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Jueves 03 de marzo de 2005 | Publicado en edición impresa

Ternura administrada con moderación

Por Fernando López | LA NACION

 
 
 

"Los coristas" ("Les choristes", Francia-Suiza-Alemania/2004, color; hablada en francés). Dirección: Christophe Barratier. Con Gérard Jugnot, François Berléand, Kad Merad, Marie Bunel, Jean-Baptiste Maunier. Guión: Christophe Barratier y Philippe Lopes Curval, sobre el film "La cage aux rossignols" (1944), escrito por Georges Chaperot, René Wheeler y Noël Noël, y dirigido por Jean Dreville. Fotografía: Carlo Varini y Dominique Gentil. Música: Bruno Coulais. Presentada por Buena Vista Internacional. Duración: 96 minutos. Apta para todo público.

"Los coristas" es una de esas películas cuyo sencillo mensaje de confianza en el poder de los buenos sentimientos para mejorar el mundo hace que se le perdonen (o por lo menos, que se disimulen) sus clisés y sus convencionalismos. Christophe Barratier administra ternura, humor y melodrama con bastante moderación, de modo que su manipulación emotiva, aunque velada, hace su certero efecto en el espectador. Quizá también porque éste se encuentra ávido de que le cuenten historias ambientadas en una realidad más amable que la de todos los días, aunque sea falsa.

Para acertar en el gusto popular, el realizador debutante cuenta, además, con armas casi infalibles: la nostalgia por el mundo de la infancia, siempre un poco idealizado; la seducción de la música, puesta en las voces de Les Petits Chanteurs de Saint Marc; un protagonista bonachón animado por los mejores sentimientos que enseguida consigue la adhesión del público, y una batalla contra el autoritarismo y la incomprensión cuyo final feliz se conoce desde el principio.

Porque el prólogo, que remite a "Cinema Paradiso" (con Jacques Perrin puesto en el papel del adulto triunfador que se entera de la muerte del mentor que le cambió la vida) no es mera anécdota. Gracias a él sabemos cómo terminó la aventura del entrañable profesor que un día llegó al correccional de menores dispuesto a rescatar a los pequeños internados de un infortunio futuro casi inevitable.

Una doble batalla

Morhange (Perrin), un músico famoso que regresa a Francia, recibe de manos de su ex compañero Pepinot el diario que le ha legado un recordado maestro de ambos, el señor Mathieu. La lectura de ese diario conduce a la evocación de los días del internado, en tiempos de posguerra, con la batalla personal que el nuevo maestro libra en dos frentes: por un lado contra los métodos represivos del director del establecimiento; por el otro, contra la resistencia de un alumnado indomable.

La música es el medio de que se vale Mathieu para hacer su pequeña revolución. Con el coro en el que integra a todos los chicos -incluso a Morhange, el más rebelde y el más dotado para el canto-, y con su espíritu tenaz y su pasión artística, el maestro generará un milagro en el sombrío internado. Los toques emotivos (y los clisés) asoman aquí y allá: Pepinot es el chiquito que espera cada sábado por un padre que nunca vendrá a buscarlo; el chaplinesco maestro que triunfa en su docencia, fracasa, en cambio, como compositor y como enamorado; hay un colega de Mathieu que pasa de ser el más feroz a la hora de los castigos a su aliado personal en la lucha contra el "amo" fascista; todos los alumnos son sensibles al tratamiento artístico aplicado por el protagonista, salvo uno -irredimible- que es un "extranjero" (viene de otro correccional) y termina provocando la catástrofe que pondrá fin a la hermosa aventura.

La rapidez con la que los pequeños demonios se convierten en ángeles cantores es otra concesión que hay que hacerle al amable universo concebido por Barratier con el abierto propósito de complacer al público. A su favor, deben anotarse la lograda ambientación, la atmósfera ligeramente melancólica, la relativa discreción con que aborda lo sentimental sin excederse en la dosis de azúcar y el inteligente trabajo de casting, con sus exponentes más destacados en el formidable Gérard Jugnot (irreemplazable como Mathieu) y el expresivo Jean-Baptiste Maunier, dueño de una voz bellísima y una presencia que autorizan a vaticinarle un buen futuro en el cine.

La música que compuso Bruno Coulais -uno de cuyos fragmentos fue desfigurado por Beyoncé en la reciente ceremonia del Oscar- añade su cuota de emoción, terreno en el que resulta determinante el aporte del espléndido coro infantil. .

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