El lector avivado
Cómo cobrar por engañar
Por Mex Urtizberea
Para LA NACION
Ya nos conocemos.
Los argentinos tenemos una profunda vocación por las vías alternativas, no hay nadie más rápido que nosotros para elegir el camino más corto; cuando los otros van, nosotros ya volvimos.
Lo inentendible es por qué, si somos tan vivos, estamos como estamos.
Probablemente sea por un problema de organización: es hora de que logremos sacar ventaja de nuestra capacidad de sacar ventaja, que aprovechemos nuestra habilidad para aprovecharnos de los demás; es hora de que, por fin, encaucemos nuestras aptitudes para obtener verdadero rédito de ellas, llevando adelante proyectos bien nuestros:
Publicar un libro sobre cómo inaugurar un majestuoso hotel en presencia de los fotógrafos de todas las revistas, sin habilitación.
(Exito asegurado.)
Dictar un curso de capacitación para enseñarle a un sueco cómo hacer trampa en el chinchón, cómo pasar un semáforo en rojo sin culpa, cómo arreglar con el policía que está escondido detrás del semáforo y dónde comprar un estéreo -robado, así es más barato- después de maldecir a este país porque nos robaron el nuestro.
(Y clin caja.)
Exportar a un grupo de argentinos que aún confían en el prójimo para que sean las víctimas de engaños televisivos, cámaras ocultas, burlas si son gordos, bizcos, narigones o pelados, todo a cargo de otro grupo de argentinos -éstos sí vivos, superiores a los otros-, y un tercer grupo para que se ría de los engañados y celebre a los engañadores.
(Un negocio redondo.)
Patentar la idea de que la culpa y la responsabilidad de las cosas que pasan es siempre de los otros: resumirla en la frase "Yo, argentino", y cobrar por derecho de autor cada vez que alguien la pronuncia en el mundo.
(Un proyecto millonario.)
Vender en el mercado internacional el secreto que explica cómo lograr que la evasión de impuestos no esté mal vista y que perseguir a los morosos sea de dudoso gusto.
(Con esto nos llenamos de plata.)
Armar una página web donde se expongan nuevas técnicas de ahorro: no dar propinas siempre argumentando que no nos gustó cómo el mozo nos sirvió el vino; dar mal el vuelto en caso de ser comerciante y subir los precios culpando a la cotización internacional, a la temporada alta, o baja, o mediana, o por las dudas que venga otro cacerolazo y se dispare el dólar.
(Todo ganancia.)
Organizar un nuevo Congreso de la Lengua, pero en este caso, de la Lengua Viperina: cómo elaborar dobles discursos, cómo estafar con la palabra, cómo argumentar para parecer desinteresado, cómo imponer una ideología.
(Negocios son negocios.)
En fin, a nuestro país le sobran ideas brillantes, creatividad, audacia.
Quizá lo que le esté faltando sea un poco de vergüenza. .
