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Goleador: en la actualidad encara el deporte con otra filosofía

Alejandro Glaría, hijo de Rubén, ex defensor de San Lorenzo y el seleccionado, tras su paso por el fútbol argentino e internacional, grita sus anotaciones para Náutico Escobar en los torneos countristas

Sábado 26 de febrero de 2005

Desde chico Alejandro mostró vocación futbolística. Sin poder elegirlo, su apodo fue impuesto por herencia, pues poseía un apellido que en el ambiente de las populares era coreado domingo tras domingo. A pesar de que su documento reflejaba bien su verdadero nombre, en el barrio ya lo conocían como el Huesito. Hijo de un grande de este deporte, Rubén Oscar Hueso Glaría, que triunfó en San Lorenzo, Racing Club y el seleccionado.

Alejandro se formó en el ámbito deportivo con la mente puesta en ser goleador. Desde chico se encariñó con el césped (ya que siempre acompañaba al padre a los entrenamientos en el viejo y mítico Gasómetro de la avenida La Plata). Y por entonces solía practicar en el patio de su casa, donde con la pelota de goma le pegaba a la pared y, alguna que otra vez, a la maceta de su madre, Mirta.

Al contrario de lo que muchos piensan, Alejandro Glaría no se aprovechó de la trayectoria de su padre, sino que eligió su camino sin pasar por alto ninguna etapa. No tuvo suerte en las categorías inferiores de San Lorenzo (era de físico muy menudo) y decidió probarse en San Miguel. Allí estuvo un par de temporadas, hasta que a los 17 años debutó en la primera del Trueno Verde, justamente en uno de los clásicos ante Deportivo Morón. Más allá de que igualaron 0 a 0, ya se veía que Alejandro tenía una obsesión especial por el arco.

Al cruzar la frontera, el fútbol trasandino le abrió la puerta grande. Allí empezó en Wanderers y después estuvo en Universidad Católica, Coquimbo; Alianza Lima, de Perú, y Cobreloa. Si bien su permanencia en el exterior, con 19 años, fue muy positiva, tuvo que sobreponerse al desarraigo, a estar lejos de su familia y del país. "Fue muy duro para todos; diría un arranque complicado porque de un día para el otro estaba solo en un país que no conocía. Pero tenía muchas deseos de que me fuera bien."

-¿Esa voluntad fue la que te condujo a seguir adelante y no bajar los brazos?

-Creo que sí. Ahora veo jugadores que se van y que no les gusta o extrañan. Si bien a mí también me pasaba, las ganas de llegar fueron más fuertes. Al principio extrañé, pero luego vinieron mis viejos, mi esposa, y todo se hizo más fácil.

-Ese buen rendimiento en el exterior, ¿te permitió llegar a Banfield, donde te consagraste como delantero?

-En el primer torneo no anduvimos bien y descendimos al Nacional B. Igualmente, por una cuestión personal, decidí quedarme ya que ese año no había jugado mucho. Para disputar el torneo de ascenso de 1998/99 se armó un equipazo con Mauro Camoranesi, Gerardo Reinoso, Cristian Jiménez, Javier Sanguinetti, Néstor Craviotto y Christian Ruffini, entre otros. A partir de ahí se empezó a dar todo. Era una cuestión de química y piel con los hinchas de Banfield. Tuve la suerte de ser el goleador de ese torneo, con 31 tantos.

-¿Ser el máximo anotador te hacía sentir responsable de la suerte del equipo?

-Sí, seguro (contesta serio). El equipo podía ganar 3 a 0, pero yo no hacía goles y me volvía loco. Obviamente era responsable del ataque del equipo.

-¿Cuál fue el gol que más recordás?

-El que hice cuando jugaba para Coquimbo, en Chile; me envían un centro por derecha, me paso de la jugada, pero me tiro para adelante y la agarro de taco. La pelota me pasó por arriba de la cabeza e ingresó en el ángulo. Lo puedo hacer mil veces más, que no va a salir (se ríe). Lo eligieron como el mejor gol del mes y luego del año.

-¿Te costó dejar el fútbol profesional?

-No, lo tomé con mucha tranquilidad. En mi último año, en Morelia (México), no estaba muy bien y cuando llegué a Talleres de Córdoba me di cuenta de que no podía más.

-¿Hay algo que te quedó pendiente como jugador?

-Me hubiese gustado jugar en el seleccionado. Hubiese sido el broche de oro. Pero bueno, al haber estado mucho tiempo en el exterior, es muy difícil llegar.

Recuerdos aparte como profesional, ahora pone atención en su actividad actual. Digamos que sigue en el fútbol, pero lo practica en las canchas del Náutico Escobar. Se lo ve maduro y tranquilo. Con la satisfacción de haber guardado en una valija las obligaciones de los entrenamientos y las concentraciones. Mientras dialoga, mira a su alrededor y observa al grupo de sus compañeros que se acercan para saludarlo.

-¿Cómo fue que ingresaste a jugar al torneo intercountries?

-Compré una propiedad en el Náutico, mientras estaba en México. Como todos saben, el fútbol son sólo quince años de actividad. Si en ese tiempo no manejas bien el dinero, después se complica. Invertir en este emprendimiento fue muy importante más que nada por la seguridad de mi familia. Luego, al tener la propiedad en el country, me integré al grupo de fútbol y lo paso muy bien.

-Aunque hay varios jugadores consagrados en las competencias intercountries, ¿sentís que los rivales se preocupan mucho por tu presencia?

-Sí, varias veces (se ríe). Algunos juegan en contra mío o tengo marcas personales. Igualmente yo lo hago para divertirme. No soy de pelearme ni discutir. Cuando hay algún problema, trato de apaciguarlo. El tema es que la mayoría de los muchachos está toda la semana trabajando y se descargan en la cancha.

-¿La última temporada estuvieron muy cerca de ganar el torneo?

-Se nos escapó por casualidad. Estuvimos ahí, pero salió campeón el equipo donde juegan el Beto Acosta y el Flaco Passet. Fue un torneo mano a mano, pero terminamos a dos puntos.

Glaría juega en Mayores Junior B de la Asociación Intercountry de Fútbol Zona Norte. Ante la consulta sobre si esta temporada están en condiciones de luchar por el ascenso, comenta: "La idea es subir. Pero sabemos que tenemos que pelear con algunos rivales que también estarán en esa puja por subir de división".

El padre siempre lo aconsejó

A pesar de que la pelota muchas veces los separó, los Glaría se las ingeniaron para seguir unidos. Alejandro adquirió todos esos afectos y conocimientos del fútbol de su padre. En el momento de hablar del excelente jugador que salió cuatro veces campeón con San Lorenzo, el Huesito se pone sensible y recuerda aquellos buenos tiempos.

-¿Tu papá te corregía cuando jugabas?

-Sí, cuando actuaba en inferiores, y se enojaba mucho. Algunas veces discutíamos mientras yo estaba en la cancha. Tenía un silbido especial, que enseguida lo identificaba.

-¿En primera hubo alguna historia especial cuando él te iba a ver?

-Me pasó en Chile, en un partido de Wanderers v. Colo Colo. Había 15.000 personas y mi papá llegó desde la Argentina directamente a la cancha, con las valijas en la mano. Yo estaba sobre el sector izquierdo, cerca de la tribuna local. Sin saber si había llegado, de repente escuché el silbido y lo vi.

-¿Cómo es tu papá?

-Es un hombre muy inteligente. Tuvo la capacidad de jugar al fútbol y después ser político. Lo único malo de su intendencia en José C. Paz fue que estaba muy ocupado y yo lo veía muy poco.

Luis Stanisio

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