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Miller, en una potente versión

Nuestra opinión: Buena. "Las brujas de Salem" ("The Crucible", EE.UU./1996, color), producción hablada en inglés y presentada por Warner-Fox.

Jueves 24 de abril de 1997
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LA NACION

En los cines Monumental, Patio Bullrich, Atlas Santa Fe, Paseo Alcorta, Belgrano, Solar de la Abadía, Rivera Indarte, Bristol, Alto Avellaneda y Boulevard Adrogué. Basada sobre la pieza teatral de Arthur Miller, adaptada por el autor. Intérpretes: Daniel Day Lewis, Winona Ryder, Paul Scofield, Joan Allen, Bruce Davison, Rob Campbell, Jeffrey Jones, Frances Conroy y otros. Fotografía: Andrew Dunn. Música: George Fenton. Dirección: Nicholas Hytner. Duración: 120 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 13 años.

Entre mayo y octubre de 1692, los juicios por brujería desarrollados en Salem, un pueblo de Massachussets al nordeste de Boston, llevaron a la horca a diecinueve personas y a la prisión a muchísimas más, todas acusadas de haber tenido tratos con el diablo. Dos siglos y medio más tarde, en 1953, Arthur Miller estrenó en Broadway "The Crucible" ("El crisol"), una pieza que recreaba aquellos terribles episodios.

El gran dramaturgo norteamericano utilizaba la histórica cacería de las brujas de Salem como metáfora acerca de la otra cacería de brujas que por entonces llevaba adelante el senador Joseph McCarthy y que había sumergido a algunos sectores de su país -Hollywood entre ellos- en las tormentosas aguas del miedo, la delación, la sospecha y las falsas acusaciones.

Para las brujas del hecho histórico, sólo había un modo de salvarse: admitir su contacto con el diablo y renunciar a él. Pero como el diablo no anda solo, también era necesario denunciar a quien había sido visto con él, de modo que se iniciaba otro proceso. En juicios como éstos -una cadena interminable-, sólo hay acusados y acusadores. Los que creen en el diablo confiesan haberlo visto y acusan; los que no creen en tales patrañas serán acusados. Detrás se mueven oscuros intereses.

Un vigente toque de alerta

En esa trampa del terror público caen los personajes de "Las brujas de Salem". Miller la expuso con el propósito de llamar la atención sobre la atmósfera de persecución que se había desatado en su país agitando el temor del comunismo. Y lo hizo sobre todo porque advertía que el turbio mecanismo de confesiones y perdones que se había puesto en marcha revelaba que "se aceptaba la noción de que la conciencia ya no era asunto privado sino cuestión de administración estatal".

Pero los ecos de la pieza se extienden más allá de la alusión al macartismo. Las cazas de brujas perduran, en distintos escenarios, con distintos alcances y distintas víctimas, y es fácil advertir que "Las brujas de Salem" examina a partir de ellas la histeria colectiva, el miedo a lo desconocido, los mecanismos de la culpa y de la traición, la sexualidad reprimida, las fuerzas que se vuelven incontrolables. También -sobre la figura de John Proctor, el humanista liberal que no sacrifica su sensatez ni su dignidad-, la entereza moral y la fidelidad a las propias convicciones.

Vigorosos intérpretes

Dicho está que la obra de Miller perdura por encima de las circunstancias que la inspiraron porque, en el fondo, el enemigo del que habla no depende de circunstancias políticas ni sociológicas: es interior.

La adaptación que el propio autor escribió para este film de Nicholas Hytner conserva la fuerza dramática del original, la riqueza de sus observaciones, la agudeza de los diálogos (también su profusión) y la provocativa potencia de sus planteos morales.

Hytner tuvo admirables colaboradores en el fotógrafo Andrew Dunn y en la diseñadora de producción Lilly Kilvert; mucho les debe a sus aportes el ambiente de sombría austeridad puritana en el que estallará luego la histeria incontrolable.

El realizador no desatiende lo visual -aunque a veces elige puntos de vista que distancian innecesariamente- y logra escenas de poderosa sugestión y vigoroso dramatismo -el rito de las adolescentes que desembocará en la cacería, la captura de la esclava o el último diálogo entre Proctor y su esposa-, pero se apoya sobre todo en los intérpretes, como conviene a la historia.

Y en ese sentido, tiene todas las facilidades, porque Paul Scofield pone toda su autoridad y su rigor en el implacable juez que lleva adelante el proceso; porque Joan Allen crece junto con su personaje, de esposa fría y adusta a mujer noble y serena; porque Winona Ryder le presta sinuosidad y perversión a su Abigail, y porque Daniel Day Lewis tiene la fortaleza que requiere Proctor, aunque no parezca ser éste el personaje que mejor le cuadra.

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