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PREPARANDO EL BICENTENARIO

Aunque los festejos de los 200 años de la Revolución de Mayo nos encontrarán esta vez, a diferencia de 1910, convertidos en una nación empobrecida y en crisis perpetua, iniciativas públicas y privadas impulsan un programa de compromisos y metas con miras al 25 de Mayo de 2010

Domingo 27 de marzo de 2005

Bastante menos grácil que los miembros de la realeza enviados ahora desde Europa en misiones internacionales, la infanta Isabel de Borbón marcó a fuego con su silueta los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo. Acaso una imagen -aquella de la infanta española en la pujante Buenos Aires de 1910- que prevaleció en la memoria como aquel cliché del 25 de Mayo original en el que abundaban los paraguas y los repartidores de escarapelas y se soslayaban las ideas.

En realidad, detrás de aquellos festejos fastuosos engarzados en la prosperidad de las elites (también vinieron intelectuales y escritores como Jacinto Benavente, Vicente Blasco Ibáñez, Ramón del Valle Inclán, Georges Clemenceau, Anatole France, Jean Jaurès) maduraba la mayor reforma política de la historia: el voto universal, secreto y obligatorio. Justo en abril de 1910 Roque Sáenz Peña fue elegido presidente. Sucesor de José Figueroa Alcorta -el anfitrión de la infanta, con la que puso la piedra fundamental del Monumento a los Españoles-, el conservador Sáenz Peña fue quien sepultó, con la ley de 1912 que lleva su nombre, el sistema de gobierno de los notables, arrastrado desde el siglo XIX. Observa Rosendo Fraga:

"La reflexión que generó el primer centenario influyó en el mundo político de entonces para aceptar los cambios que se venían postergando".

Ahora, 95 años después, y en una Argentina que quedó lejos de cumplir no sólo con los sueños sino hasta con las expectativas de desarrollo más pesimistas de 1910, un todavía silencioso pero potente movimiento público y privado comenzó a preparar el Bicentenario, no sobre la base de efemérides engalanadas -o no sólo-, tampoco con la ilusión de recuperar en un lustro los déficit de un siglo entero, pero sí aprovechando el acontecimiento para estipular metas y enmarcarlas en un proyecto de nación. Nada que no esté inventado: bicentenarios con metas programadas varios años antes fueron ya el de la independencia de Estados Unidos, en 1976, y el de la Revolución Francesa, en 1989. Un conjunto de obras, puesta al día de deudas pendientes, reflexiones y celebraciones. Podría decirse una mezcla equilibrada de ideas, ladrillos y fuegos artificiales.

El primer impulso local fue anterior al colapso económico, que lo interrumpió sin que nadie osara preguntar por qué en la Argentina de los saqueos se prefería no hablar del lejano 2010. Tres días antes de dejar la Casa Rosada, el presidente Carlos Menem había firmado un decreto por el que se creó una Comisión del Bicentenario que, en los hechos, fue letra muerta. Poco después, Rodolfo Terragno, como jefe de Gabinete de Fernando de la Rúa, lanzó un "plan Bicentenario". Eran metas económicas, sociales, educacionales y científicas a desarrollarse en el período 2000-2010, pero terminaron hechas añicos por desencuentros intestinos del gobierno de la Alianza. "Yo planteaba un proyecto de país, aunque el vicepresidente (Chacho Alvarez) y el ministro de Economía (José Luis Machinea) pensaban que así se boicoteaba el plan económico? y la verdad es que sí, había una contradicción", dice Terragno, quien a raíz de ese cortocircuito palaciego terminó renunciando.

El tema del Bicentenario, virtualmente congelado en tiempos de Eduardo Duhalde, sólo volvió a ser medular en los últimos meses. El presidente Kirchner se lo encargó al ministro del Interior Aníbal Fernández. Una buena porción de los proyectos en danza está siendo manejada, a su vez, por el secretario de Cultura, José Nun. Subsisten, se sabe, discusiones organizativas respecto de las competencias entre las reparticiones del Estado, algo que, es obvio, involucra definiciones de fondo sobre el perfil que tendrá, al cabo, la marca Bicentenario. En todo caso, fuentes oficiales confirmaron a este diario que en abril habrá decisiones y anuncios que contribuirán a instalar la cuestión en la agenda pública.

Fijar metas

Por lo pronto, un decreto firmado el 1° de marzo por el presidente Kirchner ya dispuso que el histórico Palacio del Correo, uno de los edificios más bellos e importantes de Buenos Aires, situado a 300 metros de la Casa Rosada, se convirtiera en el Centro Cultural del Bicentenario. Ahora viene un concurso de ideas para definir su aplicación concreta. Así como en 1910 hubo un Pabellón del Centenario que estaba en terrenos del Ejército, ahora se estudia darle esa función a uno de los grandes galpones que el Estado tiene en inmediaciones de Salguero y la Costanera.

Mientras diversas ONG realizan trabajos y proyectos vinculados al concepto del Bicentenario, el empresario Ricardo Esteves integró en una comisión a dirigentes de distintos sectores interesados en el acontecimiento. Son, entre otros, Terragno, Eduardo Amadeo, Rosendo Fraga, Julio César Saguier, Felipe de la Balze, Teresa Anchorena, Martín Redrado, Marcelo Stubrin, Gustavo Beliz y los embajadores Carlos Ortíz de Rozas y Archibaldo Lanús. También sometida a los avatares políticos y económicos que siguieron a la caída de De la Rúa, esa comisión, revitalizada en 2004, incluye al ministro de Educación Daniel Filmus, uno de los más entusiastas partidarios de utilizar el año 2010 para fijar metas del Estado. La comisión editó un libro titulado Mirando el Bicentenario, coordinó con la Armada la organización de una gran regata que atraerá a Buenos Aires, en mayo de 2010, a los buques escuela de todo el mundo,y puso en marcha otros proyectos en conjunto con la Academia Nacional de la Historia, por un lado, y con la Comisión oficial del Bicentenario chileno, por otra.

Dicen quienes están trabajando en el tema que Chile -cuyo bicentenario se conmemora cuatro meses después del de la Argentina- tiene planes mucho más avanzados que denuncian por contraste -película ya vista- el atraso de la Argentina (nuestro Centenario, a propósito, se había empezado a organizar en 1901). Más aún, se sabe que Chile, cuyo presidente Pedro Montt fue uno de los invitados principales de Figueroa Alcorta en 1910, contribuyó, incluso en diálogos recientes de Ricardo Lagos con Kirchner, a que la Argentina se desperezara respecto del más importante cumpleaños de la Patria que conocerá la presente generación.

Ahora bien, en un país que recién sale del colapso, que tiene asimilada la señal de emergencia con la rutina y que se fundiría definitivamente si sus gobernantes tuvieran que pagar derechos de autor por el uso de la palabra crisis, no parece fácil levantar la vista y mirar al mediano plazo. He aquí una virtud del almanaque: su intransigencia. El Bicentenario llegará inexorablemente. Podría ser un buen antídoto contra el hábito criollo de las postergaciones con excusas dramáticas.

Sin duda, lo más sustancioso estará en la magnitud de aquellos planes de las distintas áreas del Estado que, al ser realizados dentro de los próximos cinco años, queden sujetos de una u otra forma al tope del Día D, el 25 de mayo de 2010. Las fuentes gubernamentales a las que recurrió LA NACION, sin embargo, no fueron demasiado precisas cuando se les preguntó por el criterio que se adoptará para diferenciar los planes de gobierno regulares de las obras pensadas -o adaptadas- en función del Bicentenario. En todo caso, ¿cómo se articularán, a la luz de la moraleja de Terragno, las metas para el 2010 con los papeles que, con mayor o menor robustez como políticas de mediano y largo plazo, existen hoy en los ministerios?

Uno de los modelos más avanzados es el que maneja el Ministerio de Educación. Allí se habla, según se conoce en forma extraoficial, de diez objetivos para el Bicentenario: universalizar la sala de cinco, llegar al 50 % de la matrícula entre los dos y los cuatro años, cumplir efectivamente la obligatoriedad de los diez años de educación (hasta 9° año), universalizar el nivel medio, llegar a un 40 % de la matrícula de educación básica con jornada completa (hoy es inferior al 10%), universalizar la enseñanza de una segunda lengua (no necesariamente el inglés), universalizar la enseñanza informática, eliminar el analfabetismo en forma total (actualmente hay alrededor de 700 mil analfabetos, lo que representa el 2,3% de la población), lograr una aprobación cercana al 100% en la evaluación de calidad educativa (es del orden del 60%) y recuperar la educación técnica (escuelas, otra vez, que otorguen títulos técnicos en seis años).

¿Qué costo tendrían para el Estado estas metas? Incluida la recomposición salarial docente, los estudios oficiales estiman, hoy, un monto del orden de los 9 mil millones de pesos, equivalente al 6 por ciento del PBI. Con ese criterio, el proyecto de Ley de Financiamiento Educativo hacia el Segundo Centenario -así se llamaría-, que el gobierno piensa enviar al Congreso en los próximos días, estaría atado al PBI en lugar de proyectar una inversión fija en pesos, supeditándose a la vez a la coparticipación impositiva.

Otro caso es el del Ministerio del Interior, varias de cuyas asignaturas pendientes, aseguran -aunque todavía con pocas precisiones- entrarían en los programas del Segundo Centenario: la renovación completa de los DNI, la informatización de todos los pasos fronterizos (se diría que un lustro es tiempo de sobra para cumplir con esas metas si no fuera porque, desde el siglo pasado, los últimos cuatro presidentes no consiguieron cumplirlas), la escurridiza reforma política, ésa que en los años electorales no se hace porque son años electorales y en los otros tampoco porque falta mucho para las elecciones.

País de inmigrantes

La política migratoria está llamada, por otra parte, a ser particularmente debatida para el momento en que se conmemoren dos siglos del comienzo de la independencia. Cuando se conmemoró el primero, la Argentina estaba en el pico de la inmigración. Sólo entre 1904 y 1913 se radicaron un millón y medio de personas. Entre 1870 y 1930 arribaron alrededor de 4 millones, sobre todo españoles e italianos, a un país que en total tenía 3 millones de habitantes. Para 1910 la mitad de la población de muchas ciudades argentinas era extranjera. Claro que en esa época el mundo reacomodó el 10% de la población total, algo que no se repitió (entre 1976 y 2003 la inmigración planetaria creció, pero de 2,1% a 2,9%). De acuerdo con datos de la Dirección Nacional de Migraciones, la Argentina, que durante casi todo el siglo XX convivió con un promedio de 15% de su población compuesta por extranjeros, tiene hoy un millón y medio de inmigrantes, la mitad irregulares ante la ley, ahora en proceso de reordenamiento merced al Programa Nacional de Normalización Documentaria Migratoria. Una meta sustancial en orden al Bicentenario sería, pues, la regularización de aquellos 750 mil inmigrantes. En cuanto a la cantidad de argentinos en el exterior (la mayor corriente emigratoria se produjo durante el "Proceso", aunque la última ola, tras el colapso económico, fue más estridente), se estima que ha decrecido y estaría en el orden de 600 mil. La población del país, que crece a una tasa de 1,05% anual, llegaría a este paso a 54,5 millones en 2050. Pero eso depende, en buena medida, de las políticas que se adopten. Y para eso, verdad de Perogrullo, hace falta pensar el futuro. Y discutir si 54,5 millones es bueno o es malo.

Parece mentira pero se creía en 1910, recuerda Fraga, un "bicentenarista" nato si los hay, que para 1950 el PBI argentino iba a superar al de Estados Unidos "como hoy se dice respecto de China". No hace falta aclarar que eso no fue lo que ocurrió. Sucede que entre 1880 y 1910 la economía argentina había crecido a un ritmo más intenso que la norteamericana. En los años treinta, el PBI argentino era el 35% del PBI latinoamericano. Pese a que el crecimiento ya no era tan intenso, ¡el PBI argentino era entre un 20 y un 25% superior al de Brasil! Hoy equivale al 13% del PBI latinoamericano. Agrega el estudioso de la historia económica Roberto Cortés Conde que las remuneraciones de los asalariados eran mucho más altas que las europeas, lo cual explica los 30 años de inmigración intensa.

Nadie avisó que esto pasaría. ¿Se podría, acaso, volver a la Argentina del Centenario? Más realista es apostar -y hacer- que la Argentina del Bicentenario sea al menos más rica y más justa que la de los últimos años. Para ese martes, el del 25 de Mayo de 2010, faltan 1885 días.

Por Pablo Mendelevich

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