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Romper la barrera de la exclusión

Lunes 02 de mayo de 2005

Muchas veces, la discriminación y las barreras con que se enfrentan las personas con discapacidad no son consecuencia de la inexistencia de una legislación apropiada, sino de la falta de una conciencia moral acerca de la necesidad de la inclusión. Como señala una sabia frase, la única discapacidad auténticamente limitante es la estupidez de creer que quienes no tenemos discapacidad somos mejores que los demás.

La igualdad no es dar a todos lo mismo, sino a cada uno según su necesidad, para que de una vez por todas la situación de exclusión que padecen algunas personas con necesidades especiales se transforme en posibilidades reales de pleno desarrollo y participación en todos los ámbitos de la sociedad.

Recientemente, se produjo un conflicto en una escuela de personas especiales con problemas de motricidad, de Chascomús, que no podía recibir a 27 alumnos porque el transporte escolar exigía un arancel que las autoridades educativas de la provincia no podían pagarle. El mal estado en que se encontraba el establecimiento y la inexistencia de otras escuelas similares en muchos kilómetros inquietó a los padres. Finalmente, el conflicto se solucionó, ya que las autoridades educativas se harán cargo del aumento del transporte escolar y del arreglo de la escuela, al tiempo que se anunció la construcción de una nueva escuela especial.

Frente a la situación que se presentó en Chascomús habría que recordar que cuando la legislación habla de la integración escolar, se está refiriendo a quienes tienen capacidades especiales y a los que no las tienen. Todos se socializan, y mutuamente se enriquecen en una cultura que reconoce, precisamente, el respeto y el amor a la diferencia, a la diversidad. En las escuelas donde se ha llevado a cabo una verdadera integración, se ha descubierto una nueva apertura al otro que deja de lado la competencia para desarrollar un humanismo y solidaridad encomiables.

De modo que la solución no pasará tanto por nuevas escuelas especiales, sino por adaptar las escuelas comunes, brindándoles los medios para que atiendan a los chicos con necesidades educativas especiales, integrándolos con la población escolar.

Entre esos medios deben contemplarse la incorporación de las maestras integradoras con formación en educación para personas con necesidades especiales, una currícula adaptada, materiales especiales, equipos psicopedagógicos, foniatras y terapistas, pero por sobre todo mucho amor, imaginación y paciencia.

Bien se ha dicho que, a pesar de que todos los funcionarios de las distintas áreas educativas hablan de escuela inclusiva, en la práctica advertimos que en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires duerme la ley marco para las escuelas inclusivas, a pesar de los reclamos de agrupaciones como la Asociación Síndrome de Down de la República Argentina (Asdra). O que, por la supuesta falta de presupuesto, se han suprimido las maestras integradoras de apoyo a la maestra del curso, lo cual implica la exclusión de los alumnos con necesidades especiales, al punto que en esta ciudad algunos padres han tenido que ampararse en la Justicia para que sus hijos con síndrome de Down sean admitidos en escuelas comunes.

Es menester evitar discursos contraproducentes que, por un lado, predican la inclusión y, por el otro, levantan barreras para lograrla. La integración es un camino hacia la comunión entre lo diverso, y cuanto más temprano comience la educación en la diversidad antes caerán las vallas culturales discriminatorias. El apoyo estatal a las escuelas que incluyen educación especial integrada debe estar firmemente dirigido a que todas ofrezcan esa posibilidad inclusiva.

La integración escolar es la consagración de un principio que dice que todas las personas son iguales ante Dios y ante la ley, que la mesa no está tendida para algunos sino para todos y que es bueno que los unos aprendan a convivir con los otros.

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