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Opinión

 
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Lunes 31 de enero de 2005 | Publicado en edición impresa

Transgredir a un costo inconmensurable

Por Patricia Bullrich y Carlos Manfroni
Para LA NACION

 
 
 

Una de las principales razones por las que nunca advertimos el terrible costo que pagamos por nuestro espíritu transgresor es la predisposición, no menos afianzada entre nosotros, a cargar sobre los demás nuestras culpas y, por supuesto, las culpas compartidas. Hoy, el jefe de gobierno de Buenos Aires aparece atrapado en el juego de esas dos tendencias argentinas, de cuyas consecuencias el incendio de la discoteca del barrio de Once es la muestra más dramática. Por cierto, Aníbal Ibarra -hasta por cronología- está lejos de ser el padre de una sociedad que insulta a cualquiera que le recuerda una regla; como parece que ocurrió en República Cromagnon cuando, según se dice, la gente fue prevenida sobre el peligro de utilizar pirotecnia. Pero no es precisamente Ibarra quien puede reclamar contra la cultura de la transgresión, que él mismo toleró durante toda su gestión. La contestataria gimnasia de hacer derivar siempre el odio hacia arriba -impidiendo así que la sociedad madure- no cuenta con lo que sucede cuando uno mismo es quien está arriba y debe hacer frente a los hábitos que contribuyó a generar.

Entre una sociedad que protesta por la falta de aplicación de reglas, al tiempo que ataca a quienes invocan las normas; un empresario que previene contra el peligro de la pirotecnia, pero clausura las puertas de su local, casualmente no inspeccionado, y un político que habla del irresponsable que encendió una bengala, mientras su gobierno permitía que los inspectores actuaran a su voluntad, hay algo muy enfermo.

Un capítulo aparte lo constituye el costo inconmensurable de la corrupción. Ni siquiera es posible evaluar la totalidad de los costos económicos, desde que no sabemos cuántas inversiones no llegaron debido a la falta de seguridad jurídica. Ni qué hablar de los costos no económicos, de lo cual acabamos de obtener un patético ejemplo.

Durante la mayor parte de 2003 hemos alertado sobre las facilidades para la corrupción en el gobierno de Buenos Aires. Específicamente, en materia de inspecciones, dijimos a todos los medios que quisieran escuchar que un inspector dejado a su libre arbitrio y sin control superior puede llegar a un local, observar una cantidad de faltas, amenazar con una sanción, recibir un soborno y salir de allí sin que nadie se entere.

Bajo el nombre de "escoba electrónica" (para barrer la corrupción), propusimos entonces la utilización de tecnología informática y de Internet, a fin de llevar transparencia a todas las áreas: compras públicas, habilitaciones, inspecciones, control del presupuesto, denuncias, etc. y diseñamos una solución detallada para cada sector. Respecto de los inspectores, hablamos sobre la necesidad de contar con una base anticipada de su recorrido, cuya información se liberara al público -vía Internet- una vez pasada la fecha de la inspección. Algunas de esas ideas parecen ahora haber sido recibidas, sólo después de casi 200 muertos.

Hubo un tiempo en que esas u otras propuestas podrían haber sido recogidas sin un costo semejante, ya que inmediatamente después de la reelección de Ibarra llegó a existir un borrador de documento de "políticas de Estado" a consideración de las principales fuerzas que compitieron en la elección de 2003. En ese documento, el tema de los inspectores constituía una de tales políticas; pero el actual jefe de gobierno interrumpió las discusiones y se frustró todo intento de convenir una política de Estado, lo cual hubiera dado como resultado el aporte de ideas para prevenir y combatir la corrupción.

La hiperactividad actual, con numerosas clausuras, no hace más que demostrar que las irregularidades de Cromagnon no representaron un problema aislado, sino una injustificable falta de control anterior en la ciudad. Así como cuando queremos violentar las reglas de la naturaleza podemos provocar un grave desequilibrio, cuando eludimos las leyes justas y los principios morales, o permitimos que se violenten, tarde o temprano nos encontramos con la desgracia. Y cuando ese momento llega, los asesores de imagen difícilmente puedan salvarnos de la realidad. .

Los autores fueron candidatos a jefa y vicejefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (Unión por Todos).
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