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"Somos miopes para mirar hacia el futuro", dice Facundo Manes

Según el joven científico, el error de los argentinos es pensar sólo en lo inmediato

Sábado 26 de febrero de 2005
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LA NACION

La Argentina tiene una masa de jóvenes que, lentamente, está tomando en sus manos la conducción de todas las actividades del país. La mayoría casi no recuerda las interrupciones institucionales y los años de violencia civil, pero sí el regreso de la democracia y las promesas frustradas de los años 90, cuando se vivía una evolución al revés: en lugar de avanzar en la integración de todos los sectores sociales, de mejorar la educación y hacerla accesible a quienquiera que naciera en esta tierra, rasgaba dolorosamente el tejido social.

Facundo Manes seguramente se reconocería en este cuadro. Como investigador conduce un grupo multidisciplinario que intenta dilucidar los mecanismos de los procesos cognitivos humanos. Y si bien sus trabajos se publican en revistas internacionales, considera que su mayor aporte está en la formación de recursos humanos para la ciencia local. Como muchos, tuvo numerosas oportunidades de irse a trabajar al extranjero, pero decidió quedarse.

Manes (35) se crió en Salto –ciudad de la provincia de Buenos Aires que, en ese entonces, tenía 25.000 habitantes– y recibió toda su educación en instituciones públicas.

“En mi pueblo había sólo dos colegios –recuerda–, algo que, si bien planteaba limitaciones, también tenía cosas positivas. A la misma escuela que iba yo iba el hijo del empresario más poderoso del pueblo, el del gerente de una empresa multinacional, el del que cortaba el césped o el del que recogía el maíz... Uno convive con diferentes estratos sociales. Y eso es bueno."

El doctor Facundo Manes se considera un típico producto de la clase media argentina. Su padre es médico rural en Arroyo Dulce (un pueblito de dos mil habitantes) y su madre, ama de casa. Su familia vivió en el casco de una estancia antes de mudarse a la ciudad.

En la ciudad de Buenos Aires, adonde llegó para estudiar en la UBA, se acercó a la ciencia.

Ya antes de recibirse -precozmente, cuando sólo tenía 23 años-, empezó a interesarse por los temas de la neurología. Combinó estudio e investigación y muy pronto comenzó a hacer sus primeras publicaciones. De esos tiempos conserva una foto con uno de sus profesores. En el anverso de la fotografía se lee una dedicatoria con algo de premonición: "Para Facundo Manes, pichón de águila que volará alto, estoy seguro".

Cuando estaba por recibirse, un premio obtenido por un trabajo sobre el cuerpo calloso le abrió la posibilidad de ir a hacer una residencia a Francia, pero desistió: en lugar de viajar, decidió quedarse para ingresar en el instituto Fleni, donde formó parte de la primera camada de residentes.

Un tiempo después pasó cuatro años en el extranjero. Se formó en neuroimágenes funcionales, una de las herramientas que permiten entender los procesos mentales y cognitivos, en el Massachusetts General Hospital, de Harvard.

En Iowa se capacitó con Nancy Andreasen, experta mundial en esquizofrenia, y con Antonio Damasio y su grupo, del que ahora es colaborador.

Además, Manes se desempeñó en el laboratorio de neuropsiquiatría del profesor Robert Robinson, donde publicó un trabajo sobre la ínsula por el que recibió el premio al investigador joven de la Asociación Americana de Neuropsiquiatría. También trabajó en Cambridge, Inglaterra.

Conoció a su mujer, Josefina, durante una visita de Navidad, y tras un breve noviazgo le pidió que lo acompañara. "Aceptó, irracionalmente, como ocurre con todas las decisiones importantes de la vida, que son irracionales", bromea.

-Doctor Manes, ¿quería quedarse en el extranjero? ¿Se arrepiente de haber vuelto?

-Siempre pensé en volver al país. Por eso traté de formarme en la mayor cantidad de áreas de las neurociencias. En Cambridge, por ejemplo, trabajé con cuatro grupos diferentes: el de John Duncan, que explora la relación entre el lóbulo frontal y la inteligencia; el de Trevor Robbins, que estudia el proceso de toma de decisiones; el de Hodges, que trabaja investigando la memoria y las demencias, y el de Andy Calder, que estudia la emoción. Trabajaba todo el día: sabía que era una oportunidad única y que tenía que aprovecharla.

-¿No sintió que estaba renunciando a una carrera que prometía ser muy exitosa?

-En efecto, me iba muy bien. En los últimos años me publicaron tres papers en Brain, una revista "de alto impacto". Por otro lado, tengo ciudadanía italiana, o sea que tranquilamente podría estar en Europa. Pero no. Estaba convencido. Es más: volví en plena crisis de 2001, y cuando acababa de llegar de Europa y de los Estados Unidos y estaba adaptándome y gestionando un crédito para comprar un departamento, explotó todo. Sin embargo, en Cambridge tuve el privilegio de conocer a César Milstein. Trabajaba enfrente de mi laboratorio y coincidíamos en el bar del hospital. Hablé mucho con él, sin inhibiciones, tal vez porque yo no era de su rama, de la química. Hablábamos de la vida, de política. Aprendí mucho, pero me dije: "En el fondo, no sé si quiero terminar así, aunque me vaya bien, aunque llegue al Nobel". Lo veía haciendo una vida tranquila, entre muchos otros Nobel como él... Es como dijo un polaco que estaba haciendo una carrera bárbara en Cambridge, un físico brillante. Una vez le pregunté por qué se volvía a Polonia, y me contestó: "Porque prefiero ser un polaco egresado de Cambridge en Polonia, antes que un polaco en Cambridge".

-¿Cuáles eran sus planes?

-Quería hacer algo distinto. Formar un grupo multidisciplinario con biólogos, físicos, psicólogos, estadísticos, neurólogos, psiquiatras, para entender los mecanismos, las bases neurales en humanos de los mecanismos de memoria, emoción, toma de decisiones, planificación. Es lo que estamos haciendo en Fleni. Nuestra idea es no sólo estudiar los procesos médicos, como las demencias o el Alzheimer -que es una cosa fundamental, y la estamos haciendo-, sino también abordar los procesos cognitivos humanos con el mismo rigor con que se hace ciencia básica.

-Muchos se quejan de que es bastante frustrante trabajar en un país donde surgen obstáculos a cada paso. ¿Usted coincide?

-Sí, es verdad. Pero eso me hace preguntarme qué nos une a los argentinos. No somos un grupo étnico definido, ni tenemos una cultura milenaria, como otros países... ¿Entonces? Creo que tenemos un destino común y quiero ser parte de él. Es cierto que es frustrante, que es duro, pero también es duro envejecer en el exterior. Nadie me lo dijo, yo lo vi. Es muy noble hacerlo, pero no me gustaría. Por otro lado, creo que quienes tuvimos la posibilidad de pertenecer a esa minoría de argentinos que accedió a la universidad, y cuya educación fue financiada por la gran mayoría de nuestros compatriotas, que trabajaron y pagaron con sus impuestos -aun sabiendo que ellos nunca serían los beneficiarios ni irían a la universidad-, tenemos el deber de aportar nuestro esfuerzo, sin pensar tanto en qué nos debe ofrecer nuestro país.

-¿No le resulta suficiente el éxito profesional?

-Para mí, ni el éxito profesional ni el económico justifican irse del país. Un país no es un espacio de tierra, arbitrariamente poblado por individuos a quienes sólo motiva, para su esfuerzo individual, el éxito personal. Si creyéramos que esto funciona o debe funcionar así, no tendríamos un país, sino más bien una selva, lo que nos haría retroceder cientos de años en la historia, licuando así todo el esfuerzo y sacrificio puestos por nuestros antecesores para que esto sea una verdadera civilización. Debemos preguntarnos en qué dirección va una sociedad cuyas acciones se caracterizan por ser fundamentalmente fragmentadas. Aquí la acumulación de poder es una finalidad, en lugar de ser un medio para construir otra cosa. Sin ideales éticos fundamentales, como la salud, la justicia social y la educación, sucede que todo tiende a convertirse en un gran basural.

-Tratándose de un investigador que analiza los mecanismos de la mente, ¿cómo explica lo que pasa por la cabeza de buena parte de nosotros, los argentinos? ¿Cómo explica nuestras taras tradicionales?

-Vivimos en una sociedad que no se plantea ser una nación. Una nación se construye con políticas integrales, inclusivas, y no con actos impulsivos. Cuando uno planifica su vida piensa qué futuro quiere, piensa en el largo plazo. Lo mismo se aplica a la familia o a una empresa, pero en la Argentina tenemos dificultades para hacerlo. No sabemos qué país queremos. Creo que estamos en una etapa fundacional. Y hasta podría relacionarlo con nuestras investigaciones. Hay un tipo de pacientes que tienen miopía del futuro, piensan en lo inmediato, pero no en el largo plazo. Como país, nosotros estamos siempre pensando en lo inmediato. Un país es mucho más que un determinado espacio geográfico y gente que vive por casualidad en él. No es un lugar donde el esfuerzo personal se justifica por el éxito personal. Por eso creo que lo que nos falta es discutir el futuro que queremos, y que ése es el papel de nuestra generación.

-Sin embargo, las debacles económicas pusieron en desventaja precisamente a los más jóvenes. ¿Pueden, en estas condiciones, pensar un país para las décadas que vienen?

-Sí. Creo que la Argentina tiene todo para ser como España... pero también tiene todo para ser un país atrasado. Depende de nosotros. Y de que los líderes no confundan su destino personal con el de su patria. Y de que todos tengamos una responsabilidad por los excluidos. Los argentinos a veces funcionamos como islas: en ciencia, en salud, en educación. Tenemos que asumir un compromiso y no pensar exclusivamente en el individuo. Algo que aprendí en el exterior es que aun lo individual funciona mejor cuando lo colectivo funciona bien. Ese es nuestro compromiso, el de los que podemos pensar. Porque hay gente que no puede comer. ¿Cómo va a pensar? Si seguimos preocupándonos sólo por nosotros mismos y tenemos un país dividido como el resto de América latina, no tenemos futuro. Pero si la población que puede pensar piensa en un país que incluya al prójimo, podemos tener salvación. Estamos en una bisagra.

-¿Entre nuestras dificultades también figura el vicio de echar siempre la culpa a los demás?

-Claro: muchas veces nos falta sensatez. Lo que hay que combatir es la falta de sensatez. Somos nosotros los culpables. ¿Quién votó las políticas de la década del 90? El 52% de los argentinos. Entonces, alguien tiene que hacerse responsable, y no sólo los menemistas. Ellos son culpables en gran parte de la crisis moral que instauraron, pero ¿quién apoyó esas políticas? Somos un país bipolar: pasamos del éxito a la depresión, y lo que necesitamos es estabilidad.

-¿Cómo se logra?

-Con políticas de Estado. En la instrumentación de políticas integrales que tiendan a un desarrollo inclusivo podemos ver una nación que puede pensarse a sí misma. Siempre cuento que Oxford y Cambridge nacieron en lugares donde había agricultura, campesinos. De modo que cuando llegaron los académicos y se fundaron las universidades se produjo una disputa por las tierras. Entonces, hace mil años, el rey dijo: denle a la universidad todas las tierras que necesite, así nos aseguramos de que nos gobiernen bien en el futuro. Ya hace mil años ellos pensaban que la educación del pueblo y la formación de gente educada estaba ligada con el bienestar de la población. Se necesita una política de Estado, como tienen Brasil y Chile. O como tiene España, que ha repatriado a muchísimos científicos. Pero lamentablemente no se puede cambiar sólo con la voluntad de los científicos. Los científicos están para pensar, para crear. Pero hay un Estado y una sociedad que tiene que analizar la relación entre la ciencia y el bienestar material. La ciencia permite el desarrollo de la inteligencia, es un factor de cultura y produce bienestar material.

-Como usted decía, en Cambridge cualquiera tiene a veinte premios Nobel al alcance de la mano. ¿Tiene posibilidades de competir un científico que se queda acá?

-Muchas veces, el problema de volver a la Argentina es la falta de una masa crítica. Cuando yo estaba en Cambridge podía discutir con el mayor experto en atención, el mayor experto en lóbulo frontal, el mayor experto en lenguaje... ¡Caminaban por los pasillos! Esa riqueza es lo que falta acá, pero se puede construir. Es lo que estoy haciendo en mi laboratorio: creando una masa crítica. Cada uno de los que en otro lado quizá serían estudiantes de doctorado, acá tienen a cargo las áreas del lenguaje, frontal, de atención, de conciencia. Pero además los contacté directamente con referentes del exterior. Si uno cuenta con investigadores inteligentes, en un laboratorio que tiende a trabajar en equipo y conectado internacionalmente, puede competir, porque también aquí hay creatividad.

-¿Vivir en el Tercer Mundo tiene alguna ventaja?

-En mi área, por ejemplo, el hecho de que no hay que correr detrás de los grants [subsidios]. La presión no es tanta. Tenemos la ventaja de poder pensar en experimentos que no tengan una presión de la industria farmacéutica, aunque no se publiquen enseguida... Creo que podemos tener gente bien entrenada, lugares con una atmósfera creativa. Y eso es lo que estoy haciendo, apoyado por Fleni. Esa masa crítica es la clave de la investigación. Porque hacer investigación, al menos en mi área, no pasa tanto por la tecnología. Obviamente hay que tener los instrumentos básicos, pero más importante es plantearse las preguntas que hay que contestar. Esa es mi estrategia y estamos sobreviviendo bien. Tenemos una mística...

-Muchos opinan que esa necesidad de ligarse con un grupo del extranjero nos resta, en alguna medida, independencia científica...

-Es cierto. Incluso en mi tema hay un riesgo. Pero mi táctica es colaborar con ellos, haciendo siempre algo nuevo para nosotros. Además, en este momento, trabajo con siete universidades. Nunca me ato a un solo grupo, porque aun en mi área eso puede ser un factor limitante.

-¿Qué opina sobre la cuestión de la pertinencia de las investigaciones?

-La ciencia de un país tiene que estar ligada estrechamente con las riquezas de ese país y con sus problemas específicos. Abordarlos es el papel de las políticas de Estado. Tal vez tengamos que invertir más en el mal de Chagas o en la exportación de productos agropecuarios que en neurociencias cognitivas, mal que me pese. Puedo entenderlo perfectamente.

-A pesar de que la inversión oficial en ciencia está creciendo, la privada aún está muy rezagada. ¿A qué cree que obedece esto?

-Tiene que ver con una carencia de la educación sobre el papel de la ciencia en un país. El empresariado tiene que entender que es imprescindible invertir en ciencia y educación, colaborar con las universidades... Pero los científicos también tenemos que divulgar más lo que hacemos. Es nuestra responsabilidad, es lo que ocurre en cualquier país adelantado.

-¿Cree que algún día podremos saber qué es la conciencia?

-Es un tema fascinante que estamos abordando desde distintos ángulos. Un premio Nobel decía que abordar esa pregunta es como saltar tirándose de los cordones. Tal vez podamos entender el cerebro por parcelas, o el cerebro en los ratones, pero que el ser humano comprenda su propio cerebro parece un poco ambicioso. Se está haciendo bien, mucho mejor de lo que pensábamos, pero recién estamos empezando.

-¿Cómo resolvería la controversia que existe entre quienes piensan que la mente es algo absolutamente inasible y los que consideran que se limita a un sustrato biológico?

-Creo que los psicoanalistas y los neurobiólogos tenemos que encontrar un idioma común. Vamos a tener diferencias, pero estudiar el cerebro como lo hacen los neurólogos no alcanza. Es como pensar que el "Martín Fierro" es un kilo de papel y medio litro de tinta. Y estudiar el cerebro sin estudiar las bases neurales tampoco alcanza. De hecho, Freud era neurólogo. Las preguntas del psicoanálisis son muy interesantes para abordarlas desde la ciencia y, a su vez, la metodología científica es interesante para abordar el psicoanálisis. Creo que ni unos ni otros vamos a resolver el problema solos. Tenemos que acercarnos. Y eso es algo que en la Argentina se puede hacer, porque hay buenos psicoanalistas.

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