma, el árbol está enfermo. Cuando un fruto se gesta, es el árbol el que brota. El vigor llega desde sus raíces; cuando es debilitado, ellas mueren.

El árbol no necesita aprender esto. Está en su semilla. Jamás una hoja conspira contra el árbol en nombre de su derecho al verdor perenne. Ni un tronco se desentiende de las ramas en nombre de su derecho a no ser sobrecargado. Ni una raíz se desprende del resto por su derecho a enterrarse a gusto. Hay una sabiduría, por llamarla así, secreta y natural que hace a la armonía del árbol. Cada una de sus partes es el todo y el todo es más que la suma de las partes.

En nuestros días y en nuestra sociedad, veo una tendencia creciente a invocar derechos como derechos de parte. Hay un creciente desinterés por cómo afecta esa invocación al resto del cuerpo social o de la comunidad humana, según, los medios que se utilicen. Los derechos de parte empiezan a prevalecer sobre los derechos del todo, con la creencia de que las prerrogativas de la parte que reclama son más importantes y prioritarias que las de otras ramas del mismo árbol. Si para lograr la reivindicación, otras ramas, la raíz o el mismo tronco se ven perjudicados, poco importa. A la hoja deja de importarle la rama, a la rama no le importa el tronco. Lo que en el árbol natural es sabiduría, en el árbol social es ignorancia. Como si se pudiera ser una hoja sana en un follaje enfermo.

La ciudad es paralizada por quienes reclaman sus derechos negando los de otros (a viajar, a comunicarse, a trabajar). Quienes gobiernan, piensan: “Este reclamo no es contra nosotros; es contra los empleadores”. El tronco del Gobierno se cree parte de otro árbol. Un sector de la sociedad se siente ofendido por una muestra plástica. Un funcionario, responsable de la muestra, dice: “No tengo que pedir perdón, porque no ofendí”. Una hoja del mismo árbol dijo: “Me ofendes”, pero él no la escucha. Cree que sólo lastima cuando él considera que ofende, no cuando el ofendido reclama. Trabajadores que invocan un derecho queman basura, contaminan la ciudad, enferman a sus habitantes. No se creen parte del mismo árbol, no recuerdan que respiran el mismo aire que envenenan.

Esto se multiplica hasta el infinito cuando en una sociedad la palabra “derecho” habilita para cualquier conducta y cualquier método. Pero ocurre que esa palabra forma parte de un árbol en el cual florecen también los deberes.

¿De quién se pide, en definitiva, el respeto de los derechos que invocamos? De los demás. ¿Con quién tenemos deberes? Con los demás. Ese es el costo del beneficio de vivir entre otros seres humanos. Que es, por otra parte, el único modo en que un ser humano puede vivir y trascender. Jean Daniel, un maestro del periodismo y del pensamiento contemporáneo, fundador de Le Nouvel Observateur y compañero de ideas y experiencias de Albert Camus, decía hace poco, a sus lúcidos y vigentes 84 años, que, en una sociedad democrática, los ciudadanos tienen más deberes que derechos y que recordarlo garantiza el desarrollo y la supervivencia de esa sociedad. Por su parte, el filósofo y novelista Jostein Gardner, autor de la ejemplar Historia de Sofía, preguntaba recientemente si, así como el siglo XX fue el de los derechos humanos, no debería ser el siglo XXI aquel en el cual se proclame la Declaración de los Deberes Humanos.

Acaso sea así y acaso sea urgente. Abundan los deberes olvidados o eludidos. Tienen nombres como empatía, solidaridad, aceptación, respeto, constancia, responsabilidad, compasión, presencia, ánimo de escuchar, honestidad, austeridad. Hay muchos más. Detrás de cada derecho que invocamos hay un deber. O más de uno. Y el primer deber es recordarlo. En nombre de la salud del árbol que componemos. Y de su supervivencia.

Sergio Sinay es autor de Vivir de a dos, Las condiciones del Buen Amor y Ser padre es cosa de hombres, entre otras obras.

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