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Opinión

 
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Martes 01 de marzo de 2005 | Publicado en edición impresa

Editorial I

El Papa y su autoridad moral

 
 
 

Nadie puede dejar de reconocer los enormes méritos de Karol Wojtyla en las vicisitudes del mundo contemporáneo, tan carente de grandes figuras referenciales. La paz en el concierto de las naciones; el diálogo interreligioso; la neta oposición a toda guerra; la defensa de los más pobres y desvalidos; la capacidad autocrítica de saber pedir perdón por los errores cometidos en la historia y la clara defensa de la vida son emblemas que Juan Pablo II encarnó como pocos.

Pero el alto aprecio que él nos merece no debe impedir el análisis concreto de lo que significa el gobierno de la Iglesia. ¿Puede conducir una institución tan grande y compleja un hombre anciano y gravemente enfermo, sobre todo en esa suerte de "monarquía absoluta" que es el papado actual?

Sabemos que Pablo VI, además de pedir la renuncia de los obispos al cumplir los 75 años y decidir excluir de los cónclaves a los cardenales mayores de 80, se preguntaba sobre su eventual dimisión. Estas consideraciones no eran ajenas a su sensibilidad ecuménica y colegial, incluso en el ejercicio de la autoridad papal.

Juan Pablo II aparece hoy, ante la opinión pública, como alguien que se siente "cautivo" dentro de una enorme estructura organizativa. ¿Son los años y la enfermedad elementos suficientes para debatir la posibilidad de que llame a un cónclave antes de morir? La Iglesia anglicana, por ejemplo, vive estas transiciones sin traumas.

En la sensibilidad contemporánea, y ante el sorprendente avance de la medicina que ha extendido enormemente las expectativas de vida, un cargo de autoridad ad vitam resulta incomprensible.

Tampoco habría una contradicción entre el "carisma" de un papa excepcional y la aceptación de una realidad que le impide el ejercicio práctico de su cargo. La autoridad moral, en este caso, quedaría intacta. No niega la cruz quien se retira para que otros sigan conduciendo una institución milenaria que se reconoce mucho más en la figura de Cristo que en la de cada uno de sus pontífices.

La comunidad católica debe meditar en profundidad sobre todas estas cuestiones, que de ningún modo suponen un desconocimiento de la extraordinaria vitalidad espiritual de un Papa que, en cualquier caso y sea cual fuere su destino personal, seguirá influyendo seguramente en la vida de la Iglesia por la vía de su ejemplo, de su palabra escrita y oral, de su inquebrantable autoridad moral. .

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