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Entrevista

Luis Landriscina: contador público nacional

Revista

A 40 años de aquel Festival de Cosquín que lo lanzó a la popularidad,su ciclo Dentrando a salir, que terminará en julio, lo alejará definitivamente de los escenarios. Aquí, un mano a mano con un hombre capaz deatrapar en sus redes de narrador a quien lo escuche

En persona, y mano a mano, habla igualito que cuando está en los escenarios, en la radio, en los discos o en la televisión: despacito y por la orilla, como sulky sin patente. Y hasta cuando reflexiona sobre sus adorados nietos, la vida misma o su esmerada huerta, da la sensación de que estuviera contando un cuento. Da lo mismo. Cada minucia cotidiana la transforma en un relato. Esa es su alquimia; su gran encanto.

A 40 años de haber llegado con la delegación del Chaco al Festival de Cosquín, allá en el '64 -año en que fue revelación como cuentista y recitador-, Luis Landriscina conserva intactas sus herramientas fundamentales: un agudo poder de observación, una gran capacidad de retentiva y una gracia definitivamente natural. Según él, la sonrisa es el resultado de la complicidad entre el humor y la inteligencia.

Las presentaciones de su ciclo Dentrando a salir, una suerte de gira despedida, lo alejarán definitivamente de los escenarios. "Aunque no del humor -confiesa-; pienso seguir hasta que Dios me diga no tenés más capacidad porque te viene a visitar un alemán, un tal Alzheimer". Además, niega rotundamente una despedida en modalidad chalchalera: "Calculo que en julio de 2005 termina el ciclo nomás", dispara este experto en usos y costumbres de las más diversas regiones del país, sentado ahora en el living de su casa, en Olivos. Frente a él, entre silencios decidores y palabras reflexivas, cuelga un retrato en blanco y negro reconstruido por Raota. Los que posan son dos contratistas de los obrajes chaqueños: Santiago Rodríguez y Margarita Martínez, sus padres adoptivos.

Hacia su izquierda, en un rincón, descansan una pila de recuerdos en un viejo aparador. Entre ellos, tras las puertitas de vidrio, dos servilleteros de plata con las iniciales "M.S.", del programa de Mirtha Legrand, un Lancia en miniatura, un mate más, una armónica de Hugo Díaz. Y, por encima de todos ellos, el último autógrafo que firmó Sandrini: "Para mi tocayo, amigo y compañero Landriscina, 1980".

En la sala contigua, en el palenque de esa suerte de garaje-taller que don Luis armó cuando sus hijos comenzaron con las carreras de automóviles, retoza un Alfa Romeo 1750 GTV, modelo 68, que le prestaron para correr las Mil Millas Sport de la República Argentina. Por momentos, hay olor a nafta en la conversación.

El sosiego decidor con acento campechano, marca registrada de Landriscina, es diametralmente opuesto a una velocidad mental extraordinaria.

Todo lo que dice este indiscutido referente del humor argentino es una síntesis perfecta de su cuna chaqueña, de su sangre tana y de sus hábitos que parecerían haberse vuelto cada vez más rioplatenses. La combinación es explosiva.

-¿Quién lo hace matar de risa?

-Mirá, no es que yo sea de risa fácil. pero me río mucho con Gasalla, Pinti, Dady Brieva, Miguel Del Sel. Y entre mis colegas contadores de cuentos, me gustan el Negro Alvarez, Cacho Buenaventura, Norman Erlich.

-¿Y cuál es el súmmum de todos ellos?

-(Sin pensarlo) ¡Les Luthiers! Pero hay mucha gente buena. Hugo Varela... Y los del humor absurdo, que me parecen geniales, el gordo Casero y éstos de Todo por dos pesos.

-De ellos tal vez Les Luthiers son los únicos que no incluyen malas palabras en el repertorio.

-Mirá, ¿sabés qué pasa?, a mí me molesta la grosería por la grosería misma. Pero un tipo que usa una mala palabra con talento, es simplemente alguien que hace humor desde otro lugar. Eso no quiere decir que sea mediocre.

-Pinti, por ejemplo, es una locomotora de decir malas palabras.

-Mi mujer (comenta riendo), me dice: "A mí me gusta verlo a Pinti porque dice todo lo que yo hubiera querido decir de chica"; un poco exagerando claro, pero se refiere a esa libertad pa'.

-Para expresarse.

-Eso. Es que los caminos hacia la risa, la sonrisa o la carcajada tienen distintas vertientes. Y hay gente para cada una de ellas. Lo mío no es mejor, es distinto.

-¿Le llama la atención el sentido del humor de alguna región en particular?

-El andaluz. y el de las islas Canarias. Ellos dicen: "Somos andaluces pasados por agua". El cubano es muy gracioso también.

-A usted, que es tuerca: ¿cuál es el Schumacher del humor de todos los tiempos?

-Mirá, es muy difícil responder eso. Yo era muy admirador de Sandrini, de Niní Marshall. Niní tenía esta cosa de hacer reír sin hacer poner colorada a la abuela.

-¿Hay algún lugar donde su humor no sea bien recibido? Por ejemplo, uno podría pensar en la Capital Federal, donde se vive demasiado apurado como para "perder media hora en un cuento".

-Al contrario. Llegó a pasarme lo siguiente: cuando hacía un micro de humor en Canal 13, antes del noticiero, te hablo del año '73, '74, un señor en un Mercedes-Benz me hace señas para que estacione. Y pensé: "¿Lo habré tocado o algo?" Iba con chofer, el tipo. Se baja y me dice: "Mire, no soy cholulo, pero, ¿sabe qué?, le quiero agradecer la pausa que les pone a mis horas; después no quiero ni ver el noticiero para no amargarme". Bueno, como esta historia he tenido varias. Ahora, es cierto que el porteño tiene que acudir al chiste porque ni siquiera tiene tiempo pa' reírse. Pero le gusta contar. Más de una vez me han dicho: "¡Ah!, quise contar ese que contó usted el otro día y no se rió nadie".

-¿Y dónde le erraron ahí?, ¿en el rol de Landriscina?

-Tal vez se olvidan de detalles esenciales. Por eso, cuando me llaman para eso que le dicen "cena show", les suelo decir a los que me contratan, vulgarmente, que no entretengo digestiones. Lo mío, o se escucha o no se escucha. Y si no tenés capacidad pa' que te hagan silencio, es o porque no estás en el ámbito adecuado o porque la gente no tiene interés en lo que hacés.

-¿Recuerda alguna metida de pata por algún término que haya sido malinterpretado o no comprendido?

-Me pasó en Uruguay. En lo que ellos llaman una fonoplatea. Y cuento uno como pa'. y no pasó nada. Y puse una cara de desgraciado que ni te digo. Los miré a todos y les dije: "Ya terminó el cuento". Y se rieron de eso.

-¿Y en dónde le había pifiado?

-Yo había dicho "guampa", y en Uruguay eso se conoce como cuerno. Era un cuento breve y muy gracioso, pero no lo entendieron. Hay tantas cosas. Mirá, al portaequipaje allá le llaman la vaca; al baúl del auto, la valija; al machete, pa' rendir, ellos le dicen ferrocarril; y le dicen machete al amarrete. Una vez me dijeron: "¡Eh, cuéntese otro, no sea machete!"

-¿Cuál es la gran diferencia del uruguayo con el porteño?

-El uruguayo es un tipo que parece más provinciano, y es un anfitrión por naturaleza; no se hace el simpático ni el cordial ni el atento. Es así. Sigue manteniendo lo que tuvo Buenos Aires en los años 40, esa cosa de conocerse, de lo que se dice "perder tiempo en el café con un amigo". Y yo creo que se gana tiempo.

-¿Heredaron sus hijos su veta humorística?

-Mis hijos son muy graciosos, pero con sus amigos. Jamás subirían a un escenario. Sin embargo, mi nieto, que se llama Luis Landriscina (yo me llamo Luigi, aclara), tiene unas ganas de subirse. La vez pasada, cuando había cumplido cinco años, le dijo al padre: "Yo quiero ir a Cosquín a recitar el verso del abuelo, el Casi gringo, pa' ganarme el Oscar". Tiene entreverados los escenarios.

-¿Cree que los argentinos somos intolerantes o, si prefiere, ignorantes?

-Creo que somos un poco intolerantes, y mucho por ignorancia. Yo tengo primaria nomás, porque donde vivía no había secundaria. Pero con el alfabeto solo me pusieron el mundo a los pies. Y otra cosa: los viajes me abrieron mucho la cabeza. De ahí que me haya gustado acuñar la frase: "Toda intolerancia viene por ignorancia". Al viajar, entendés más al otro. Y lo admito: yo era un intolerante. Como dijo aquella periodista italiana, Oriana Falacci, que en todo argentino hay un enano fascista.

-¿No tenía algo de razón?

-Totalmente. Hay una generación que aun en democracia creció bajo la vara del autoritarismo. E incorporamos esos mandatos como si fueran la regla.

-O la manera de referirse al vecino con desprecio: paragua, bolita.

-Sí, todo ese tipo de cosas. Algo muy despectivo: porque es morocho, porque es petisito. lo mismo que con nuestros indios. Yo me crié con una gallega que decía: "Zurcido pero limpio". ¿Ta' claro? O te pongo como ejemplo un boliviano. ¿Alguna vez viste un boliviano pidiendo? En la mano tiene cuatro cabezas de ajo, o cuatro limones o un atado de arvejas recién cosechadas. ¿Y sabe por qué? Porque le da vergüenza pedir. Y nosotros mandamos a los chicos a pedir al lado del Obelisco para dar lástima. Esas son las dos grandes diferencias entre la pobreza con dignidad y la otra.

-Un título como Dentrando a salir se asocia con el fin de otro ciclo: la vida. ¿Ha reflexionado sobre su propia muerte?

-Sí. Es más, ya estuve muerto tres minutos. En Puígari, en el '90, ahí en el Sanatorio del Plata, de los adventistas. Y la verdad es que no quería volver pa' este otro lado; 'taba muy bien del otro. Pero la muerte en sí no me asusta. Mirá, si sustentás la fe que decís tener, y hablás de la vida eterna, no podés correr la parca a bolsazos, porque no es una enemiga, es parte del ciclo de la vida.

-Entonces, si el cielo existe, ¿cómo le gustaría que lo recibiera Dios?

(Silencio) -Yo sé que me va a llamar al costado pa' tirarme las orejas por algunas cosas. Y seguramente me va a perdonar otras.

-¿Pero con qué palabras le gustaría que lo recibiera?

(Sin titubear.) -Te estaba esperando.

-¿Notó que en nuestra sociedad no se habla de la muerte?

-Es cierto, el tema de la muerte no está tan hablado como el de la vida. Y si bien es cierto que uno tiene la obligación de defender la vida, tampoco hay que pelearle a Dios la decisión de llevarte, ¿'tá? A este tema ya lo hemos conversado con mi mujer. Ninguno lo va a dejar en estado vegetativo al otro.

-¿No le llama la atención que además de ser la única especie animal dotada con la capacidad de reír, a medida que crecemos y supuestamente más evolucionamos, menos nos reímos?

-Tal vez porque nos dejamos agobiar por las pequeñas cosas de la vida. Nos enojamos porque es sábado e igual llueve. ¿Y qué quiere que haga? ¿Me voy a pelear con el gobierno? No. Y bueno, es cuestión de buscarle el costado lindo a la lluvia.

-La aceptación de las cosas como son... qué difícil es a veces, ¿no?

-Sí. Y yo he aprendido un montón sobre ese tema, pero hay cosas que en la vida alguien te las tiene que decir; ayudarte a comprender.

-¿Cuál es la contracara del humor?

-El pesimismo, más que el mal humor, que puede ser generado por contratiempos.

­-Entonces, ¿definiría a la persona exitosa como aquella a la que nadie ni nada le saca la sonrisa de la cara?

-Por supuesto. Además, el éxito, ¿qué es? Los mensajes pasan por tener el auto y pensar que eso es el placer. El placer se construye con los años y con angustia. El placer hasta lo podés comprar. Y es un ratito. La felicidad, si sos un muchacho, consiste en tener una novia; pero va acompañado de la angustia de que la puedas perder. O tener un amigo; pero va de la mano con la angustia de que se pueda enfermar o hacerte una mala pasada, que para mí es peor que una desilusión amorosa. Yo privilegio siempre la lealtad, la discreción y la gratitud.

-A veces es difícil sentir gratitud con lo que se tiene...

-Esto también llega con los años. Yo soy de rezar. Primero agradezco haber amanecido y después, a la noche, haber vivido el día. Y cada día disfruto más de las pequeñas cosas. Ahí está la cosa.

Para saber más
www.fundacionkonex.com.ar

Anecdotario

LA TIERRA: "Recuerdo, hace dos o tres años, cuando fuimos a Cosquín, que llevé a los tobas, los mocovíes y los wichis, y me dijo uno de ellos: «Don Luis, yo sé que usted es muy bienintencionado, pero hay una cosa que dice para halagarnos. Usted dice que nosotros somos los antiguos dueños de la tierra; le voy a pedir que no lo diga más, porque las comunidades indígenas no aceptamos que la tierra tenga dueño». ¿Entendés? Yo había convivido con los indios 40, 50 años, pero hasta que hablé con alguien que abrió su corazón, y yo tuve tiempo para escucharlo, no entendía bien su filosofía. Y empecé a mirarlos más porque tienen una cosmovisión distinta de la nuestra. Los aimaras viven agradeciéndole a la Pachamama hace 4000 años y nosotros empezamos a celebrar el Día de la Tierra sólo cuando lo dijo uno de Norteamérica".

LA FAMA: "Este es un oficio que te hace más conocido, pero no te hace mejor, y ésta es una trampa que les suelo explicar a los que comienzan. La fama es mucho más peligrosa como vieja tramposa que como amiga. No creo en los mártires de la popularidad: porque este oficio no se hereda. Esto lo salís a buscar vos. Si luchás por ser popular y después te escondés detrás de unos lentes ahumados porque te molesta la gente, entonces hay algo que no está bien sincronizado en tu estructura".

PADRES ADOPTIVOS: "Yo no conocí otros papás que Santiago Rodríguez y Margarita Martínez. Ellos me adoptaron a los 22 meses, cuando mi madre falleció en el parto de su octavo hijo. Ellos son los que me educaron, los que me mandaron a la escuela para que me instruyeran (que son dos cosas distintas). son los que me venían a tapar a la noche con un beso para decirme hasta mañana. Con ellos tuve, sobre todo, afecto".

Su vida

Nació el 19 de diciembre de 1935 en Colonia Baranda, Chaco, y -viaje en sulky mediante- lo anotaron el 6 de enero siguiente. Es el séptimo hijo de Filomena, que falleció en el parto de su octavo hijo. Junto a dos hermanas, se crió con sus padrinos Santiago Rodríguez y Margarita Martínez, contratistas en los obrajes. Cursó la primaria en varias escuelas rurales, donde despuntaron sus dotes de narrador y animador. Se consagró como cuentista y recitador en el Festival de Cosquín de 1964. En Buenos Aires, intervino en radio y TV, triunfó en Uruguay, y en 1968 firmó su primer contrato discográfico. Tiene en su haber 56 discos grabados. Se casó con Guadalupe Mancebo en 1961 y tiene dos hijos, Gerardo y Fabio, y tres nietas. .

Por Ignacio Escribano
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