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La revolución del conocimiento

Los avances digitales y biotecnológicos de los últimos treinta años han demostrado ser la principal fuente de riqueza de las economías más dinámicas y competitivas, pero nuestro país aún no logra dar el salto

Domingo 08 de mayo de 2005

Tres poderosas fuerzas convergen para producir la tercera revolución en los últimos 30 años: la revolución digital, la revolución informática y la revolución genética, que han transformado el modo en que vivimos, producimos y creamos riqueza.

Los cambios en la revolución digital e informática han permitido un crecimiento geométrico de la genética y le han dado al hombre un control deliberado sobre las formas de vida. Esto habrá de originar profundas transformaciones en la política, la economía, la ética y la religión.

A partir de la Revolución Industrial, y con la aceleración de la revolución del conocimiento, los beneficios no se generaron de manera uniforme en todo el mundo, y el incremento selectivo de la productividad amplió la brecha entre los países ricos y los pobres. En el año 1750 la diferencia entre los países ricos y los pobres era de 5 veces, mientras que para el año 2000 la brecha se había ensanchado a 390 veces.

Pero, ¿es casual esta diferenciación entre sociedades cuya riqueza va en aumento y otras que son cada vez más pobres? La contracara necesaria de toda revolución tecnológica es, sin duda, la evolución hacia reglas de juego generadoras de comportamientos que favorezcan la libertad, promuevan la innovación y aseguren el goce del fruto del esfuerzo.

Douglass North, Premio Nobel de Economía de 1993, define las instituciones como las "reglas de juego formales e informales" predominantes en una sociedad. Son estas reglas de juego las que establecen la estructura de incentivos que determina la eficiencia o ineficiencia en la organización de las sociedades. Además, con el paso del tiempo, la Revolución Industrial y la del conocimiento han permitido no sólo un enorme crecimiento de la población mundial, de 1.000 millones en 1800 a 6.000 millones en 2000, sino que además han duplicado la expectativa de vida de 30 a 65 años y han reducido la mortalidad infantil a un 70% de lo que era hace 100 años.

La revolución tecnológica

Sin duda, los Estados Unidos son a la revolución del conocimiento lo que Inglaterra y los Países Bajos fueron a la Revolución Industrial. Un claro indicador de la magnitud de esta revolución es el hecho de que una sola empresa, Microsoft, que nació en 1970, tiene un valor de 274.000 millones de dólares (llegó a valer US$ 592.000 millones). En cambio, Brasil necesita tres años de exportaciones para alcanzar un valor equivalente. La única diferencia consiste en que, mientras en Microsoft trabajan 33.000 empleados, Brasil tiene 172 millones de habitantes.

En esta revolución hemos asistido a la introducción de la computación, del software, de Internet y de la telefonía celular, con una reducción drástica en sus precios a medida que se difundía su uso. La primera computadora IBM, en 1970, tenía un valor de US$ 4,7 millones, mientras que hoy una "laptop" cuesta US$ 900, con una capacidad 13 veces mayor. Lo mismo ocurrió con los celulares, cuyo valor en 1984 era de US$ 4195, y hoy cuestan US$ 40.

En el Índice de Libertad Económica (Heritage) publicado este año se demuestra que los 15 países menos libres tienen un ingreso de US$ 1066 per cápita, mientras que en los 15 más libres el ingreso es de US$ 25.525. A mayor libertad, mayor creación de riqueza.

También se ha demostrado que la posesión de mayores recursos naturales no significa mayor riqueza. La Argentina, Brasil, Venezuela, Colombia y México son países con grandes recursos naturales, pero su ingreso per cápita es, en promedio, el 10 por ciento del ingreso per cápita de países pequeños que carecen de recursos naturales, como Dinamarca, Bélgica, Holanda e Irlanda.

La libertad está directamente relacionada con la creatividad, lo cual se demuestra en lugares como Silicon Valley (San José, California), cuna de la revolución tecnológica, donde en 1990 los porcentajes de doctorados en ciencias de los extranjeros procedentes de la India y de China eran del 55% y del 40% respectivamente, mientras que sólo el 18% de los demás extranjeros y los estadounidenses tenía una educación similar. Esto es una directa consecuencia de la libertad que permite a los individuos votar con los pies y trasladarse a aquellos países que protegen la propiedad privada intelectual y el goce del fruto del esfuerzo.

Estos cambios drásticos quedan demostrados en el hecho de que en 1960 un tercio del producto bruto mundial correspondía a la agricultura, un tercio a la industria y un tercio a los servicios. En 2000, la agricultura representaba un 4%, la industria, un 32% y los servicios, un 64%. Lo que ha ocurrido es que la industria ha emigrado de países de avanzada a otros de rápido desarrollo, y los servicios que están compuestos mayoritariamente por la industria del conocimiento se han desarrollado en los países más libres.

La revolución genética

La biogenética aplicada a la agricultura permitirá la obtención de productos agrícolas a un costo considerablemente menor que el de los que existen hoy en día. Los commodities continuarán perdiendo valor real. Hoy, en promedio, representan el 20% del valor que tenían hace 100 años. Este valor fue decreciendo debido a la introducción de la revolución industrial y, más tarde, a la genética aplicada a las semillas.

Las ventas de los productos farmacéuticos que tienen como objetivo curar son 9 veces mayores que las de aquellos que previenen enfermedades. A medida que aumente la comprensión del modo en que actúan los virus y las bacterias en el cuerpo humano, se incrementarán los esfuerzos hacia la prevención. Pensemos, por ejemplo, en el efecto que tendría el hecho de que nuestro código genético se consignara en un documento de identificación que permitiera a los empleadores y a las compañías de seguros determinar con más exactitud la predisposición de sus empleados o clientes a sufrir problemas cardíacos, Alzheimer o Parkinson.

En resumen, el motor de esta revolución será el desarrollo genético favorecido por el avance que ha tenido lugar en las áreas digital e informática para procesar datos. Aquellos países que no lo entiendan se alejarán cada vez más de su potencial como creadores de riqueza. Los argentinos no somos competitivos con ninguno de los principales productos que exportan las economías dinámicas, tales como equipos digitales, de tecnología o biogenética. Sin embargo, aún existe la oportunidad de dar un salto tecnológico de 50 años, como lo hicieron los tigres del sudeste de Asia.

Esta oportunidad de capitalizar en forma geométrica la riqueza a corto plazo sólo se realizará si nos sumamos a la revolución del conocimiento, dado que inevitablemente los términos de intercambio de productos tradicionales seguirán perdiendo valor contra los productos de la industria del conocimiento.

Mientras el mundo civilizado redobla su paso, la Argentina se encuentra al margen, en un sistema institucional endeble. Si el país no se decide firmemente a proteger los derechos de propiedad privada (derechos de propiedad intelectual), seguiremos siendo únicamente productores de commodities.

Sólo en un ambiente en el cual las mayorías protejan los derechos inalienables de las minorías (la vida, la libertad y la propiedad), en un ambiente de competencia dinámica y apertura económica, podrá producirse esta revolución del conocimiento en la Argentina.

El autor es presidente de la Fundación Atlas.

Por Guillermo Yeatts

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