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El origen de la "Misa criolla"

Lunes 24 de enero de 2005

"Los bichos" ha sido definida como una "milonga litoral", pues tiene algo de chamarrita. Su argumento es una vieja tradición en la música popular: una reunión de animales. Fue lo primero que hicimos con Ariel Ramírez en el campo de la creación común, y mi participación fue, desde luego, la letra, en décimas. Se trata de un baile que arma "una iguana ayudada por un chancho". Allí estaban "bichos lindos, bichos fieros / vestidos todos caté" y también una vizcacha y un piojo que "se comían con los ojos / al compás de un chamamé". Pero el piojo es celoso, amenaza a la vizcacha con su cuchillo, hay una gran pelea hasta que cae "un sapo subcomisario / y un peludo de asistente". Se hace un juicio: "Se nombraron abogados / a la lechuza y al cuervo / hubo diálogos acerbos / entre los apoderados". Y finalmente el sapo da su sentencia: se queda con la vizcacha "pa´custodiar su decencia".

El tema todavía se canta, y ha sido grabado varias veces. Es la única de mis composiciones que me sé de memoria y que puedo cantar sin equivocarme.

* * *

La otra creación de 1957 fue, en un principio, sólo mía, por lo que contaré, pero después la compartimos con Ariel. Resulta que en sus conciertos él interpretaba con frecuencia una zamba tradicional catamarqueña que carecía de letra: se la conocía como "La chuschalita"; aclaro que la palabra, de origen quechua, viene a significar una muchacha de pelo cortito. Un día Ariel me sugirió que escribiera una letra para dar contenido poético a esa melodía anónima. Ya andaba muy enamorado de una niña (después, mi esposa) que vivía, o al menos pasaba mucho tiempo, en su pueblo natal, Aimogasta, la aldea riojana de los seculares olivos. Escribí entonces un poema de nostalgia y regreso; su originalidad residía en que se usaba el trato de usted, que en el interior es habitual cuando los enamorados hablan entre ellos: "Yo no sé / si podrá / esta zamba llegar a usted..."

Hablaba en los versos de "el pueblito donde la dejé", mentaba a "la niña de los ojos color de olivo", anunciaba que iría allá "en mensajerías de luna y sueño" y aseguraba ser un "romero de amor", un peregrino de amor. Era una poesía simple y tierna, expresiva de todo lo que sentía sobre el objeto de mis desvelos, aquella niña de la que tenía "nostalgias de piel y de voz". Los versos, por otra parte, calzaban a la perfección en la melodía y el ritmo de "La chuschalita". Pero cuando Ariel la escuchó, me dijo algo que entonces creí era una forma elegante de decirme que no le gustaba:

-Son demasiado hermosas esas palabras para una melodía ajena. Yo voy a componerle una música especial.

Pasaron unos pocos años. Yo vivía en Montevideo con la niña de los ojos color de olivo y nuestra pequeña hija Florencia, cuando llegó Ariel para dar un concierto en el Sodre. En cuanto me vio, me dijo:

-Te tengo una sorpresa.

Y en el primer piano que encontró me presentó la nueva música de la "Zamba de usted". Me encantó, por supuesto, pero no hablaré de la melodía de Ariel porque todo el mundo la recuerda. Fue un éxito sostenido y me cuentan que, en las provincias del noroeste, la "Zamba de usted" forma parte obligada de cualquier serenata que se respete...

* * *

(...) Una noche de septiembre de 1964 me encontraba en el diario Clarín cuando recibí un llamado telefónico de Ariel.

-Necesito verte con urgencia. ¿No podés venirte?

Terminé mis cosas y me largué a su casa. Ariel me explicó el problema: estaba terminando de componer una misa inspirada en la "Misa Luba", el éxito mundial de ese año. Pero los temas litúrgicos no alcanzaban a completar un long-play. Pensaba llenar el disco con cinco o seis villancicos y con esta intención recurría a mí.

Era como la una de la mañana y yo estaba todo lo cansado que puede estar un periodista que entró a trabajar a las seis de la tarde. Pero esa noche era noche de milagros. Todos los recuerdos del colegio de monjas de mis primeros grados, las memorias de una religión que mi madre y mis hermanas me habían hecho vivir intensamente durante mi infancia, una vibración espiritual que nunca dejé de sentir aunque no sea un católico practicante, esa emoción estética que transmiten los ritos y las ceremonias que tantas veces presencié y en las que participé, todo eso afloró repentina y arrolladoramente en aquel momento.

* * *

Cuando recuerdo esa noche, me parece que alguien nos dictaba lo que íbamos haciendo. En el tiempo que transcurrió entre mi llegada y la madrugada, cuando volví a mi casa, quedó definida la obra en su totalidad y virtualmente terminadas cuatro o cinco de las seis piezas que la integrarían. Todo fue saliendo con una rapidez y una facilidad increíbles, como si nos hubiéramos preparado durante años para esa creación. Casi sin necesidad de hablar se esbozaban los temas.

-La peregrinación de José y María tiene que ser una huella -decía yo-, porque transmite una soledad y una lejanía como las de esa pareja que busca un cobijo donde pueda ampararse.

-Bueno, pero la huella tradicional tiene una melodía invariable y muy conocida- replicaba Ariel, indeciso.

-Componé otra sobre la misma estructura...

-¿Te parece?

Y no terminaba de decir esto cuando dibujó en el teclado la línea musical de "La peregrinación" que ha recorrido el mundo y hasta tuvo el honor de ser plagiada en Francia, donde se la conoció como "Alouette".

-Y el Nacimiento, ¿cómo podrías hacerlo?

-Tiene que ser la gran canción de Navidad argentina -decía Ariel-, como "Noche de paz" o "Jingle Bells" o "Navidad blanca"...

Y empezaba a esbozar la vidala catamarqueña que es "El nacimiento".

-¿La adoración de los pastores? Ya está: pondremos al Niño en Aimogasta, vendrán a adorarlo de Pinchas y Chuquis, de Aminga y San Pedro, de Arauco y Pomán, y voy a hacer intervenir a mi amigo don Julio Romero, para que preste sus caballos, los mejores del pueblo. Ariel, no tenés más que imaginar una chaya, una típica chaya riojana, y la letra te la tengo lista en un rato, o mañana a más tardar. Y los Reyes Magos no le van a regalar incienso, oro y mirra, sino arrope, miel y un poncho...

* * *

"Navidad nuestra" fue surgiendo con excitación y naturalidad, alegremente, como si lo único que hiciéramos fuera desbrozar de nuestra imaginación todo lo que estuviera ocultando melodías y poemas instalados allí desde siempre: sacábamos malezas y aparecían completos, perfectos, esos temas que trasladábamos rápidamente al papel o al piano. Ciertamente, fue una noche prodigiosa, y lo más raro consiste en que ni Ariel ni yo nos dimos cuenta entonces de lo que estábamos haciendo; él creía que estaba completando una obra que necesitaba para llenar las dos caras de un disco long-play, y yo salí de allí con la idea de que le había solucionado un problema. No percibimos la real dimensión de una elaboración musical y poética que -no voy a ser falsamente modesto- forma parte inseparable de lo mejor de la cultura argentina.

Pocas semanas después se grabaron la "Misa criolla" y la "Navidad nuestra", pues Philips tenía apuro por presentar el disco antes de fin de año. Yo estuve presente en algunos ensayos y en casi todas las grabaciones. A medida que escuchaba las voces de Los Fronterizos, con su rara coloratura, mientras el clave pulsado por Ariel aportaba ese noble sonido que lo distingue, cuando el coro magistralmente dirigido por el padre Segade enriquecía la línea melódica, iba percibiendo que asistía al nacimiento de una obra de excepcional calidad, algo que habría de exceder el propósito primitivo de sus creadores e intérpretes, para proyectarse a terrenos superiores del arte.

(*) Adelanto del libro que publicará en marzo Editorial Sudamericana. El jueves, en la próxima entrega, "Frente a las cámaras", donde Félix Luna recuerda su encuentro con la televisión, a partir de un programa en Canal 7 en 1970

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