En su reciente libro Historia de la belleza, el incesante polígrafo Umberto Eco observa este fenómeno: el siglo XX se entregó al "absoluto e imparable politeísmo del arte", razón por la que el arte persigue formas neoclásicas como se somete, con igual frenesí, al regodeo esperpéntico. El siglo XX, es cierto, descerrajó una traumática tergiversación de los conceptos de arte y cultura, sumamente ostensible desde que buena parte de la humanidad privilegió, y sigue privilegiando, la estética del desaliño. Un galán tipo ya no se parece a Cary Grant, ni tampoco a Alberto Closas, sino que luce medio zaparrastroso, con barba de cinco días, en sintonía con una moda pavota que rinde culto a la seducción del tatuaje y del piercing. Es ley que cuanta más facha de fascineroso exhiba un ídolo del rock, más admirable resulta y más fanatismo concita.
Con frecuencia, dice Eco, el arte ya no propone "la contemplación de algo bello", sino que se manifiesta como "una experiencia casi religiosa, pero de una religiosidad primitiva y carnal", con dioses ausentes sin aviso. Alude a frecuentes ceremonias populares que "exhuman ritos antiguos y misteriosos", a los que la moderna tecnología adorna con una sobrecarga de decibeles y luces estroboscópicas, útiles para disimular la escasa sustancia artística que ventilan sus oficiantes. Esos sujetos confunden al público joven e ingenuo y desvirtúan un básico precepto: el arte es arte si enriquece la personalidad. Muy lejos de tal idea, aquel insano eslogan "Buenos Aires no duerme", acuñado por un frívolo secretario de Cultura en tiempos de Fernando de la Rúa, invitaba a profesar el patético existencialismo de la cerveza y el tetra-brik.
"Es perverso el artista que produce obras conformistas, para todo público, en vez de mejorar la calidad del público a través de ellas", predicó el dramaturgo Jacinto Benavente, convencido de que la omnipresente ramplonería ignora básicos requisitos artísticos. El arte en serio, y aun el arte popular, es un néctar que sólo destila la cultura. Si Los Roldán y otras astracanadas televisivas proporcionan sabroso alimento intelectual para millones de argentinos, es porque el país ha salido del default financiero pero chapotea todavía -¿hasta cuándo?- en el default cultural.
La receta "pan y circo", prescripta en broma por el poeta satírico Juvenal en la Roma del siglo II, establece vínculos notorios con la cerrazón mental y el subdesarrollo. Su vigencia da pábulo a experiencias casi religiosas, politeístas, como la de República Cromagnon, con dioses que se han ido de juerga. .
