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A tres meses de la tragedia de Once

Sentirle el olor a la muerte

Información general

Santiago Aysine y Johana Chavez lograron escapar del infierno en que se convirtió República Cromagnon; LA NACION LINE recordó con ellos el día más trágico de sus vidas

Escucharon los mismos gritos de dolor, la desgarradora voz del amigo que se les estaba muriendo al lado, la misma sensación de no sentir las piernas, el mismo ardor del veneno penetrándoles el cuerpo. Tienen ahora una historia en común: la peor de sus vidas.

LA NACION LINE juntó a dos sobrevivientes de la tragedia de República Cromagnon. Son Santiago Aysine y Johana Chavez, dos jóvenes dispuestos a no olvidar; dos jóvenes dispuestos a buscar justicia.

Tienen 20 y 17 años, respectivamente, y pese a la corta edad Cromagnon les enseñó cómo huele la muerte. "Es un asco. Te ahoga, te sofoca. En aquel momento dije: 'Está bien, yo me muero. Pero no de esta manera'", dice un Santiago distinto, que no es más el de antes, al recordar lo que pensaba en aquel asfixiante momento.

Llegó al 30 de diciembre con "una cuota de felicidad extra", cuenta, porque era el cierre del año de su banda favorita, Callejeros. Desde esa noche, reconoce que Cromagnon se quedó con todo lo malo que tenía él. Siente que ahora se ocupa de "las cosas que realmente son importantes".

Johana sabe exactamente qué pasó cada segundo y qué le pasó a ella en cada uno de esos segundos de la trágica noche. Se informa, lee todo lo que puede sobre el caso y cuando opina lo hace desde el lugar de una persona a quien la tragedia "le robó el miedo a la muerte".

Cuenta la historia y mueve sus manos muy rápido. Las coloca debajo de sus piernas, las pasa por sus jeans ajustados como secándolas. Por momentos las aprieta, y sólo las vuelve a dejar quietas cuando calla.

"Sentís que tenés la muerte ahí, que te está dando la mano, que vos estás entre salgo y no salgo y no sabés qué hacer. Se te cruza todo. Desde el momento que tuviste uso de razón hasta el último segundo. Y te agarra esa desesperación de querer ayudar, de querer salir, de querer hacer todo y no poder".

Santiago acomoda su menudo cuerpo. Viste camisa, suéter, pantalón de vestir y zapatlilas, ropa con la que seguramente no iría a un recital. Le interesa lo que Johana está contando y se desespera por hablar. Es que desde el 30 de diciembre comparten también esa incomprensible sensación de culpa de estar vivos.

"Cuando uno dice 'chau ma' está implícito 'mamá, vuelvo para verte, te amo', interviene Santiago. Sus palabras conmueven. Johana lo mira y trata de resistir. Gesticula con su boca como conteniendo las lágrimas. Santiago insiste: "Ellos [los que murieron] querían volver a sus casas, amaban la vida, iban a divertirse. Adentro era saltar montañas de gente como escalera, había que apoyarse sobre ellos, la verdad es que siento mucha culpa pero en ese momento no podía ayudarlos. Era pisarlos y pensar: 'disculpame, pero tengo que salir de acá, me espera mi vieja'. Cuando llegué a mi casa me acuerdo de ver el noticiero y no entender lo que pasaba. Y lo primero fue culpa, culpa porque había chicos ayudando y yo estaba en mi casa... no... no era justo".

Santiago se lamenta de no recordar los hechos pero sin embargo cuenta con detalles desgarradores todo lo vivido, el caótico pasaje de lo que era para él una fiesta que en segundos se convirtió en locura y desesperación.

"Cuando logré ver el fuego lo primero que atiné fue a correrme del centro. La media sombra caía en forma de lluvia sobre la gente. Todos pensábamos en salir. No prendernos fuego era la cuestión. Yo me olvidé que existían puertas de emergencia, me olvidé que existía un escenario en el cual la banda tenía su propio acceso, por el cual podría haber salido. Lo único que me acordé fue que había una puerta por la que había entrado. Quería salir por esa. Yo estaba al lado del escenario, tenía un trayecto bastante largo y se me hizo más largo todavía porque no tomé la vía más rápida, tuve que abrirme porque la media sombra caía en el centro del lugar. Cuando se formó la avalancha lo primero que trató de hacer la gente fue tranquilizarse, pero duró sólo un segundo porque no todos se pusieron de acuerdo y no se podía deliberar: era irse o irse".

La muerte bien de cerca

A Santiago no le cuesta pormenorizar el relato; es más, parece que lo revive y hasta da la sensación de que le falta el aire como aquella noche.

"Nos fuimos contra la pared más lejana a la puerta de entrada, (...) había una barra, tuve que saltarla, me costó muchísimo, no podía. Trataba de pedirle a los chicos que la podían saltar que me ayudaran pero nadie te escuchaba... bah, no es que no te escuchaban, la desesperación te dejaba sordo. Perdí una zapatilla en ese momento; salté. Cuando llegué al otro lado corrí tres metros hacia el lado de la puerta y era suerte, era llegar a la puerta por intuición. No había cómo buscar porque sólo eran gritos y llantos, locura. Llegó un momento en que la muerte se empezó a sentir bien de cerca. Ya no había oxígeno. Había que lidiar con las piernas. El humo generaba sueño, me quedaba dormido, me desmayaba, era caerse y levantarse. Me asusté demasiado y cuando traté de salir la puerta ya no se veía, y me acuerdo que tuve que saltar y correr sobre la gente. No me refiero sólo a la gente que estaba tirada en el piso sino a la gente que iba caminando. Empecé a correr sobre sus cabezas".

Interrumpe el relato para aclarar que les pide perdón a todos aquellos a los que pisó: "La verdad es que no era conciente, somos un ser cero racional en ese momento, sacamos todo el animal que llevamos reprimido". Pero enseguida lo retoma.

"Empecé a seguir la luz del celular de un chico que la verdad no entiendo cómo pudo haber estado tan frío en ese momento como para prenderlo. Después no me acuerdo más. Me quedé dormido. No me acuerdo [lo dice con mucha bronca]. Cuando levanté la cabeza vi el cartel de salida a unos diez metros. Pero el cartel de salida seguía a unos diez metros y no..., cada vez era más nocivo el humo, y no llegaba a la salida, y estábamos inmóviles y todo era resignación. Lo único que me pasó por mi cabeza fue mi vieja. Si yo me tenía que morir estaba bien, pero cómo iba a seguir mi mamá después de eso".

Entre la pérdida de la conciencia y la lucidez, Santiago optó por buscar un lugar en el piso para dormirse. Pero no había. 'Ya está, me tiro acá y duermo', pensó, hasta que escuchó ruidos y cuando logró ver que la gente estaba saliendo corrió detrás de ellos.

Los relatos se entrecruzan. Lo que vivió uno lo vivió también el otro. "No se podía respirar, parecía que te quemaba pero completo. Cuando el fuego se apagó ya no se veía nada, sólo se escuchaban voces que gritaban que querían salir, que preguntaban dónde estaba la puerta, que había que correr hacia el escenario, que había que correr para acá, para allá, hasta que me empezó a llevar la gente", recuerda Johana.

"No pedía que me sacaran, sino agua"

Desesperada, escuchó que la muchedumbre había encontrado la salida de emergencia pero al instante oyó lo peor: la habían trabado y no se podía abrir. "Pensé para dónde correr y se me cayó toda la gente encima, me caí al piso, quedé arriba de alguien y arriba mío tenía a tres personas más. Uno en cada pierna y otro atravesado. Empezaron a tirar agua. Yo ya no pedía que me sacaran, sino agua. Se levantó uno de los chicos que tenía sobre una de las piernas, puse mi pierna en la espalda del otro chico e hice fuerza para atrás y empecé a arrastrarme hasta que me levantaron y me sacaron. A mis piernas no las sentía, no podía caminar".

La sacó un bombero y la dejó al lado del autobomba, donde se desmayó. Un hombre y su sobrino la levantaron, la llevaron hasta la esquina, la reanimaron y llamaron a su casa. Entró en el hospital Naval, donde estuvo internada una semana, cerca de la medianoche. Sus padres recién la encontraron a las 6.

Santiago estuvo siete días en reposo y medicado durante un mes. No quiso que lo internaran. Hoy reconoce que necesita con "urgencia", según sus propias palabras, asistencia psicológica. Johana, en cambio, hace terapia desde la tragedia y dice que se siente mucho mejor. Se despidieron con un beso, un abrazo y un "cuidate" y "vos también". Y se fueron.

mveron@lanacion.com.ar.

Por Mariana Verón De la Redacción de LA NACION LINE Con la colaboración de Ricardo Quesada
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