El hombre que atiende el teléfono rojo

Cauto y casi invisible, Daniel Muñoz vive pegado a Kirchner y lo asiste en todas las cuestiones personales

Domingo 30 de enero de 2005

Es el hombre que más horas pasa con el Presidente. Tanta confianza tiene con él Néstor Kirchner que a veces, cuando está de gira y no puede dormir, se va a la habitación de su secretario privado, lo despierta y se pone a hacer bromas. ¿Qué otro perfil podría tener, después de todo, un secretario personal?

Kirchner lo llama "el Gordo" y algunos ministros aseguran que "lo vuelve loco". Daniel Muñoz, de él se trata, es el hombre con perfil más bajo en todo el Gobierno.

Según como se mire, tiene quizá más poder que un ministro: maneja el teléfono celular del Presidente. Nadie puede comunicarse con Kirchner sin pasar antes por Muñoz.

Cuando hace varios meses LA NACION propuso al secretario privado del Presidente charlar para una nota, Muñoz sólo respondió con una mirada de asombro absoluto. Después soltó una carcajada y advirtió: "Olvidate, conmigo no". Era en serio, pasó el tiempo y nunca quiso hablar.

Dice que jamás accederá a dar una entrevista porque justamente su trabajo consiste en su extrema cautela. Tiene un carácter afable y un rostro amigable, pero cuando un periodista intenta sacarle un dato político cierra la boca. No habla del Presidente con extraños.

En la época de la campaña presidencial era una escena recurrente ver a Muñoz con su maletín negro desbordado de papeles y un teléfono a cada oreja. Desde que Kirchner llegó al poder, las cosas no han cambiado demasiado: sólo se sumaron horas de trabajo, muchísimos vuelos en helicóptero y en el Tango 01 a destinos que desconocía. Fue así como llegó a darle la mano al presidente George W. Bush.

Entre la broma y el maltrato

Algunos funcionarios del Gobierno cuentan, con pedido de anonimato, algunas anécdotas sobre el trato del Presidente con su secretario privado. La que más repiten, por lo gráfica, fue una que sucedió en Londres.

Muñoz compartía el cuarto con el vocero presidencial, Miguel Núñez. A eso de las dos de la madrugada, tocaron a la puerta y era el Presidente, que no podía dormir por un dolor de espalda y por el cambio de horario.

"¿Dónde tiene el Gordo las pastillas?" Núñez atinó a señalar la otra cama, donde dormía el secretario privado. Kirchner lo despertó tirándosele encima. El vocero, que se despertó del todo, después contó que el Presidente y Muñoz "parecía que se habían agarrado a la piñas".

Algunos también indican que el secretario a veces sufre el maltrato de su jefe. Una fuente contó que en ocasiones Kirchner lo reta con tono fuerte, por ejemplo cuando se equivoca al pasarle un llamado o no le trae de inmediato lo que pide.

Muñoz se encarga además de las necesidades personales de Kirchner, a tal punto que se encarga de llevar sus remedios. Duerme mal desde la campaña electoral, pero su situación empeoró aún más en la Casa Rosada, un ámbito que terminó por convertirse en su "primer" hogar.

El Presidente, como se sabe, es extremadamente desconfiado y por eso una de las primeras cosas que hizo cuando llegó a su despacho fue reemplazar a todos los empleados que están en la cercanía. Y llevó a la Casa Rosada al grupo de santacruceños que lo acompañó durante su gestión en Río Gallegos y conoce al detalle su estilo y su ritmo de trabajo.

Hace más de diez años que Muñoz tiene relación con el Presidente.

El primer trabajo que hizo para él fue ser cobrador del estudio de abogados que tenía en su momento el matrimonio Kirchner en Río Gallegos. También hacía algunos pagos, pero no era el cadete, para eso había otro, contó a LA NACION un allegado que los frecuentó en esa época.

Cuando Kirchner ganó la gobernación en 1991, Muñoz ingresó en la dirección provincial de Protocolo y se convirtió en uno de sus asesores personales, junto con Valerio Martínez.

Este último era el hombre que viajaba con Kirchner a Buenos Aires cuando venía a una reunión política o a pasear con su esposa, Cristina Fernández, iba al cine o a comer por la zona de Recoleta. Muñoz, entonces, empezó a acompañarlos llevándole el maletín negro a Martínez. Era, digamos, una especie de secretario del secretario.

Cuando Martínez caía en desgracia con Kirchner, Muñoz conseguía el papel protagónico en la relación.

Esa historia provincial se repitió cuando Kirchner ocupó la Presidencia. Martínez terminó confinado en Río Gallegos después de que el Presidente fue alertado acerca de rumores que insinuaban que Martínez cobraba por concertar audiencias.

Ese desplazamiento volvió a colocar a Muñoz, de manera más estable, en un primer plano. El otro hombre que está ahora cerca del Presidente es Rubén Zacarías, también ex integrante de Protocolo en Santa Cruz.

Fidelidad a toda prueba

Los que conocen a Muñoz desde su trabajo en Río Gallegos y quienes lo frecuentan acá lo definen como un buen tipo. "Daniel es mi amigo", reconoce el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.

Otra escena que define su relación con el Presidente ocurrió cuando éste permaneció una semana internado en el hospital Regional de Río Gallegos, por una gastroduodenitis erosiva, según había diagnosticado el médico presidencial. El único que estuvo todo el tiempo a su lado fue Muñoz. No se movió del hospital y fue uno de los pocos con permiso para entrar en la habitación 214. "Pobre, el que lo está pasando mal y tiene que aguantar todo es el Gordo Muñoz", dijo uno de los amigos.

Muñoz está casado con una empleada de la Cámara de Diputados de Río Gallegos y tiene dos hijas. Muchos fines de semanas, cuando los Kirchner vuelven a su tierra, el silencioso secretario retoma la vida familiar y descansa un poco.

Es un hombre que no se queja. A veces, se lo ve arrastrando los pies por el cansancio. Lo único que se permite en las giras es tomar algo y fumar un rubio a las apuradas cuando el Presidente se va a dormir o a una reunión.

El maletín negro fue el pasaporte para que el Gordo Muñoz pase 16 horas al día al lado del Presidente de la Nación.

Por Paola Juárez De la Redacción de LA NACION

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