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En Buenos Aires, a los 99 años

Murió César Civita, el gran creador de la editorial Abril

Cultura

Fue un hombre culto, de intereses múltiples

Por   | LA NACION

El empresario de medios de comunicación César Civita, fundador de la editorial Abril, murió en Buenos Aires, donde estaba radicado, a los 99 años. Civita había nacido el 4 de septiembre de 1905, en Nueva York, pero tenía nacionalidad italiana, país en el que vivió hasta 1938. Llegó a la Argentina en 1941, como representante de la compañía Walt Disney. Con su esposa Mina Civita tuvo tres hijos: Bárbara, Adriana y Carlos. Sus restos fueron cremados anteayer.

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Clausurada Primera Plana por la dictadura del general Juan Carlos Onganía, el 1° de marzo de 1970 entré a trabajar en la revista Panorama, de la editorial Abril. Fuimos varios los ex "Pripla" convocados por César Civita, con la evidente intención de infundir a su publicación semanal el prestigio de que gozaba la que hasta entonces fuera su mayor rival.

Conocí entonces, por fin, al célebre empresario, talentoso y afortunado. Hombre de múltiples intereses (amante del cine, fue premiado como documentalista nada menos que en un Festival de Venecia), creó en la Argentina, a la que llegó como inmigrante, un imperio editorial a partir de revistas de historietas, a las que añadió una de automovilismo que se hizo famosa (Corsa), y otras varias, no menos populares -Siete Días, Panorama, Claudia, Adán-, abarcando distintos rubros, hasta cubrir cabalmente todas las expectativas de un lector curioso que desea estar informado.

Tal vez fue Claudia la que lo consagró definitivamente, al presentar una publicación para la mujer distinta de las tradicionales, sobre todo en la parte gráfica: diagramación audaz, espléndidas fotografías de moda a toda página, en radiantes colores, y reconocidos especialistas en cada tema, además de un material literario de calidad, servido por los nombres más difundidos de la literatura argentina de entonces. Baste recordar que la eminente poeta Olga Orozco hacía allí el horóscopo, el pintor Stefan Strocen era el jefe de arte de todas las publicaciones, y el escultor Enrique Tudó un diagramador de lujo. Y cabe recordar que Abril llegó a tener las máquinas impresoras más avanzadas de la Argentina.

Abril fue básicamente una empresa familiar. Carlos, el hijo varón de Civita, era el gerente general. Mina, la mujer del propietario, directora de Claudia. Adriana, la mayor de sus hijas, la redactora estrella de la editorial y rival declarada de su colega italiana Oriana Fallaci. Civita no vaciló en montar un costosísimo operativo para trasladarla a Vietnam, en plena guerra. El marido de Adriana, un italiano, Roberto De Angelis, servía como crítico cinematográfico de la casa. Tan sólo la hija menor, Bárbara -excelente pianista-, no participaba de la actividad periodística.

Sabido es, además, que un hermano de Civita era dueño de la más importante editorial del Brasil, responsable de la revista de actualidad más difundida en ese país, Veja (Vea), a cuyas cifras de venta aspiraba César llegar con su Panorama. Cordial y expansivo como buen italiano, creaba a su alrededor -otro rasgo peninsular- una aureola patriarcal, de "pater familias": de a ratos derrochaba bonhomía y en otros se mostraba tiránico.

No en vano su sufrida secretaria (y segunda esposa), Paulina, en privado lo llamaba il babbo [papá]. Como casi todos los empresarios exitosos, Civita difícilmente admitía una opinión contraria a la suya y esto creaba a veces situaciones incómodas, sobre todo cuando se trataba de evaluar una realidad que en la Argentina de los años setenta del siglo XX se volvía cada vez más compleja y agresiva. Hasta su colaborador más cercano, su brazo derecho, Raúl Burzaco, quien mantenía con su jefe una relación casi filial, más de una vez conoció los rigores de un temperamento puesto en jaque por los irrefrenables acontecimientos de la época. Cuando el frente del domicilio particular de Civita fue baleado por tiradores anónimos (o no tanto), la atmósfera se le volvió irrespirable y decidió exiliarse en Brasil, del que -creo- se trasladó después a México, donde también Abril tenía intereses. Panorama cerró (fue "discontinuada", para usar la jerga de moda entonces) a fines de 1975, y yo me fui a trabajar a La Opinión.

No olvidaré jamás el ambiente en que él trabajaba, su despacho, el "sancta sanctorum" al que todos temíamos ser convocados. Muy amigo del célebre caricaturista norteamericano Saúl Steinberg, éste lo había autorizado a reproducir, en la vasta pared principal del despacho, detrás del trono, uno de sus dibujos, en color, donde abundaban -no sé por qué- las reproducciones exactas, fotográficas casi, de los sellos que, durante los viajes, suelen estamparse en los pasaportes al entrar y salir de los diversos países. Este mural y el revoloteo incesante de un mirlo de la India ("pájaro «maina»", le decían en la editorial) que era su mascota y al que se empeñaba vanamente en enseñar a hablar -tampoco había conseguido moderarlo en su displicente siembra aérea de recuerdos, no siempre bien recibidos por los sorprendidos destinatarios- no se apartan de mi memoria al evocar a este hombre singular, contradictorio. Inteligente y cultivado, sin duda, y con una certera visión empresarial. .

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