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Lunes 13.10.2008 (actualizado hace 1370 días)
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“No creo que haya guerras de religión, ni que vaya a haberlas”

Así lo afirma el cardenal Jorge Mejía
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Miércoles 12 de enero de 2005 | Publicado en edición impresa 

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“No creo que haya guerras de religión, ni que vaya a haberlas”"El Opus Dei, ahora y desde hace ya bastante tiempo, no tiene prejuicios excluyentes", opina Mejía  Foto: Archivo

ROMA.– A pesar de los graves conflictos que existen entre lo occidental y lo oriental, el cardenal Jorge Mejía desestima que el mundo se encamine hacia una guerra religiosa.

Nacido en Buenos Aires en 1923, Mejía ha sido profesor y director de la revista Criterio y participó en el Concilio Vaticano II. Fue secretario del Departamento de Ecumenismo del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) hasta que fue nombrado secretario de la comisión para las relaciones religiosas con los judíos. También fue vicepresidente de la comisión Justicia y Paz a partir de 1986. Desde 1998 hasta su jubilación fue director de la Biblioteca Apostólica y del archivo secreto vaticano.

El cardenal Mejía fue compañero de estudios de Juan Pablo II, con el que mantiene una relación personal. Con casi 82 años, conserva una memoria y una agilidad mental envidiables que, unidas a su cultura y un sutil sentido del humor, vuelven estimulante todaconversación con él.

–La Iglesia tiene una tradición de mediar ante la perspectiva de conflictos. En el reciente caso de Irak, hasta último momento Juan Pablo II intentó evitar la guerra. Parecía que el viaje del cardenal Etchegaray iba a dar resultado pero fue en vano. ¿A qué lo atribuye?

–El Papa no mandó sólo a Etchegaray a hablar con Saddam Hussein. También mandó a Laghi a hablar con Bush. Y no fue una mediación porque la mediación es una cosa muy concreta, jurídicamente, sino un empeño por la paz. La Iglesia trata de que los conflictos entre las naciones no se resuelvan con las armas sino que prevalezcan medios más adecuados. No había una guerra entre Irak y los Estados Unidos sino un proyecto del Bush de cambiar la situación de un país con la violencia. Una situa ción que ellos habían construido, porque ahora está claro, y lo estaba desde el principio, que las famosas armas de destrucción masiva no existían.

–¿Por qué la Iglesia no tuvo éxito?

–Había una decisión ya tomada de resolver esa situación con la fuerza. El Papa no fracasó, sino que no consiguió detener semejante proyecto, a pesar de que con él había una serie de naciones. Francia se opuso a la guerra, Alemania también…

–Durante el conflicto del Beagle la mediación papal sí dio buenos resultados.

–La Santa Sede siempre prefirió excluir el término "mediación". Fue simplemente una manera de obtener que las dos partes negociaran directamente.

–¿Usted cree que fue porque ambos países eran católicos o porque hace 20 años la Iglesia tenía mayor influencia política?

–La razón es que, en aquel momento y en aquel lugar, América latina, la Santa Sede gozaba de enorme autoridad. Cuando el nuncio Pío Laghi, que estaba en Buenos Aires, le sugirió al nuncio en Chile que interviniera la Santa Sede, éste habló con el gobierno chileno y estuvieron de acuerdo. No hubo que convencer a nadie. El éxito se debió al respeto del cual gozaba, y creo que del que goza todavía, la Santa Sede en esa parte del mundo. Mucho más del que goza en los Estados Unidos y, me temo, en Europa, a pesar del enorme prestigio personal del Papa.

–En los últimos años, algunas comunidades de inspiración católica han tomado un papel más activo en la mediación internacional. Es el caso de la Comunidad de Sant’Egidio. ¿Esos éxitos se deben al corte católico de estas comunidades o a la habilidad individual de sus miembros?

–A las dos cosas. La comunidad de Sant’Egidio nace por otros motivos, pero a raíz de las relaciones que hicieron en las grandes reuniones que organizan se dieron cuenta de que podían intervenir en algunas cuestiones. El primer ensayo fue el de Mozambique, que salió bien. Otros no han salido bien, como el de Argelia, pero eso no los ha paralizado.

–Durante muchos años usted ha sido secretario de la comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con los judíos y ha vivido y viajado extensamente por Medio Oriente. ¿Qué soluciones ve para la cuestión de Israel y los palestinos?

–La única vía posible es una negociación bilateral en la cual cada una de las partes esté dispuesta a renunciar a algo, como sucede en toda negociación. Las renuncias, en este caso, son sumamente duras y difíciles.

–La idea de un Estado palestino ha sido rechazada por Israel. ¿Palestina tendría que renunciar a ser un Estado?

–Eso es imposible ¿Qué hacen si no tienen un Estado?

–¿Se convertirían en ciudadanos de segunda categoría?

–Exacto. Creo que los israelíes están cada vez más convencidos de que hay que encontrar una salida para que ese grupo humano tenga un estatuto internacional garantizado, o sea, un Estado. He oído decir a amigos judíos que eso es inevitable. Al gobierno le gustará o no, pero hay que encontrar una manera de que se realice. La cuestión es cuáles serán los límites, hasta dónde va a renunciar Israel a las colonias.

–Después del 11 de septiembre del 2001 se avivó el peligro de un choque de civilizaciones. ¿Cómo evitar que esta lucha sea vista como una guerra de religión?

–Yo no hablaría de un conflicto de civilizaciones, porque el estado en que el mundo se ve a sí mismo tiene demasiados puntos en común para que ésa sea la razón de un conflicto. Hay una reacción en quienes no quieren ser nivelados totalmente con lo que podemos llamar occidental, pero que yo llamaría más bien consumista, secular y ajeno a toda dimensión religiosa. Por eso uno de los eslóganes de la "otra parte del mundo", si lo dividimos así, es que Occidente está totalmente corrompido. Por su lado, la parte, digamos, norteamericana llama Satanás a la otra. No habiendo, me parece, la perspectiva inmediata de una guerra de civilizaciones, hay, sin embargo, momentos muy serios de conflicto. ¿Cómo entraron las religiones en esto? En el lado oriental, si usamos ese término aunque sea inadecuado, lo religioso importa mucho más que en la otra parte. A pesar de que todo el mundo esté muy secularizado, basta ir a China, a Japón o a la India para ver que la realidad religiosa tiene una presencia pública y social que lo cristiano tiene cada vez menos en Occidente. Esto último hace difícil una guerra de religión. Dicho esto, no cabe duda de que hay elementos religiosos en el conflicto. Del lado occidental, por suerte no se está usando la frase: "Defendemos una civilización cristiana" o, por lo menos, yo no la he escuchado. Esto se oía en la Argentina durante los gobiernos militares, que decían: "Nosotros somos el Occidente cristiano", cosa que siempre he criticado. De modo que no, guerras de religión como tales, como las que hubo en Europa después de la Reforma, hasta la Paz de Westfalia, no hay, ni creo que vaya a haber. Ni tampoco creo que el islam decida, en nombre del Profeta, invadir Occidente.

–Entonces usted no considera que la Iglesia esté bajo un ataque del islam.

–No. Con todo, no se puede olvidar que el primer ataque contra el Papa, un ataque terrorista, vino de esa parte del mundo.

–Llevado a cabo por un turco…

–El señor Agca es musulmán. Qué hubo detrás no se sabrá nunca con precisión. Yo creo que el Papa lo sabe, y posiblemente lo va a dejar escrito.

–En la Constitución de la Unión Europea, tras muchos esfuerzos de la Santa Sede, se decidió no incluir la mención de las "comunes raíces cristianas" del continente.

–Muchos en la convención hubieran querido una referencia a las raíces cristianas. De hecho, se progresó, porque primero no había nada; luego hubo una referencia a los acuerdos que los diferentes países tienen con las instituciones religiosas y se nombraron las iglesias cristianas. Después hubo otro progreso: que se hablara en general de "los orígenes culturales y religiosos", aunque sin llegar a lo cristiano. De modo que no se trataba de una neta oposición en todo. ¿Por qué no salió lo cristiano? Entre otras cosas, porque algunos no lo consideraban importante y no veían por qué tenía que haber una referencia especial. Otro punto es que la mención de las raíces cristianas podría haber sido vista como un límite a la libertad de los organismos decisivos para resolver cosas que el cristianismo, y sobre todo el catolicismo, no aceptan. Las uniones homosexuales, por ejemplo, o la libertad absoluta en la intervención en la procreación, con la consecuente muerte de los embriones, o la cuestión del aborto. Yo mismo pensaba que, de haberse nombrado las raíces cristianas, pero con todas estas posibilidades abiertas, se hubiera creado una situación equívoca, por no decir hipócrita.

–A la vez, se le está abriendo el camino a la entrada de Turquía en la UE…

–También eso podría crear un problema, aunque Turquía está construida sobre la civilización bizantina, de la cual quedan rastros.

–A partir de los años 70 la Iglesia incorporó también comunidades y grupos de "izquierda católica"…

–¿Incorporar? Podemos decir que surgieron, pero fueron muy resistidos.

–Lo que quiero decir es que hoy en día parecen estar tomando pie las agrupaciones más conservadoras, como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo.

–El Opus Dei, ahora y desde hace ya bastante tiempo, no tiene prejuicios excluyentes.

–¿Y los Legionarios de Cristo?

–Son una cosa muy especial, y sobre todo los daña el nombre, porque da la impresión de una cosa militante. Ahora bien: hay que entender de dónde viene este nombre. Conozco al fundador, pues fuimos compañeros acá cuando éramos estudiantes. Ellos vienen de la guerra contra la Iglesia en México, que se volvió muy militante, hasta el punto de que algunas personas pensaron que se exageraba. Me refiero a los famosos cristeros. Ahora, que se los pueda considerar del todo conservadores, ¿qué significa eso? Yo diría que están muy convencidos de su importancia, no sin motivos, pues tienen muchísima gente y muchísimas instituciones. Algunos dicen que lo que les importa es el poder, pero creo que se exagera.

–¿No cree que esto podría alejar de la Iglesia a los católicos más moderados?

–Puede crear dificultades, pero alejarlos no. Además, se puede decir que si algunos se alejan, otros se acercan. Por ejemplo, ahora el Opus Dei acaba de organizar en su facultad de medicina de Roma un diálogo nada menos que con los hombres de ciencia israelíes sobre los temas más delicados, o sea, sobre la intervención en la procreación, sobre el aborto y sobre la eutanasia. Y la cosa ha salido bien.

–En el pasado, los jesuitas eran los educadores por excelencia de la Iglesia. Hoy, el Opus Dei y los Legionarios de Cristo parecen estar tomando ese papel. ¿Esto podría llevar a una Iglesia mucho más conservadora que la de hoy?

–Yo preguntaría qué significa una "Iglesia conservadora", qué conceptos se esconden detrás de ese término…

–Un catolicismo menos abierto…

–¿Abierto a qué? ¿Abierto al mundo? Cuando los jesuitas educaban al mundo, el tema era la Reforma protestante, y los temas que ésta había traído a Europa, pero sobre todo a América latina. Eso hizo bien. Educaron a gente que sería más o menos "cerrada", si usamos esa expresión, pero que eran cristianos de veras. Por lo menos, hasta un cierto momento. El Opus Dei y los Legionarios tienen universidades de muy buen nivel. Que creen gente menos abierta es un peligro que existe, pero siempre hay que ver qué significa eso…

–A mucha gente, organizaciones como el Opus Dei o los Legionarios de Cristo le inspiran cierta desconfianza. Según el libro "Voto de silencio" (J. Berry y G. Renner), los legionarios hacen la promesa de no criticar a su orden y denunciar a los que lo hacen. ¿No le parece que este tipo de obligaciones pueden inducir a pensar mal?

–Lo primero es ver si eso es verdad. Canónicamente sería muy difícil admitir un voto de ese tipo.

–No sería un voto, sino una promesa.

–Una promesa es más posible, pero aun así… Toda comunidad trata de defender su propia identidad, eso es bastante lógico, ¿no? Pero hay que ver cuáles son los límites. Y si eso, en ciertas circunstancias, no es útil u oportuno. No digo necesario. Pero cuando la Iglesia es atacada, tiende a asentar sus defensas. Lo que me parece más importante en todo esto es que todas esas nuevas comunidades tienen un primer principio, que es la fidelidad al Papa. La personalidad del Papa es de extraordinaria apertura, y eso hace que ninguna de estas comunidades admita, o pueda admitir como principio, un "nosotros eso lo excluimos".

–Hace instantes usted mencionó la ciencia. La Iglesia tiene posiciones opuestas a la comunidad científica internacional: la investigación genética, el uso de embriones... ¿Cuánto puede la Iglesia seguir diciendo no a un progreso que sigue adelante?

–La Iglesia no le dice no al progreso. Le dice no a un cierto tipo de aplicación de la ciencia, y no al estudio. Esa aplicación es la que no tiene en cuenta la estructura natural y constitutiva del ser humano y sus actividades. Ese es el problema, y ahí no se va a decir nunca que sí, porque no se puede negar lo que es la defensa del hombre mismo. Si la Iglesia se opone al aborto es porque se opone a que se mate gente. Se puede decir: "¿Quién sabe si el feto es un ser humano?". En eso, la ciencia dirá que sí o que no, y la cosa está muy discutida. Pero matando un feto se mata a un ser futuro, o a un ser actual. Y a eso nunca se le va a decir que sí, porque está el quinto mandamiento en contra. Lo mismo pasa con la eutanasia: a nadie le corresponde decidir la muerte de las personas, porque la vida de las personas depende de Dios y de la persona misma, conforme a la ley de Dios, no conforme a su propio gusto y decisión. El límite no es la ciencia y su progreso; el límite es otra cosa, superior a la ciencia y que está más allá de la ciencia. En eso nunca se va a volver atrás, ni se ha vuelto atrás, que yo sepa...

–Pero ¿no cree que así la Iglesia se va a alejar del mundo real y va a terminar perdiendo influencia sobre las personas?

–¿Por qué no lo decimos al revés: que es el mundo real el que se aleja de la verdad que la Iglesia representa, que eso aleja a las personas? Aleja a algunas personas, pero le da la posibilidad a otras de reconocerse como lo que son.

–Muchas personas se definen hoy como cristianas, pero no comparten ciertos artículos de fe, como el infierno, la vida eterna o, en lo más práctico, la necesidad de una anulación para volver a casarse. ¿Cómo definiría usted a estos neocristianos ?

–O se es cristiano o no se es. Ese es el primer principio. Si se es cristiano, se aceptan una fe, una disciplina y unos sacramentos determinados, no porque sean una imposición, sino porque esto pertenece a la propia decisión interior. Con todo, la Iglesia tiene una vocación necesaria y constitutiva de misericordia y no echa a la gente si no cuando no hay más remedio.

–Durante su gestión como bibliotecario apostólico y jefe del archivo secreto vaticano usted le dio mucha importancia a la incorporación y uso de la tecnología y de Internet. ¿Cree positivo el hecho de que más y más personas tengan acceso a tanta información sin restricciones?

–No hay ningún medio para impedirlo. En Internet sale cualquier cosa. No hay que creer que la infusión masiva de conocimientos e información vuelva a la gente necesariamente mejor. Esa es una ilusión iluminista, aunque tiene un elemento verdadero, o sea que es mejor que la gente no sea ignorante. Creo que hoy la gente está indigestada de información y ya no es capaz de discernir qué está bien y qué está mal en la información que se le da.

–Están de moda las novelas de suspenso inspiradas en temas esotéricos y sociedades secretas, como "El código Da Vinci" y otros. ¿A qué atribuye este interés?

–Ese libro es una sucesión de cuentos chinos y, posiblemente, además, un mediocre plagio. Por eso no pienso perder mi tiempo leyéndolo. Ahora, ¿por qué a la gente le interesa lo esotérico? Porque el ser humano tiene una cierta curiosidad, que se puede calificar de malsana, por todo lo que es extraño, fuera del horizonte normal, y que a la vez teme, aunque le atrae. Esta es una actitud psicológica conocida, que creo que está presente desde que empieza este mundo. Lo que pasa en el pecado original es exactamente eso, un "vamos a ver qué es esto que se nos prohíbe".

–Muchos consideran que hoy la Argentina tiene un gobierno de izquierda. ¿Está de acuerdo al respecto?

–Sé muy poco de todo eso. Que hay una cierta tendencia favorable a lo que se llama la izquierda es verdad, por lo menos todo el mundo lo dice. Hablo de la Argentina siempre con temor, porque no vivo ahí y la conozco poco. Por un lado está la miseria, que es terrible. Y después hay una especie de aflojamiento, eso sí, de lo que son los criterios de una convivencia social normal. Eso, en la Argentina, tuvo importancia. La religión era un elemento, pero no era todo. Y eso es lo que me parece que ahora falla. Además, se ha establecido una cierta tolerancia para cierto tipo de cosas. Lo oigo decir de los piqueteros o con relación a los secuestros. Hay una cierta tolerancia o complicidad por parte de instituciones que deberían impedir, controlar y remediar los excesos.

Por Sebastián A. Murena
Para LA NACION

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