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Con Beethoven y Marconi

Domingo 10 de abril de 2005
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Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Néstor Marconi, bandoneón. Programa: Beethoven: "Obertura Egmont, Op. 84"; Marconi: "Tangos concertantes" (primera audición); Shostakovich: Sinfonía N° 1 en fa menor, Op. 10. Auditorio de Belgrano.

Algún experto en cálculos de espacios ocupados del total de una superficie, que no es el caso de este cronista, podría haber estimado el porcentaje cubierto de la platea del Auditorio de Belgrano con alguna exactitud y el resultado numérico no sería particularmente alto. Muchos claros, largas filas vacías en el sector delantero y, como consecuencia casi inevitable, alguna frialdad general. Y fue una picardía porque si bien el concierto no salió de la corrección general, era una buena oportunidad para presenciar un estreno y oír la primera sinfonía de Shostakovich, una obra escrita por su autor a los diecinueve años y que posee el valor agregado de ser la inicial de uno de los ciclos más relevantes del sinfonismo del siglo XX.

Para completar el programa y extender la primera parte del concierto a los tiempos habituales, se agregó, en el comienzo, la "Obertura Egmont", de Beethoven, una obra conocida y que cualquier orquesta sinfónica con oficio puede abordar sin mayores inconvenientes. Con una lectura de trazos amplios, mucha sonoridad y pocas sutilezas, y por consiguiente, con pocos atractivos especiales, la obertura pasó sin sorpresas y sin producir mayores emociones.

Pedro Ignacio Calderón, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional
Pedro Ignacio Calderón, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional. Foto: Gustavo Seiguer

El turno del tango

Pasado el tiempo de Beethoven, llegó el turno de los "Tangos concertantes", de Néstor Marconi. Aunque dentro del nacionalismo neoclasicista argentino hubo muchos intentos dentro del tango sinfónico, es real que fue Piazzolla, con sus muchos ensayos y variados resultados, quien insistió reiteradamente hasta darle un lugar de consistencia en los escenarios académicos. Dentro de este sendero, en todo caso, pospiazzolliano, debe inscribirse este concierto para bandoneón y orquesta de Marconi. Pero así como al gran Astor se le pueden observar una escritura orquestal mayormente discreta y una resolución no siempre afortunada en la concertación del instrumento y la orquesta, a Marconi hay que reconocerle mayor variedad en el tratamiento orquestal y una participación más concreta de la orquesta en el producto sonoro final.

Con todo, no puede dejar de señalarse que en "Tangos concertantes" prevalece cierta sensación de reiteración. A lo largo de un poco más de veinte minutos, siempre con los perfiles rítmicos, melódicos, armónicos y tímbricos del tango de la segunda mitad del siglo pasado como protagonistas, se alternan, sucesivamente, episodios breves de la orquesta y pasajes solísticos acompañados. Dentro de este marco, Marconi, un virtuoso del bandoneón y un músico exquisito, pareció un tanto aprisionado. Por lo tanto, fueron sus cadencias del primero y tercer movimiento y la de la apertura del segundo, las que permitieron observarlo en toda su musicalidad. La obra concluyó con el conocido recurso del ostinato in crescendo hasta la apoteosis final. Tras los aplausos, fuera de programa y con Calderón como espectador sentado en una silla sobre el escenario, Marconi ofreció una versión sumamente personal, brillante, fantasiosa y rigurosamente escrita de "Adiós Nonino", de Piazzolla, con una significativa y muy creativa ampliación del espectro armónico, con contrapuntos sutilísimos y con toda su maravillosa expresividad.

La segunda parte estuvo ocupada por la Sinfonía N° 1 de Shostakovich, una pieza que requiere gran versatilidad por parte de la orquesta y del director para lograr una lectura acabada. Si, en general, en los tuttis, la homogeneidad y la sonoridad estuvieron bien logradas, no sucedió lo mismo en los pasajes donde diferentes combinaciones instrumentales deben ser trabajadas con precisión para alcanzar sonidos de una factura muy especial. Así como algunos toques de los bronces parecieron llamados, lamentablemente, a romper cualquier encantamiento, hay que hacer mención también de las maravillas que produjeron el concertino Roberto Rutkauskas, con un toque pleno y sugerente, la flautista Patricia Da Dalt y el oboe siempre mágico y solvente de Andrés Spiller.

Pablo Kohan

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