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Política

 
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Sábado 15 de enero de 2005 | Publicado en edición impresa

Los intelectuales y el país de hoy

“La impaciencia produjo muchos de los males argentinos”

El historiador Nicolás Shumway, de EE.UU., analiza los hábitos del país

 
 
 

La impaciencia, la dificultad para el consenso y la negociación, la debilidad institucional y la falta de hábitos cívicos explican, para Nicolás Shumway, buena parte de las inestabilidades que hoy atraviesa la Argentina.

Para su diagnóstico, el historiador norteamericano encuentra argumentos en el siglo XIX, durante el que, está convencido, se cimentaron los paradigmas sobre los cuales se construyó nuestra idea de país. Paradigmas que hoy sobreviven, a su vez, debajo de las explicaciones sobre lo que nos pasa.

Shumway, actual director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Texas, ex docente de Yale y profesor de literatura hispanoamericana, rastreó y describió esas “ficciones orientadoras” en su libro “La invención de la Argentina”, publicado en castellano por Emecé en 1992. Comenzó su “largo diálogo con el país” –como lo define– cuando llegó, en 1975, atraído por la tierra de Jorge Luis Borges. “Sigue siendo la influencia mayor en mi vida intelectual”, dijo.

De visita en Buenos Aires, donde viene al menos una vez por año, y en perfecto castellano –que se advierte aprendido en América latina, no en España–, Shumway describió ante LA NACION la supervivencia de mitos en la política y en el lenguaje de los argentinos, como el destino de grandeza, la superioridad de Buenos Aires sobre las provincias y la supuesta distancia con los países latinoamericanos.

Shumway admite que a su mirada extranjera se le escapan matices cuando intenta abordar la complejidad de la mentalidad argentina, pero afirma que tiene la ventaja de asombrarse con fenómenos que aquí naturalizamos. Afirma, además, que en tiempos de incertidumbre la historia puede dar dos lecciones valiosas: humildad para evitar las explicaciones simples y paciencia, porque “los grandes cambios en general no resultan de actos violentos”.

–Hace dos años, en plena crisis, usted se manifestó preocupado porque en el país se buscaran soluciones autoritarias. ¿Cree que ese peligro ya pasó?

–Creo que es difícil decir que el peligro ya pasó porque la historia es muy imprevisible. Pero sí me parece que hasta ahora los gobiernos están respetando la institucionalidad de una forma impresionante. No veo ninguna posibilidad, en este momento, de recurrir a un gobierno militar, autoritario, antidemocrático. Me parece que Kirchner está gobernando dentro de la constitucionalidad de manera admirable.

–¿Cómo ve el gobierno de Kirchner?

–Lo que veo desde los Estados Unidos es que está haciendo un trabajo admirable. Llegó a la presidencia sin ningún mandato, con un 22 por ciento del voto, por una maniobra siniestra de Menem, según me pareció, para negarle un mandato verdadero. Pero me parece que ha ganado el apoyo de los argentinos y ha hecho cosas muy positivas. La reforma de la Corte Suprema me parece una medida importante, como reabrir algunas de las causas de los militares, porque el país no estaba dispuesto a olvidar los abusos a los derechos humanos. Su política frente a la crisis económica me parece muy sensata; es decir que toma posiciones a veces fuertes, pero siempre sigue hablando, sigue conversando. No hay intransigencia. Hay un equilibrio interesante entre posiciones fuertes, bien declaradas, y una capacidad para seguir conversando. Ese es para mí el mejor camino.

–Algunos sectores cuestionan un manejo autoritario del poder. ¿Cómo ve la salud institucional de este gobierno?

–El problema no es tanto Kirchner, sino la necesidad de rehacer los partidos políticos. Creo que es necesaria una reestructuración, una recuperación de los partidos políticos, para que el Congreso pueda desempeñar su papel constitucional de ser un contrapeso de la presidencia. El problema de una concentración del poder no es tanto un resultado de lo que está haciendo Kirchner, sino la falta de poder en los otros organismos del Gobierno. La reforma de la Corte indicaría que el Presidente sí está dispuesto a compartir el poder, pero dentro del marco institucional.

–¿Esa debilidad institucional es característica de la Argentina o se ha profundizado en los últimos tiempos?

–No sé si es característica, pero tengo que reconocer que en la Argentina las instituciones se han debilitado mucho y la fecha más adecuada para marcar un comienzo es el 6 de septiembre de 1930, con el primer golpe militar del siglo XX. Después los gobiernos no han tenido la legitimidad institucional deseable. Durante años, por ejemplo, el peronismo no fue un partido legal. ¿Cómo se puede hacer un país democrático negando la participación de buena parte de sus habitantes? En este momento, la práctica de la democracia y de la institucionalidad sólo está empezando. El gobierno democrático fue restaurado no hace mucho tiempo. La institucionalidad es una especie de hábito cívico.

–¿Cómo se genera?

–Con la práctica, conviviendo dentro de un sistema institucional y no buscando soluciones fuera de las instituciones.

–Usted cree, entonces, que el paso del tiempo en el marco de un sistema institucional puede fortalecer estas prácticas.

–Claro. La expresión “hábito cívico” la saco del discurso de despedida de George Washington. En 1797, dijo que lo que el pueblo norteamericano necesitaba eran hábitos constitucionales, es decir, seguir la Constitución no porque sea perfecta, sino porque es la Constitución.

–¿Cómo se puede explicar desde su mirada que el peronismo hoy esté funcionando como partido hegemónico?

–No sé cuán hegemónico es el peronismo. Yo hablo con peronistas y me parece que hay muchos conflictos dentro del partido.

–Justamente, es oficialismo y oposición al mismo tiempo.

–El peronismo es producto de esa figura tan interesante y tan enigmática que fue Juan Domingo Perón. El genio político de Perón es que supo combinar una serie de elementos que por sí solos serían contradictorios. Por un lado, ese nacionalismo de derecha, aristócrata, ultracatólico, que lo apoyó. Al mismo tiempo, el populismo de izquierda, de personas como Scalabrini Ortiz y Jauretche, que también lo apoyaron. A lo largo de su carrera, Perón mostró esa capacidad de combinar elementos tan dispares. La idea de un peronismo de izquierda es casi una contradicción en los términos, pero es una realidad en la historia del país, lo que es un indicador del genio político de Perón. El problema para el peronismo es ver qué pasa con el movimiento sin esa personalidad y esa figura. Veremos, pero no creo que el partido peronista pueda ser nuevamente el partido hegemónico que fue con Perón.

–Si tuviera que hacer un apéndice a “La invención de la Argentina” mirando los últimos diez años de la historia del país, ¿qué fenómenos analizaría?

–Mi libro es un estudio de ideas, porque para mí las ideas forman una sociedad. En el siglo XIX, que es la época que yo estudio, ya estaban presentes muchos de los paradigmas retóricos que los argentinos todavía utilizan para hablar de su país. Me parece sorprendente que todavía haya argentinos que dicen “yo soy sarmientista” o “yo soy rosista”; es decir que se definen en términos de ese debate. Lo que sobrevive del siglo XIX son esos mismos paradigmas retóricos. Mucho del debate de los años 30 en la Argentina era un debate sobre la historia, qué había pasado realmente en el siglo XIX. Me parece muy interesante ver que todos los libros de Scalabrini Ortiz y Jauretche se están reeditando, y me interesa escuchar ecos de ellos en los discursos de Kirchner. Esos paradigmas retóricos no han muerto, sino que siguen informando cómo los argentinos se ven a sí mismos, aun en el desacuerdo.

–¿Cuáles son esos paradigmas?

–Por ejemplo, la relación de la Argentina con el resto del mundo. Por un lado siempre existió dentro del nacionalismo una idea de que la Argentina tenía que ser autosuficiente y resistir al imperialismo, definido de mil formas, y la idea de que algunas fuerzas exteriores han frustrado el gran destino argentino. Del otro lado, está la gente que dice que la Argentina tiene que insertarse en la economía mundial, pensar en su papel dentro del orden económico mundial, que no puede estar aislada. Son dos posiciones diferentes, que tienen 150 años de existencia.

–¿Esos paradigmas se modifican con el paso del tiempo?

–Se modifican, claro, pero no desaparecen. A mí me parece muy interesante que el mejor libro que hay sobre la mentalidad de los Estados Unidos es un libro escrito por un francés, Alexis de Tocqueville, en 1831. “La democracia en América” es un libro escrito antes de la industrialización, de la guerra civil, de la abolición de la esclavitud, es decir, antes de todos los grandes momentos que supuestamente definen a los Estados Unidos. Esto indica que los paradigmas retóricos del país fueron establecidos mucho antes de lo que podríamos llamar los elementos materiales del país. Algo parecido pasa acá.

–Usted habla sobre el mito de la exclusión como constitutivo de este país. Sin embargo, durante el siglo XX se consolidó un imaginario inclusivo, con la integración de los inmigrantes y la constitución de nuestra clase media. ¿Cómo conviven esas dos ideas?

–La aceptación de los inmigrantes nunca fue total. Recordemos la frase de “aluvión zoológico” para hablar del peronismo. Este es un país que respeta mucho las grandes familias, la aristocracia. No sé hasta qué punto se ha logrado una inclusión. Las tensiones todavía siguen siendo muy grandes, entre distintos grupos sociales.

–¿De dónde viene nuestra dificultad para el consenso?

–Por un lado, creo que viene de un concepto excesivo de lo posible, de la idea de que un gobierno puede corregir los males totalmente. Durante años, Yrigoyen dijo que era intransigente, y la intransigencia se consideraba un valor moral. Para mí la intransigencia es una cosa horrible, porque quiere decir que la conversación ha terminado, pero en el imaginario argentino “intransigencia” era un valor moral. De ahí viene la dificultad para el consenso, porque la democracia es un espacio para negociar.

–¿Y qué opina de que quienes ocupan los cargos públicos muchas veces los “privaticen” en su propio provecho?

–Eso es inevitable. La idea de negociación es que todos somos ambiciosos, pero de alguna manera la ambición de uno corrige y limita la ambición del otro. No hay posibilidad de una perfección moral en el gobierno, sino la capacidad de limitar abusos y, dentro de esos límites, hacer algo bueno para el país.

–Una de las ideas fuertes en la Argentina es que somos más europeos que latinoamericanos. ¿Qué está pasando con esa idea ahora?

–América latina empieza en Plaza Once. La respuesta superficial es que obviamente la Argentina es parte de este continente, pero para dar una respuesta más matizada debería decir que no sé exactamente qué significa la expresión “América latina”. Hay grandes diferencias entre sus países. ¿Qué tiene que ver Brasil con Honduras? México está lejos de ser Bolivia. Las diferencias son tales que la idea de una unidad cultural es difícil de defender. Me pregunto por qué no existe un término para las antiguas colonias de Inglaterra, por qué no vemos a Nueva Zelanda, Australia, Canadá, Estados Unidos y Sudáfrica como si fueran una unidad cultural. En cambio, cuando hablamos de América latina estamos suponiendo que esa unidad existe.

–¿Cómo explica el mito de ser un país llamado a la grandeza con la sensación de crisis permanente?

–La palabra “crisis” es una de las más abusadas en el lenguaje argentino. Desde que yo vengo al país, hace casi 30 años, siempre ha habido una crisis. Al mismo tiempo, ese mito de la grandeza argentina es muy importante. Sarmiento y muchos de su generación pensaban que el destino de la Argentina era ser “los Estados Unidos del Sur”, el contrapeso de los Estados Unidos del Norte. Por otra parte, la Argentina sí tiene en su memoria colectiva un momento de mucha opulencia: entre 1880 y 1930 hubo momentos de gran prosperidad y grandes logros institucionales, como la escuela pública. A diferencia de otros países latinoamericanos, la Argentina sí recuerda un momento en el que era un país del Primer Mundo. El gran deterioro del país que estamos viendo ahora comienza con los militares en 1976. Ningún otro país latinoamericano tiene recuerdo de un momento opulento. La ventaja de esto es que hubo un momento que podría ser recuperado. La desventaja es que, como dijo el ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, es imposible manejar un coche mirando por el espejo retrovisor. Esta es la Argentina, que siempre está tan consciente de su pasado que no puede pensar en su futuro.

–¿Por qué es tan influyente en el país la idea de un líder salvador?

–Porque supuestamente los ha habido. Perón era uno de ellos; Rosas también, según los revisionistas. A mí me parece un gran error. La historia no funciona así. Las democracias estables y prósperas son el resultado de muchos años de paciencia. La Unión Europea tiene 50 años de existencia, con muchos pasos en falso; se ha hecho de a poco. Ese tipo de paciencia es muy necesaria para el progreso del país. La impaciencia ha producido muchos de los males en la Argentina.

–¿A qué figura del siglo XIX resucitaría para hacerlo intervenir hoy?

–Una figura que yo admiro mucho es Urquiza. Es el hombre que derrotó a Rosas y que trató de unificar el país. Bajo su dirección se escribió una constitución. Creo que es una persona que trataba de incluir. Sarmiento había hablado pestes de Urquiza, pero cuando llegó a la presidencia, Urquiza le ofreció su apoyo.

–¿Qué limitaciones tiene un historiador para comprender un país extranjero?

–Muchas. Cualquier niño escolar argentino sabe cosas de la Argentina que yo nunca voy a saber. Yo no puedo cantar el himno de memoria, no conozco todos los dichos y la jerga asociada con el fútbol; el español es una segunda lengua para mí. Siempre estoy tratando de intuir lo que quiere decir la gente. La ventaja es que yo vengo de afuera y puedo ver cosas insólitas, cosas que a otra gente le parecen poco interesantes.

–¿Para qué sirve la historia en tiempos de incertidumbre?

–Creo que la historia puede enseñar humildad, porque es muy difícil saber lo que pasó y lo que está pasando. La historia también puede enseñar cierta paciencia. Los grandes cambios, por lo general, no resultan de actos violentos. La Revolución Francesa, con un lugar tan importante en el imaginario romántico, para el país fue un desastre. Los países más “aburridos”, como Inglaterra desde 1688, tuvieron un progreso lento, con cada vez más inclusión y más participación pública. La historia siempre tiene que ser reescrita. De los géneros intelectuales, es uno de los más efímeros: cada generación tiene que reconstruir su reconstrucción del pasado. .

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION
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